
De la leyenda negra a la pregunta científica
En la primera parte dejamos el relato en su punto más inverosímil: los testimonios de Arizona Wilder sobre supuestos rituales de élites que consumirían adrenocromo extraído de víctimas aterrorizadas. Cuando una declaración se enmarca en una cosmovisión de reptiloides extraterrestres e Illuminati gobernando el planeta, el conjunto se desacredita por sí solo. Lo mismo cabe decir del célebre pasaje de Hunter S. Thompson en Miedo y asco en Las Vegas: literatura, no farmacología.
Y, sin embargo, conviene separar el envoltorio del núcleo. Que un dato aparezca rodeado de delirio no lo convierte automáticamente en falso. El adrenocromo existe, es un compuesto real derivado del metabolismo de la adrenalina, y la cuestión de si produce o no efectos sobre la mente fue objeto de investigación seria mucho antes de que internet lo convirtiera en bandera conspiranoica. Esa es la historia que merece la pena contar.
Samorini: adrenalina, terror y canibalismo
El etnobotánico italiano Giorgio Samorini, autor de Animales que se drogan, recuerda un hecho a menudo olvidado: el cuerpo humano fabrica continuamente moléculas con potencial psicoactivo. Desde la epífisis hasta las glándulas suprarrenales, distintos tejidos liberan sustancias sedantes, estimulantes o incluso alucinógenas que circulan por el torrente sanguíneo.
La adrenalina es el ejemplo paradigmático de molécula simpaticomimética: eleva la presión arterial y el ritmo cardíaco y se segrega en grandes cantidades en situaciones de miedo intenso. Sobre esa base, Samorini formula una hipótesis incómoda: en numerosos casos documentados de antropofagia, la víctima estaría literalmente «cargada» de adrenalina y de sus productos metabólicos por el terror previo a la muerte. Eso daría un sentido —siniestro pero coherente— a la tortura ritual que precedía a ciertos sacrificios, y a prácticas como la de algunos pueblos que buscaban deliberadamente las glándulas suprarrenales.
Dentro de esa cadena metabólica —adrenalina, adrenocromo, adrenolutina— el adrenocromo ocupa un lugar especial. Samorini lo señala como «sospechoso» de intervenir en los mecanismos de la esquizofrenia y subraya que, pese a que sus propiedades psicoactivas se pusieron en duda, resulta difícil ignorar la acumulación de autoexperimentos y relatos anecdóticos. Su conclusión es prudente: «es bastante probable que en esa cadena haya realmente algo psicoactivo». Una afirmación que no cierra el debate, pero tampoco lo despacha.
La hipótesis del adrenocromo y la esquizofrenia
El nombre que Samorini evoca tiene autores concretos. En los años cincuenta, el psiquiatra y bioquímico canadiense Abram Hoffer y el psiquiatra británico Humphry Osmond formularon la llamada «hipótesis del adrenocromo»: la idea de que un metabolito anómalo de la adrenalina podría estar detrás de los síntomas de la esquizofrenia.
Osmond no es una figura menor. Fue quien acuñó el término «psicodélico», quien dedicó su carrera a la investigación médica de las sustancias psicoactivas y quien suministró a Aldous Huxley la mescalina que dio origen a Las puertas de la percepción. Hablamos, por tanto, de científicos de primera línea, no de excéntricos. Que ellos tomaran en serio el adrenocromo es lo que vuelve interesante el asunto.
Los autoexperimentos de Hoffer y Osmond
Fieles a una tradición ya entonces habitual en la psiquiatría experimental, Hoffer y Osmond se administraron la sustancia a sí mismos y a sus esposas antes que a nadie. No reproducimos aquí pautas, dosis ni vías: el valor del episodio es histórico y conceptual, no práctico.
Lo que describieron en sus textos resulta llamativo. En algunos casos no observaron ningún cambio; en otros, alteraciones psicológicas marcadas. Hoffer relató episodios de hiperactividad y juicio empobrecido, y su esposa una depresión profunda que se prolongó varios días. El detalle más inquietante de sus informes era la falta de insight: los sujetos no eran capaces de relacionar su cambio de estado con la sustancia ingerida, aun cuando el viraje anímico se había producido inmediatamente después.
Por eso los propios autores advertían de que el adrenocromo les parecía, con la escasa experiencia que tenían, más «insidioso» que la mescalina o el LSD: efectos más duraderos y, sobre todo, sin la conciencia de estar bajo sus efectos. De ahí su llamada a una vigilancia extrema sobre cualquier sujeto. Más que una invitación, es una advertencia.
El adrenocromo en la cultura popular
Conviene no confundir el peso de la evidencia con el peso de la fama. El adrenocromo ha generado una enorme estela cultural: la banda Sisters of Mercy le dedicó un tema homónimo, hay vías de escalada bautizadas con su nombre y abundan los nicknames en internet inspirados en la palabra. Toda esa presencia simbólica explica buena parte de su atractivo y, también, su deriva hacia el bulo. Una molécula con buen nombre y aura «maldita» es un imán para la mitología, dentro y fuera de la ciencia.
Lectura crítica
¿Qué queda en pie cuando se aparta el ruido? Varias cosas, todas con matices:
- La cuestión sigue abierta. Las propiedades psicoactivas del adrenocromo se afirmaron en los cincuenta, se cuestionaron poco después y nunca se zanjaron de forma concluyente. Tratarlo como hecho probado o como pura fantasía es, en ambos casos, simplificar.
- La inestabilidad química importa. El propio Hoffer reconoció que sus primeras preparaciones se degradaban con facilidad, lo que complica interpretar resultados dispares: parte de la variabilidad observada pudo deberse a que no siempre administraban lo mismo.
- La hipótesis bioquímica de la esquizofrenia no prosperó. El modelo del adrenocromo como causa del trastorno fue superado por explicaciones más complejas. Su interés hoy es sobre todo histórico, como capítulo de la psiquiatría biológica de mediados del siglo XX.
- El testimonio anecdótico no es prueba. La «mole» de autoexperimentos que menciona Samorini es sugerente, pero los relatos en primera persona, sin controles ni doble ciego, no bastan para establecer una farmacología fiable.
Como reducción de riesgos, la moraleja más sólida es la que dejaron los propios investigadores: una sustancia que altera el ánimo sin que la persona sea consciente de estar bajo sus efectos es, por definición, peligrosa. Frente a la fascinación que el adrenocromo despierta en foros y redes, lo razonable es distinguir entre la curiosidad histórica —legítima— y cualquier impulso de experimentación, que aquí no tiene base ni justificación alguna.