El cornezuelo: del veneno medieval a la LSD de Hofmann

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En breve: Cerramos la serie sobre Albert Hofmann siguiendo el hilo de un hongo, Claviceps purpurea. Un mismo organismo recorre las epidemias de ergotismo medieval, la lenta identificación de su causa entre los siglos XVII y XIX, y el laboratorio donde, ya en el XX, se aislaron sus alcaloides y nació la LSD.

Un hongo que cambió de papel a lo largo de los siglos

Pocas historias ilustran tan bien la idea de que veneno y medicina son dos lecturas de una misma sustancia como la del cornezuelo. El Claviceps purpurea parasita el centeno y otros cereales, formando esos granos oscuros y endurecidos que durante siglos pasaron casi inadvertidos en las espigas. De ese mismo organismo salieron tanto las plagas que mutilaron y mataron a poblaciones enteras como una farmacopea moderna y, finalmente, el enteógeno más potente que conocemos.

Esta última entrega de la serie dedicada a Hofmann retoma esa trama desde el final: cómo se pasó del horror anónimo del ergotismo al trabajo químico controlado que cierra el círculo en los laboratorios Sandoz.

Ergotismo: la epidemia que nadie sabía nombrar

Ya tratamos en entregas anteriores las grandes oleadas de ergotismo en la Europa medieval. Conviene situarlas en su contexto. Tras la relativa prosperidad de los siglos XII y XIII, el XIV trajo la peste bubónica, que se llevó por delante en torno a un tercio de la población europea y cuya recuperación demográfica no llegó hasta finales del siglo XV.

Sobre ese fondo, algunos historiadores —Mary Matossian entre ellos— han planteado que las malas cosechas y una sucesión de años fríos y húmedos empujaron a mucha gente a depender del centeno, cereal más resistente que el trigo pero también más propenso a contaminarse de cornezuelo. La hipótesis sostiene que el consumo de pan parasitado habría sumado a la mortalidad de la peste un goteo de muertes, infertilidad y abortos espontáneos, prolongando el declive demográfico más allá de lo que explicaría una sola enfermedad infecciosa. Es una tesis sugerente, pero conviene tomarla como hipótesis historiográfica, no como hecho cerrado.

El gran obstáculo para frenar el mal era que se desconocía su causa. La erudición farmacológica de la Antigüedad se había perdido, y a nadie se le ocurría que aquellos granos negros albergaran un hongo tóxico. El pan de cereal contaminado, de peor aspecto, se vendía más barato; de ahí que fueran las clases populares quienes más lo padecieran.

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Edad Moderna: la mirada de un médico que observó bien

Matossian también ha relacionado las intoxicaciones por cornezuelo con algunos episodios atribuidos a brujería en los siglos XVI y XVII. Es un terreno amplio y discutido, y aquí basta dejarlo apuntado como hipótesis que no todos los historiadores comparten.

Más sólida, para lo que nos ocupa, es la figura de Thuillier, médico francés del siglo XVII que atendía a enfermos de ergotismo. Aplicando una mentalidad ya cercana al método de las ciencias físicas, observó que el mal abundaba en el campo más que en la ciudad, que afectaba a los pobres antes que a los ricos y que no se contagiaba. La diferencia decisiva estaba en la dieta, y en concreto en el pan de centeno. Al revisar los campos reparó en las espigas oscuras y comprobó que, en los años más fríos y húmedos —con más granos negros—, las epidemias eran peores. Sabía además que esos granos se habían empleado en obstetricia y que, según el principio de Paracelso «dosis sola facit venenum», un remedio puede volverse veneno por exceso. La conclusión era lógica. En 1670 envió sus observaciones a la Academia de París, pero los campesinos siguieron sin creer que el centeno tuviera nada que ver.

Hubo que esperar a 1853 para que Louis Tulasne confirmara experimentalmente lo intuido casi dos siglos antes: el problema no era el cereal, sino el hongo parásito Claviceps purpurea. Solo entonces las autoridades obligaron a descartar el grano contaminado. A ello se sumaron mejores métodos de cultivo y la difusión de la patata —llegada de América desde el siglo XVI—, que aligeró la dependencia de los cereales como única fuente de energía. Las epidemias se hicieron más raras y menos graves, aunque no desaparecieron del todo.

El siglo de los alcaloides

El siglo XIX abre la era de los alcaloides: la química empieza a extraer los principios activos de las plantas para disponer de fármacos más potentes y dosificables. El cornezuelo entra de lleno en ese programa. Su empleo por las comadronas para inducir el parto venía de antiguo —queda por escrito ya en 1582, en el herbario del médico alemán Adam Lonitzer—, y en 1808 el médico estadounidense John Stearns lo describe como contráctil uterino.

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La clave de su acción está en el parecido estructural de sus alcaloides con la serotonina, la noradrenalina y la dopamina. Esa semejanza con neurotransmisores explica que actúen sobre receptores adrenérgicos, dopaminérgicos y serotoninérgicos, y de ahí su abanico de efectos. La historia química arranca en 1906, cuando Barger y Carr aíslan la ergotoxina, tomada al principio por sustancia pura y revelada después como mezcla de cuatro alcaloides. En 1918, Arthur Stoll —en cuyo equipo trabajaría Hofmann en Sandoz— aísla la ergotamina; en 1935, Dudley y Moir obtienen de forma independiente la ergonovina.

1938: cuando aparece la LSD (y casi nadie repara en ella)

En 1938, Hofmann y Stoll sintetizan la dietilamida del ácido lisérgico. No le encuentran entonces aplicación de interés y queda archivada. Solo años después, gracias a la insistencia de Hofmann y a una intoxicación accidental al manipularla, se descubre lo que tenía entre manos. Sobre la LSD se ha escrito casi todo; aquí basta subrayar dos rasgos. Primero, su potencia: actúa en el rango de los microgramos (mil microgramos equivalen a un miligramo), una escala que la separa de casi cualquier otra sustancia psicoactiva. Segundo, las expectativas que el propio Hofmann depositó en ella como herramienta de autoconocimiento, psicoterapia e integración del individuo en la naturaleza, y la decepción posterior al ver cómo el uso descontrolado de los años sesenta y la respuesta prohibicionista de los gobiernos cerraban esa puerta durante décadas.

Una farmacopea menos célebre pero más rentable

La LSD eclipsa el resto, pero del cornezuelo salieron fármacos de uso cotidiano. Hofmann sintetizó la dihidroergotamina, empleada en hipertensión y migraña; la metilergonovina, hemostático uterino; y la metisergida, antagonista serotoninérgico usado para prevenir la migraña. Con todo, el mayor éxito comercial fue la dihidroergotoxina —conocida como Hydergina®—, derivada de los cuatro alcaloides de la ergotoxina. Por sus efectos vasodilatadores cerebrales se popularizó como «droga inteligente» frente al deterioro cognitivo asociado a la edad, atribuyéndosele mejoras en oxigenación cerebral y rendimiento intelectual. Según Jonathan Ott fue durante años el producto más rentable de Sandoz y uno de los diez fármacos más vendidos del mundo. Conviene matizar que buena parte de aquellas indicaciones se formuló con criterios de eficacia menos exigentes que los actuales, y hoy varias se mirarían con más cautela.

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La moraleja que Hofmann gustaba de extraer sigue en pie: los venenos también son medicinas y las medicinas pueden ser venenos; todo depende de saber usarlos. Él mismo lo resumió así: «El ergot tiene una historia fascinante. A lo largo de los años, su papel e importancia ha sufrido una metamorfosis. Lo que en un tiempo fue un tóxico mortal ha llegado a ser una gran fuente de útiles fármacos». Y, podríamos añadir, también del enteógeno más célebre de todos.

Lectura crítica y reducción de riesgos

Conviene leer esta historia sin idealizarla. El ergotismo no es una curiosidad pintoresca: fue una intoxicación grave, con gangrena, convulsiones y muerte, ligada a la pobreza y al desconocimiento. Y los alcaloides del cornezuelo siguen siendo sustancias de margen estrecho entre efecto y daño.

Sobre las afirmaciones del relato, dos cautelas. La tesis de Matossian que vincula ergotismo con brujería o con grandes vuelcos demográficos es atractiva pero discutida entre historiadores, y no debería leerse como conclusión firme. Y el entusiasmo de los años sesenta con la Hydergina® como «potenciador cognitivo» refleja estándares de evaluación de su época más que evidencia robusta.

En cuanto a la LSD y otros derivados del ergot: este texto es divulgación histórica, no una guía de uso. No incluye —ni debe buscarse en él— información sobre síntesis, obtención, dosis ni consumo. Cualquier sustancia con actividad sobre los receptores de serotonina puede interactuar de forma peligrosa con otros fármacos y con condiciones de salud previas; lo prudente, ante cualquier duda médica, es consultar con profesionales sanitarios y no fiarse de información anónima.

Las fuentes que sostienen esta serie son obras de referencia accesibles por su nombre: La historia del LSD, del propio Albert Hofmann; Poisons of the Past, de Mary Kilbourne Matossian; y Pharmacotheon, de Jonathan Ott, entre los trabajos históricos clásicos sobre el ergot.

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