
De dónde sale el adrenocromo
El adrenocromo es un producto de oxidación de la adrenalina, un compuesto rojizo bastante inestable que se forma cuando esta hormona se degrada. A mediados del siglo XX, en plena efervescencia de la investigación con psicodélicos, un puñado de psiquiatras se preguntó si esta sustancia, producida por el propio cuerpo, podía estar implicada en los trastornos mentales graves. La hipótesis era sugerente: si el organismo generaba de manera natural un compuesto capaz de alterar la percepción, quizá la esquizofrenia tuviera una base bioquímica concreta.
Quienes más empujaron esta línea fueron Humphry Osmond —el mismo que años después acuñaría el término «psicodélico»— y Abram Hoffer, desde Canadá. Lo característico de su método es que no se limitaron a observar a pacientes: se convirtieron ellos mismos en sujetos de ensayo. Los textos que siguen son condensaciones de aquellos autoinformes, valiosos como documento histórico más que como evidencia clínica.
El primer autoinforme de Osmond (1952)
En septiembre de 1952, Osmond se inyectó una pequeña cantidad de la solución rojo-púrpura y registró sus impresiones sobre la marcha, a lo largo de casi un día entero. No esperaba gran cosa de lo que consideraba un mero bioensayo preliminar, y dejó constancia de que no estaba especialmente tenso ni sugestionado.
Pese a ello, describió cambios perceptivos progresivos: la iluminación de la habitación le pareció más intensa, el entorno cambió «de una forma difícil de definir» y, al cerrar los ojos, aparecieron patrones de puntos de colores —menos vívidos que los de la mescalina, anotó, pero del mismo tipo— que fueron tomando forma de peces. Llegó a sentirse como una anémona en el fondo de un acuario.
Lo más interesante no fueron las visiones, sino el componente emocional. Un autorretrato de Van Gogh se le antojó tridimensional y vivo; las láminas de Rorschach, extraordinarias. Pero al salir del laboratorio, los pasillos del hospital que conocía bien se le volvieron hostiles y ajenos, las grietas del suelo cobraron un significado inquietante y, ya en casa de Hoffer, se sintió desconectado de la gente sin estar triste: no le interesaba ni el experimento ni su propio éxito. A la mañana siguiente, en cambio, todo le parecía hermoso y los colores cargados de un sentido extra.
La segunda sesión (1953): el «muro de cristal»
Un año más tarde repitió la experiencia con una cantidad mayor, sospechando que el material se había deteriorado. Esta vez apenas hubo visiones, pero el extrañamiento se acentuó. El mundo exterior le resultaba aún más hostil y, sobre todo, se instaló un desapego emocional profundo: la voz de su hermana al teléfono no le produjo ninguna calidez, ver bailar a unos pacientes no le suscitó interés, y al cruzarse con un peatón en la carretera lo miró «con curiosidad y desapego», sin la menor preocupación por lo que pudiera pasarle.
Empezó a preguntarse si seguía siendo una persona o si acaso era una planta o una piedra. Su interés por los objetos inanimados crecía a medida que se apagaba el que sentía por los humanos. En una nota que escribió durante una reunión científica —y que dirigió a Hoffer— lo resumió así: tenía la sensación de un «muro de cristal» entre él y el mundo, fluctuante y casi intangible, reavivado por cualquier pequeño estrés; aparecían ligeras «ideas de referencia» y llegó incluso a dudar de que fueran sus propias manos las que escribían. También perdió la capacidad de calcular distancias y tiempos, hasta el punto de no saber si el coche en el que viajaba iba a colisionar con otro. Al día siguiente, según anotó, volvía a ser él mismo.
Lo que vio Hoffer desde fuera
Hoffer, como observador, describió un contraste llamativo con la conducta social habitual de Osmond: fuerte preocupación por los objetos inanimados, rechazo a comunicarse, resistencia a las peticiones del equipo. En la segunda sesión, lo más notable fue el aislamiento: Osmond entró en la casa, se sentó y pasó cerca de una hora absorto examinando la alfombra, sin saludar a nadie. Resumió los cambios en cinco rasgos: preocupación por lo inanimado, negativismo, debilitamiento de los procesos asociativos, ansiedad y distractibilidad. A la mañana siguiente tardó dos horas en vestirse.
Otros equipos: Taubmann, Jantz y Grof
El trabajo de los canadienses no fue el único. Taubmann y Jantz exploraron la vía sublingual con la idea de que el compuesto llegaría al cerebro menos degradado que por vía intravenosa, igual que ocurre con otras sustancias absorbidas por la mucosa oral. Sus sujetos refirieron una sensación corrosiva, leve calor facial, hormigueo en los dedos y, con frecuencia, un dolor moderado en la zona del corazón; los síntomas físicos remitían en torno a la media hora. En el plano psíquico predominaba la depresión sobre la euforia, junto a alteraciones visuales marcadas —colores extraños, objetos lejanos que parecían cercanos, movimiento aparente en cosas estáticas—, pero sin desórdenes claros del pensamiento. Un detalle nada menor: la actividad del material variaba según cómo se hubiera preparado, lo que apunta a un problema de pureza y estabilidad que atraviesa toda esta literatura.
Los estudios más cuidados en humanos los firmó el equipo de Stanislav Grof a comienzos de los sesenta. Trabajando también por vía sublingual, sus autores concluyeron que los cambios en el pensamiento inducidos por el adrenocromo se parecían a los observados en la esquizofrenia. Esa conclusión es el corazón de la llamada «hipótesis del adrenocromo».
Lectura crítica
Conviene leer todo esto con cabeza fría. Primero, por el método: estos relatos son autoinformes, sin control de placebo digno de ese nombre, con muestras minúsculas y, en buena parte, con experimentadores que eran a la vez sujetos y defensores de la hipótesis que querían confirmar. La propia inestabilidad del compuesto y las diferencias de actividad según su preparación hacen muy difícil saber qué se estaba administrando realmente en cada caso. No es casual que la investigación posterior no haya consolidado al adrenocromo como un psicodélico potente ni como la causa bioquímica de la esquizofrenia: la hipótesis quedó, en el mejor de los casos, como una nota a pie de página en la historia de la psiquiatría biológica.
Segundo, por el contexto actual. En los últimos años el adrenocromo ha saltado del archivo científico al imaginario conspirativo, convertido en el centro de bulos delirantes —y peligrosos— sobre supuestas redes de explotación. Nada de eso tiene que ver con lo que describieron Osmond, Hoffer o Grof. Una cosa es una molécula de oxidación de la adrenalina estudiada de forma marginal hace setenta años, y otra muy distinta la fantasía que circula hoy por redes. Distinguir ambos planos es justo el tipo de higiene informativa que nos interesa en Psiconáutica.
Por último, una nota de prudencia que vale para todo este territorio: los relatos históricos de autoexperimentación no son una guía. Se citan aquí como documento de una época en la que la frontera entre investigador y conejillo de Indias era difusa, no como invitación a reproducir nada. Las cantidades y vías que aparecen en las fuentes originales forman parte del registro histórico, no de una recomendación.
Fuentes citadas por los autores originales: Hoffer y Osmond, «Adrenochrome and some of its derivatives», en The Hallucinogens (Academic Press, 1967); y los trabajos del equipo de Grof publicados a comienzos de los años sesenta. Reproducimos las referencias tal como aparecían, sin verificación independiente de cada cita.