Plantas sagradas y etnomedicina: de la kava a la iboga

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En breve: Cerramos la serie sobre plantas sagradas repasando cómo distintos pueblos las han empleado más allá del rito: como calmantes, estimulantes o reconstituyentes. Revisamos kava, teonanácatl, chacruna, salvia, kanna, iboga, San Pedro, ololiuqui, virola y voacanga, su química conocida y qué dice —y qué calla— la evidencia.

Un matiz que suele perderse: lo sagrado también era botica

Cuando hablamos de plantas «mágicas» tendemos a imaginar exclusivamente el trance, la visión o la ceremonia. Pero la mayoría de las especies que las culturas tradicionales consideraron sagradas tuvieron, en paralelo, un papel mucho más prosaico: aliviar el dolor, conciliar el sueño, bajar la fiebre o reponer fuerzas. A menudo se empleaban en dosis bajas, sin intención visionaria, y solo en caso de necesidad. Este repaso final recoge esa cara menos espectacular del uso etnomedicinal, ordenada por el efecto buscado más que por la familia botánica.

Conviene leerlo como lo que es: un mosaico de usos populares y datos farmacológicos dispersos, registrados sobre todo por etnobotánicos como Christian Rätsch o Jonathan Ott. No es un recetario ni una guía clínica.

Calmantes y analgésicos de la tradición

Kava (Piper methysticum). En buena parte de Oceanía, la raíz de este arbusto se ha usado como relajante muscular, ansiolítico, anticonvulsivo y ayuda para dormir, además de como anestésico local de uso externo. La literatura etnofarmacológica le atribuye una particularidad llamativa: a diferencia de muchos hipnóticos de síntesis, no parecía dejar atontamiento al día siguiente ni suprimir el sueño profundo y la fase REM (Cass y McNally, 1998). En el plano químico, a la kavaína se le describe un efecto anestésico local comparable al de la cocaína pero sin toxicidad tisular, y compuestos como la dihidrometisticina (DHM) y la dihidrokavaína (DHK) mostraron en estudios actividad analgésica y relajante notable (Lebot, 1997). Rätsch (2005) señalaba que la dosis letal en humanos era desconocida.

Esa aparente benignidad, sin embargo, no debe leerse como inocuidad: a la kava se la ha relacionado con casos de hepatotoxicidad, lo que llevó a restricciones regulatorias en varios países europeos. Es el tipo de matiz que las fuentes más antiguas no recogían.

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Teonanácatl (Psilocybe mexicana y afines). Los aztecas lo asociaban al alivio de la fiebre y la gota, y todavía hoy en México hay quien recurre a dosis muy bajas de estos hongos —sin propósito visionario— para molestias digestivas, migrañas u otras dolencias (Rätsch, 2005). El interés por las dosis pequeñas para cefaleas también aparece en testimonios contemporáneos. Albert Hofmann, que aisló los principios activos, halló en Psilocybe mexicana seca en torno a un 0,25 % de psilocibina y un 0,15 % de psilocina.

Chacruna (Psychotria viridis). Sus hojas, ricas en DMT, son sobre todo conocidas como ingrediente de la ayahuasca, no como remedio. Está poco estudiada en clave medicinal. Se ha documentado que algunos grupos amazónicos, como los machiguenga, aplican el jugo fresco de las hojas sobre el ojo contra cefaleas intensas, un uso difícil de evaluar con criterios actuales.

Salvia de los adivinos (Salvia divinorum). Los chamanes mazatecos de Oaxaca la emplean en rituales adivinatorios y curativos, a menudo como sustituta de los hongos en la estación seca. Pero existe además un uso popular con preparados no psicoactivos para trastornos urinarios o digestivos, dolores de cabeza, reuma o como reconstituyente (Rätsch, 2005), una faceta que la fama de su potente disociativo (la salvinorina A) suele eclipsar.

Estimulantes, empatógenas y reconstituyentes

Kanna (Sceletium tortuosum). En el sur de África se ha tomado en infusión como analgésico y para mitigar el hambre. Solo la planta fermentada resulta psicoactiva. Su alcaloide principal, la mesembrina, actúa como inhibidor de la recaptación de serotonina, de ahí su perfil antidepresivo y ansiolítico. Los relatos describen efectos relajantes y empatógenos —facilita la sociabilidad—, aunque conviene recordar que combinar sustancias serotoninérgicas entre sí puede entrañar riesgos.

Iboga (Tabernanthe iboga). En África Occidental la raíz se ha usado como estimulante, tónico, afrodisíaco y anestésico, e incluso contra la tripanosomiasis (enfermedad del sueño) en el Congo. En época colonial los franceses comercializaron un extracto, el lambarène, como reconstituyente. Su principio activo, la ibogaína, atrajo después la atención por su capacidad —observada en primates— de reducir la dependencia a opiáceos y atenuar el síndrome de abstinencia. Investigaciones como las de Paskulin (2010) sugieren que actúa sobre el metabolismo energético celular.

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Aquí toca ser especialmente cauto. La ibogaína interactúa con numerosos receptores y tiene riesgos cardíacos serios, incluidas arritmias potencialmente mortales; se han documentado fallecimientos en contextos de «tratamiento» no supervisado. Además, como subrayaba Jonathan Ott, ninguna sustancia «cura» por sí sola un hábito: la mayoría de quienes interrumpen el consumo problemático tienden a recaer si no cambian las circunstancias que lo sostienen.

Cactus San Pedro (Trichocereus pachanoi, T. peruvianus). Cactus mescalínico ampliamente usado por chamanes andinos, también figura en la medicina popular peruana como tónico y afrodisíaco. El etnobotánico Anthony Henman comentó en la revista Cáñamo que ejemplares hallados en descampados de Barcelona resultaron tan potentes como los peruanos, lo que ilustra hasta qué punto la concentración de alcaloides varía con la especie, la edad y el cultivo. Esa variabilidad —imposible de calibrar a ojo— es justamente lo que vuelve impredecible cualquier uso.

Ololiuqui (Turbina corymbosa) y especies afines. Sus semillas, ritual y medicinalmente importantes en Mesoamérica desde época prehispánica, contienen amidas del ácido lisérgico. Los mayas las usaron como diurético y para contusiones, y en Cuba (donde se la llama aguinaldo) y zonas de México como ayuda en el parto. La trepadora asiática Argyreia nervosa es la de mayor contenido alcaloideo. Cabe recordar que estos alcaloides tienen efectos vasoconstrictores y que las semillas comerciales suelen ir tratadas con fungicidas: un terreno lleno de incertidumbres.

Virola (Virola spp.). Más allá de su uso como aditivo de rapés visionarios, varias especies aparecen en la medicina popular amazónica: corteza fumada para bajar la fiebre, savia contra inflamaciones bucales (Ott, 2000) y preparados para afecciones de la piel (Rätsch, 2005). A algunas se les atribuye —sin respaldo sólido— mejorar la memoria. La homeopatía vende Virola sebifera como Myristica sebifera T.M.; conviene señalar que las preparaciones homeopáticas carecen de eficacia demostrada más allá del placebo.

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Voacanga (Voacanga africana). Pariente química de la iboga, contiene alcaloides como la tabernamontanina, la voacamina (tónico cardíaco) y la vincamina, esta última empleada en la farmacopea occidental para mejorar el riego cerebral. Un estudio de Kombian y colaboradores (Brain Research Bulletin, 1997) describió cómo la ibogaína y un extracto total de Voacanga modulan la transmisión sináptica en tejido cerebral de rata, una línea de investigación que ayuda a entender por qué estas plantas comparten efectos.

Lectura crítica

Tres cautelas para leer todo lo anterior con cabeza:

  • Uso tradicional no equivale a seguridad. Que un pueblo haya empleado una planta durante siglos dice mucho de su cultura, pero poco sobre su perfil toxicológico medido con criterios modernos. La kava (hígado) y la iboga (corazón) son ejemplos claros.
  • La química es variable e impredecible. La concentración de principios activos cambia según especie, parte, edad, suelo y procesado. Por eso las cifras que circulan en la literatura divulgativa no son extrapolables ni constituyen una guía de uso.
  • Cuidado con las interacciones y las fuentes. Varias de estas plantas actúan sobre la serotonina o el sistema cardiovascular y pueden ser peligrosas combinadas con medicación o entre sí. Y conviene distinguir el dato etnobotánico verificable del entusiasmo de los testimonios anecdóticos.

Este texto es divulgativo e histórico. No es consejo médico ni una invitación al consumo: ante cualquier dolencia, la referencia es siempre un profesional sanitario.

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