LSD al final de la vida: qué mostró el ensayo de Peter Gasser

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En breve: Entre 2008 y 2012, el psiquiatra suizo Peter Gasser dirigió el primer ensayo clínico con LSD autorizado en más de cuatro décadas. Doce personas con enfermedades que amenazaban su vida recibieron psicoterapia acompañada de la sustancia para tratar la ansiedad. Los participantes describieron menos miedo a la muerte y mejor calidad de vida, con mejoras sostenidas a los doce meses. Es un resultado prometedor, pero con una muestra mínima y limitaciones serias que conviene no perder de vista.

Un experimento que tardó cuarenta años en repetirse

Durante décadas, la investigación clínica con LSD quedó prácticamente congelada. No tanto por la letra de los tratados internacionales —que, en teoría, reservan la prohibición a la compraventa y dejan abierta la puerta a la ciencia— como por la práctica: los gobiernos rara vez concedían los permisos necesarios para ensayar sustancias de la lista I con fines terapéuticos. El estudio que aquí repasamos rompió esa parálisis. Realizado en Suiza entre 2008 y 2012 y autorizado por los comités reguladores en 2007, fue el primer ensayo terapéutico con LSD en más de cuarenta años.

Hay un detalle con peso simbólico: Albert Hofmann, que sintetizó la molécula en los años treinta, murió el 29 de abril de 2008, pocos días después de que el calendario marcara un nuevo aniversario de su descubrimiento. Alcanzó a ver cómo aquello que él mismo llamó su «hijo problemático» volvía a sentarse en la mesa de la medicina académica.

Por qué Suiza

No es casualidad que el ensayo se hiciera allí. Suiza ha mantenido históricamente una postura más permisiva con la investigación psicodélica. Investigadores del Hospital Universitario de Zúrich llevan años estudiando los efectos neurobiológicos de la psilocibina y, más tarde, del propio LSD. Y entre 1988 y 1993, el país permitió que un grupo de clínicos agrupados en la Sociedad Médica Suiza para la Terapia Psicolítica trabajaran con LSD y MDMA en sus consultas privadas.

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El propio Peter Gasser había hecho un seguimiento de aquellos pacientes tratados durante ese paréntesis legal. La idea de reactivar la investigación tomó forma en 2006, durante el simposio celebrado en Suiza por el centenario de Hofmann. Allí, según se ha contado, Gasser y Rick Doblin —fundador de la organización estadounidense MAPS— hablaron de retomar el trabajo interrumpido en 1972 y decidieron afrontar el largo trámite burocrático que lo haría posible.

Cómo se diseñó

Participaron doce pacientes diagnosticados de enfermedades que ponían en riesgo su vida —cáncer con metástasis, entre otras— y con niveles muy altos de ansiedad; muchos arrastraban además depresión mayor, distimia o ansiedad generalizada. Se excluyó a quienes presentaban trastornos psicóticos, bipolares u otras patologías mentales graves, una precaución habitual y razonable en este tipo de investigación.

El proceso se extendió tres meses. Cada paciente recibía entre seis y ocho sesiones de psicoterapia verbal y dos sesiones con la sustancia, de ocho a diez horas cada una, conducidas por una pareja de terapeutas (un hombre y una mujer), con música evocadora y conversación escasa. Ocho personas formaron el grupo activo y cuatro el grupo de control. Las mediciones de ansiedad, calidad de vida y síntomas psicopatológicos se tomaron antes del tratamiento, una semana después de cada sesión y a los dos y doce meses. A quienes habían recibido el control se les ofreció después la posibilidad de hacer dos sesiones con la sustancia activa.

A los datos cuantitativos se sumó algo poco frecuente: entrevistas en profundidad, grabadas y transcritas, analizadas con técnicas cualitativas de análisis del discurso. El objetivo era entender la experiencia desde dentro, no solo medirla en una escala.

Qué encontraron

En las escalas de ansiedad, el grupo activo mostró descensos significativos frente al de control, y esas reducciones se mantuvieron estables en el seguimiento a los doce meses. También bajaron las puntuaciones de los pacientes que, tras pasar por el control, accedieron más tarde a las sesiones con la sustancia.

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De las nueve personas entrevistadas, todas dijeron haber obtenido algún beneficio. Cerca del 78% relató una reducción sostenida de la ansiedad y menos miedo a la muerte; dos tercios, una mejora en su calidad de vida. Lo más citado fueron cambios en la forma de estar en el mundo: mayor apertura, una conciencia más honda, más calma y tolerancia consigo mismos y con los demás. Tres participantes fallecieron por su enfermedad después del año de seguimiento.

Las narrativas se agruparon en categorías que dan una idea del tono de las experiencias: el acceso a emociones reprimidas y una suerte de catarsis; la posibilidad de mirar la propia situación desde otro ángulo; cambios en las emociones de fondo durante la sesión; y, a más largo plazo, una reordenación de prioridades —la salud y la familia por encima de lo material—. Una paciente lo resumió diciendo que ya no lloraba todas las noches, que ahora podía reírse de su propio cuerpo dolorido. Otro describió la diferencia con la terapia hablada: la verbal trabaja con palabras; la acompañada con LSD, decía, trabaja con procesos internos.

No todo fue plácido. Algún participante describió tramos «extenuantes», la sensación de quedar atrapado durante horas en un estado incómodo del que no es fácil salir. Ninguno, sin embargo, refirió secuelas negativas más allá de esas dificultades transitorias —emociones intensas, pérdida momentánea de la sensación de control— propias del propio efecto de la sustancia.

Hubo además un hallazgo lateral curioso: dos pacientes con migrañas cíclicas graves notaron una mejoría notable durante el año posterior, en línea con lo que otras observaciones sugieren sobre el efecto del LSD en ciertos tipos de cefalea, en particular la cefalea en racimos.

Lectura crítica

Conviene leer estos resultados con cabeza fría, y los propios autores fueron prudentes al hacerlo. Doce pacientes son muy poca gente: con una muestra así, cualquier análisis estadístico tiene un valor orientativo, no concluyente. El entusiasmo con que a veces se difunden estos estudios suele ir por delante de lo que realmente permiten afirmar.

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Hay otros matices. La comparación con el grupo de control es delicada cuando la propia experiencia subjetiva del LSD hace casi imposible mantener el «ciego»: paciente y terapeuta suelen intuir quién ha recibido qué, y eso abre la puerta a expectativas que influyen en el resultado. El acompañamiento terapéutico intensivo —ocho a diez horas con dos profesionales— es además una variable enorme por sí sola, difícil de separar del efecto de la molécula.

El trabajo se enmarca en una línea más amplia que también ha explorado la psilocibina para la angustia ante el final de la vida. En aquellos estudios las mejoras aparecían de forma más puntual; aquí se sostuvieron a los doce meses, lo que resulta llamativo, aunque la diferencia de diseños y dosis impide una comparación limpia. La conclusión razonable no es que «el LSD cura la ansiedad terminal», sino que hay señales lo bastante sólidas como para justificar ensayos mayores y mejor controlados. De hecho, la investigación ha seguido avanzando desde entonces.

Por último, una nota de contexto. Lo descrito aquí ocurrió dentro de un ensayo clínico autorizado, con cribado psiquiátrico, dosis controladas en entorno hospitalario y acompañamiento profesional durante toda la sesión. Nada de eso se parece a un uso autónomo: en personas con patología psiquiátrica grave o en condiciones de fragilidad médica, estas sustancias pueden desencadenar crisis intensas. El valor de este estudio está, precisamente, en el marco que lo rodea, no solo en la molécula.

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