La cara medicinal de cinco plantas psicoactivas

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En breve: Muchas plantas conocidas por alterar la conciencia tienen también una larga historia como remedios populares. Repasamos cinco casos —mandrágora, kratom, opio, yohimbe y harmel— atendiendo a sus usos tradicionales y a lo que dice la farmacología, sin recetas ni instrucciones de consumo y con la cautela que cada una merece.

Plantas que curan y plantas que embriagan: una frontera borrosa

La cultura popular tiende a clasificar las plantas psicoactivas como «drogas», dejando en segundo plano que muchas de ellas se han empleado durante siglos como medicinas. La distinción entre lo que altera la mente y lo que alivia un dolor casi nunca es nítida: con frecuencia depende de la dosis, del contexto y de la intención. Repasamos aquí cinco ejemplos clásicos de esa ambivalencia, con sus usos históricos documentados y una mirada crítica sobre lo que sabemos —y lo que no— de su seguridad.

Conviene advertir desde el principio: este texto es divulgativo e histórico. No contiene indicaciones de dosis, preparación ni autotratamiento. Varias de estas plantas son tóxicas, interaccionan con fármacos o tienen estatus legal restringido, y su uso al margen de criterio médico puede ser peligroso.

Mandrágora (Mandragora autumnalis): la raíz de las leyendas

Pocas plantas arrastran tanto folclore como la mandrágora, una solanácea que crece de forma silvestre en el sur de la península ibérica y el Algarve, sobre terrenos bajos y húmedos. Su raíz, de forma a veces vagamente antropomorfa, alimentó durante siglos supersticiones y rituales mágicos en torno a la fertilidad y la protección.

Más allá del mito, la tradición herbolaria le atribuyó propiedades sedantes y antiespasmódicas. El clásico Plantas medicinales de Font Quer recoge su empleo como calmante, y autores como Christian Rätsch o Roman Paskulin han documentado usos históricos contra la infertilidad y como anestésico y somnífero. Como toda solanácea rica en alcaloides tropánicos (los mismos del beleño y la belladona), su margen entre efecto buscado y toxicidad es estrecho: sequedad extrema, confusión, taquicardia y delirio figuran entre los efectos descritos. Es, en suma, una planta de interés etnobotánico, no un remedio casero recomendable.

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Kratom (Mitragyna speciosa): estimulante, analgésico y polémico

Las hojas de este árbol del sudeste asiático se han masticado tradicionalmente en Tailandia y Malasia como tónico para soportar largas jornadas de trabajo, suprimir el apetito, aliviar dolores y combatir la diarrea o los parásitos intestinales. Contienen alcaloides como la mitraginina, que actúan sobre los receptores opioides, además de compuestos antioxidantes como la epicatequina, también presente en el cacao.

El kratom vive hoy un intenso debate. Sus defensores destacan su uso para el dolor, la ansiedad o incluso como alternativa para reducir el consumo de opioides; las agencias sanitarias, en cambio, advierten de efectos adversos, casos de dependencia y síndromes de abstinencia, sobre todo con uso continuado y dosis altas. Está prohibido o restringido en varios países (Tailandia, Malasia, Australia y algunos europeos), aunque su situación legal varía y conviene verificarla. La afirmación, frecuente en cierta literatura entusiasta, de que «no genera ninguna adicción» no se sostiene: la tolerancia y la abstinencia están documentadas. Como con cualquier sustancia que actúe sobre el sistema opioide, la prudencia y la información honesta son imprescindibles.

Opio (Papaver somniferum): el remedio que fue casi universal

El opio —el látex desecado de la adormidera— es probablemente el medicamento más antiguo y más usado de la historia mediterránea. Los sumerios la llamaron «planta de la felicidad», y la arqueología confirma su presencia temprana en la península: en 1998 se hallaron restos de opio en un yacimiento neolítico de Gavà (Barcelona), como recoge Elisa Guerra Doce en Las drogas en la prehistoria.

Hasta bien entrado el siglo XX, la adormidera se cultivaba en buena parte de España y sus preparados se vendían en droguerías y boticas. El historiador Juan Carlos Usó, en Drogas y cultura de masas, describe cómo el láudano —tintura de opio inventada por el médico Thomas Sydenham en el siglo XVII— fue durante siglos un remedio doméstico para el dolor, la tos, la diarrea y el insomnio, una suerte de aspirina de su época. La codeína, derivada del opio y aislada en 1832, sigue empleándose hoy bajo prescripción para la tos y ciertos dolores.

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Antonio Escohotado señalaba una particularidad de los opiáceos frente a otros depresores: a dosis bajas no embotan tanto el raciocinio como el alcohol o los hipnóticos, sino que amortiguan la respuesta emocional, favoreciendo el ensimismamiento. Esa misma cualidad convive, sin embargo, con uno de los potenciales adictivos más conocidos de la farmacología: tolerancia rápida, dependencia física intensa y riesgo de depresión respiratoria. La historia del opio es la de un remedio extraordinario y, a la vez, la de una de las sustancias que más sufrimiento ha generado cuando escapa de todo control.

Yohimbe (Pausinystalia johimbe): el afrodisíaco que pasó por el laboratorio

La corteza de este árbol del África occidental es uno de los pocos afrodisíacos vegetales que llegó a interesar a la medicina occidental. Su alcaloide, la yohimbina, fue estudiado en los años ochenta como tratamiento de la disfunción eréctil de origen psicógeno; ensayos clínicos de la época reportaron mejorías en torno al 60 % de los casos, y durante décadas se comercializó en farmacias europeas con esa indicación. Christian Rätsch documenta además su uso homeopático y popular.

La yohimbina no es, sin embargo, un suplemento inocuo. Actúa sobre el sistema nervioso simpático y puede provocar ansiedad, taquicardia, subidas de tensión y otros efectos cardiovasculares; resulta especialmente arriesgada en personas con hipertensión, cardiopatías o que toman ciertos antidepresivos. Su disponibilidad como suplemento «natural» de venta libre, con concentraciones poco controladas, es precisamente lo que más preocupa a los expertos en seguridad.

Harmel (Peganum harmala): la ruda siria y sus betacarbolinas

El harmel o ruda siria se emplea en medicina popular desde Marruecos hasta China: como vermífugo, antirreumático, emenagogo y, en algunas tradiciones, abortivo —un uso este último claramente peligroso, asociado a hemorragias graves—. Jonathan Ott, en Pharmacotheon, y Christian Rätsch recogen buena parte de estos empleos. En la India se ha usado el humo de sus semillas como desinfectante, y se le atribuyen efectos sedantes confirmados en parte en experimentación animal.

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Su interés farmacológico se concentra en dos alcaloides, la harmina y la harmalina, también presentes en la liana Banisteriopsis caapi de la ayahuasca. Son inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), y aquí reside su principal riesgo: los IMAO interaccionan de forma grave con numerosos alimentos (quesos curados, fermentados) y, sobre todo, con muchos fármacos —antidepresivos, descongestionantes, ciertos analgésicos— pudiendo desencadenar crisis hipertensivas o síndrome serotoninérgico potencialmente mortales. Que una planta tenga raíces en la medicina tradicional no la hace segura: el harmel es un buen ejemplo de por qué la información sobre interacciones es tan importante como la lista de virtudes.

Lectura crítica y reducción de riesgos

Varias de las fuentes en que se apoya este repaso —Font Quer, Escohotado, Usó, Guerra Doce, Ott o Rätsch— mezclan datos históricos sólidos con valoraciones de época, anécdotas personales y, en ocasiones, un tono apologético. Conviene leerlas con espíritu crítico: el uso tradicional documenta lo que se ha hecho, no necesariamente lo que es seguro o eficaz según los estándares actuales.

Tres ideas para no perder pie:

  • «Natural» no equivale a inocuo. Mandrágora, opio, yohimbe y harmel pueden ser tóxicos, adictivos o peligrosos en interacción con otras sustancias.
  • Las interacciones importan tanto como los efectos. Plantas con actividad IMAO (harmel) u opioide (opio, kratom) merecen especial cautela junto a fármacos y otras sustancias.
  • El criterio médico no es prescindible. Ninguna planta de esta lista sustituye un diagnóstico, y el autotratamiento al margen de un profesional es la principal vía de daño evitable.

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