Shulgin y el mito del flashback de LSD: qué dice la farmacología

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En breve: En el capítulo 13 de TIHKAL, Alexander Shulgin cuenta cómo la DEA canceló su invitación a una conferencia sobre LSD en San Francisco (1991) y aprovecha la anécdota para desarmar uno de los grandes mitos de la guerra contra las drogas: el del flashback. La farmacología es tajante —la LSD se elimina del cuerpo en horas— y lo que llamamos flashback no es una molécula escondida en el cerebro, sino un recuerdo evocado por un estímulo. Repasamos el episodio y añadimos una lectura crítica.

Una invitación que nunca llegó a enviarse

Hay textos de Alexander Shulgin que valen tanto por la química que contienen como por el retrato que hacen de una época. El capítulo 13 de TIHKAL, titulado «Flashbacks», es uno de ellos: arranca con una anécdota burocrática y termina convertido en una de las refutaciones más limpias del folclore antidroga que circulaba —y aún circula— sobre la LSD.

El episodio se sitúa a mediados de diciembre de 1991. La DEA, la agencia antidroga estadounidense, organizó en San Francisco una conferencia de dos días dedicada a la LSD. Acudieron unas doscientas personas, entre ellas mandos policiales de Holanda, Gran Bretaña y Australia. El anfitrión oficial era Robert C. Bonner, entonces director en funciones de la agencia. La elección de la ciudad no era casual: muchos agentes daban por hecho que la mayor parte de la LSD del mundo se fabricaba en el Área de la Bahía.

Shulgin, que por su trayectoria como químico era una referencia obvia sobre la historia de la sustancia, supo por rumores que probablemente lo invitarían a exponer el origen y los primeros usos de la droga. Recibió una invitación impresa, pero él mismo intuyó el problema: acababa de publicarse PIHKAL, y alguien dentro del aparato policial podía leer ese libro no como el archivo de información objetiva que era, sino como una apología de los psicodélicos. Para no comprometer al contacto de la DEA que había propuesto su nombre, avisó de que, por su parte, todavía no consideraba cerrada ninguna invitación oficial.

Poco después llegó la llamada amable y diplomática: la invitación quedaba cancelada. De hecho, según le dijeron, la original nunca llegó a cursarse. Y el motivo no fue PIHKAL —«nadie pareció preocuparse por ese libro», le aseguraron—, sino el temor de una de las divisiones a que Shulgin enzarzara a Bonner en un debate público «embarazoso».

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El propio Shulgin se reía de la escena: un químico canoso de aire académico poniendo en aprietos a uno de los cargos policiales más poderosos del país. ¿Embarazoso para quién? Si la jerarquía temía que su jefe quedara en evidencia discutiendo con él, mal concepto tenían de su jefe. Con perspectiva, reconoció que quedarse en casa fue una suerte: de haber asistido, o habría hablado —y habría sido más que perturbador— o habría callado, avergonzado de sí mismo.

La «yihad» contra una molécula

Lo que Shulgin reconstruye de aquella conferencia, en parte de oídas, es el clima moral más que el contenido técnico. Describe una atmósfera de cruzada: la LSD presentada como el mal absoluto, algo que había que erradicar de la faz de la Tierra a cualquier precio. Él lo compara, con ironía amarga, con las cacerías de brujas o las condenas inquisitoriales: enemigos definidos de antemano para los que ningún castigo parecía excesivo.

Buena parte de la hostilidad apuntaba a las personas. Los fabricantes eran criminales; los «terapeutas sociópatas» se internaban en los bosques para acceder a sus reservas ocultas de precursor y seguían defendiendo —se decía— el mito de que la sustancia tenía algún valor terapéutico, coartada de su propia adicción. Pero otra parte de la ira se dirigía a la molécula en sí, y ahí es donde aparece el argumento que da título al capítulo.

La afirmación más llamativa que se manejó en aquella sala fue, en esencia, esta: una sola exposición a la LSD podía dejar moléculas «persistentes» escondidas en el lóbulo frontal, agazapadas hasta veinte años, y reaparecer de golpe provocando un flashback capaz de desencadenar una psicosis. Como prueba se señalaba la propia San Francisco: tras el Verano del Amor de finales de los sesenta y su consumo masivo de psicodélicos, ahí estaban las calles llenas de personas sin hogar y con trastornos mentales. La causa, según esta teoría, eran aquellas moléculas latentes llegando por fin a los lóbulos frontales.

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Lo que dice la farmacología

El núcleo del capítulo es la respuesta de Shulgin a ese relato, y es de una sencillez demoledora. La LSD, una vez en el organismo, produce sus efectos y después es eliminada —ella y sus metabolitos— con rapidez. Shulgin sitúa su semivida de eliminación en sangre en menos de tres horas: pasado ese tiempo solo queda la mitad de lo que hubiera; al cabo de un día se ha excretado más del 99 %. Una dosis enorme tomada un lunes no dejaría ni un 1 % el martes, y ninguna técnica analítica conocida la detectaría el miércoles.

De ahí su conclusión: si una sola molécula —o incluso un billón de moléculas— bastara para inducir una psicosis, estaríamos ante un fármaco de una potencia sin precedentes, jamás observada. No es ciencia, es fantasía; algo que solo existe, dice, «en la imaginación de las fuerzas del orden y en las publicaciones de quienes se ganan la vida fomentando el miedo a las drogas».

Y sin embargo —y este es el giro elegante del texto— los flashbacks existen. Lo que ocurre es que no son lo que aquella teoría pretendía. No pertenecen en exclusiva a la LSD ni tienen nada que ver con la psicosis. Son, sencillamente, recuerdos.

El flashback como memoria, no como química latente

Shulgin lo ilustra con una escena propia. Tocando la viola en un encuentro musical, durante un popurrí de Duke Ellington titulado algo así como «Para Duke, con amor», recordó de golpe un concierto del propio Ellington al que había asistido en Boston en el invierno de 1941 o 1942. Había caminado bajo la nieve sin sacudírsela del pelo; ya sentado entre el público, la nieve empezó a derretirse y el agua a gotearle por el cuello, sin que él se atreviera a moverse para no mojar a quienes lo rodeaban. La vergüenza de aquel momento volvió intacta décadas después, disparada por la música.

Ese es el mecanismo. Un olor, una palabra, un sonido familiar pueden desencadenar una cascada de recuerdos lo bastante intensa como para revivir una escena pasada. Y una experiencia psicodélica fuerte, precisamente porque concentra la atención de forma extraordinaria sobre ciertos estímulos sensoriales, deja anclajes especialmente vívidos: reencontrar más tarde ese estímulo puede traer de vuelta la vivencia. El suceso recordado puede ser objetivamente trivial. La explicación, concluye Shulgin, está en el funcionamiento de la memoria y la mente —no en la LSD—, y desde luego no en ninguna molécula perdida en los lóbulos frontales, porque allí ya no quedará nada que buscar.

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Lectura crítica

El texto de Shulgin es, ante todo, una pieza polémica de 1997, escrita para desmontar la propaganda antidroga de su tiempo, y conviene leerlo con esa clave. Algunas precisiones útiles:

  • El argumento farmacológico se sostiene. La idea de moléculas de LSD «dormidas» durante años en el cerebro carece de base; la sustancia se elimina en horas. En eso Shulgin tiene razón y la literatura posterior lo respalda.
  • «Flashback» tiene además un sentido clínico más estrecho. La psiquiatría reconoce el llamado trastorno perceptivo persistente por alucinógenos (HPPD), en el que algunas personas experimentan alteraciones visuales recurrentes tras el consumo. Es poco frecuente y su mecanismo no se conoce bien, pero no equivale al «recuerdo evocado» del que habla Shulgin ni a la fábula de la psicosis latente. Conviene no confundir los tres conceptos.
  • La crítica social que él hace —atribuir la pobreza y los trastornos mentales de las calles al LSD— sigue siendo pertinente: es un ejemplo de correlación convertida en causa para sostener una política. Pero tampoco debe leerse al revés como prueba de inocuidad de los psicodélicos.
  • Reducción de riesgos. Que un mito sea falso no convierte a la sustancia en inofensiva. Las experiencias intensas con psicodélicos pueden desestabilizar a personas con predisposición a ciertos trastornos, y el contexto, la dosis y el estado mental importan. Este artículo es divulgativo e histórico; no es una guía de consumo.

Como apunte editorial: este capítulo formó parte de un proyecto de traducción al español de PIHKAL y TIHKAL impulsado por el llamado Proyecto Shulgin en Español. Recogemos el contenido por su interés divulgativo e histórico; las obras de referencia son los propios PIHKAL y TIHKAL de Alexander y Ann Shulgin.

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