Una molécula que reabrió un campo dormido
El LSD no fue solo la sustancia psicoactiva más potente jamás caracterizada en relación con su dosis. Fue, sobre todo, un detonante: su aparición devolvió a los laboratorios el interés por compuestos que el ser humano llevaba usando desde tiempos remotos. En el relato que recoge Hofmann, la historia personal de la molécula se entrelaza con la historia mucho más antigua de las plantas enteógenas mexicanas.
Los experimentos posteriores a aquel primer ensayo planificado, realizados con colegas voluntarios de los laboratorios Sandoz, confirmaron la extraordinaria actividad del LSD sobre la psique. Cualitativamente, sus efectos recordaban a los de la mescalina, un alcaloide muy anterior; cuantitativamente, sin embargo, no había comparación posible: el LSD resultaba miles de veces más activo por unidad de peso.
Esa desproporción no era una mera anécdota de potencia. Tenía consecuencias teóricas. Si una cantidad ínfima de una sustancia bastaba para alterar la percepción, el pensamiento y el estado de ánimo, parecía razonable sospechar que trazas indetectables de algún compuesto producido por el propio organismo pudieran estar detrás de ciertos trastornos mentales. Lo que se había considerado «puramente psíquico» empezaba a tener un horizonte bioquímico.
Las plantas sagradas que sobrevivieron a la conquista
El LSD era inédito por su potencia, pero no por su naturaleza enteógena. Los cronistas y naturalistas españoles que llegaron a México tras la conquista describieron numerosas plantas con efectos sobre la mente, desconocidas en el Viejo Mundo y empleadas por los pueblos indígenas tanto en la medicina como en el rito. La Iglesia las combatió como «posesión demoníaca» con un éxito solo parcial: muchas comunidades siguieron usándolas en secreto, considerándolas sagradas incluso después de su conversión al cristianismo.
Tres plantas ocupaban un lugar central en estas prácticas, y aún hoy las emplean los curanderos de las zonas más apartadas:
- El peyote, un cactus.
- El teonanácatl, literalmente «hongo sagrado».
- El ololiuqui, las semillas de ciertas convolvuláceas.
El peyote fue el primero en pasar por el tamiz de la ciencia, ya a comienzos del siglo XX. El farmacólogo y toxicólogo Louis Lewin lo describió en su obra clásica Phantastika, donde por primera vez los alucinógenos se caracterizaban y clasificaban como un grupo propio dentro de las drogas psicoactivas. En su honor, el cactus recibió el nombre de Anhalonium lewinii. Lewin y Arthur Heffter aislaron la mescalina del peyote en 1896, y en 1919 Ernst Späth, en Viena, esclareció su estructura química y logró sintetizarla. Con un compuesto puro entre manos, fue posible por primera vez estudiar los efectos alucinógenos desde una perspectiva farmacológica y clínica; aquella primera oleada de investigación cristalizó en otra monografía de referencia, Der Meskalinrausch de K. Beringer. Después, el interés decayó durante décadas, hasta que el LSD lo reactivó en los años cuarenta.
El teonanácatl llega a Basilea
Precisamente porque Sandoz tenía experiencia con el LSD, el segundo de aquellos enteógenos mexicanos —el teonanácatl— acabó en su laboratorio para ser analizado. El uso ritual de los hongos se remonta a miles de años: en Guatemala se conservan las llamadas «piedras hongo», monumentos que algunas culturas mesoamericanas erigieron en honor a estas setas. Pese a su antigüedad, el conocimiento occidental del tema es reciente: los cronistas apenas le prestaron atención, quizá por considerarlo una superstición menor.
No fue hasta 1936-1938 cuando investigadores como Weitlander, Reko, Johnson y Schultes confirmaron que en zonas remotas del sur de México aún se ingerían setas con fines mágicos. El estudio sistemático del culto vivo lo emprendieron R. Gordon Wasson y su esposa: en el verano de 1955, Wasson participó en una velada nocturna en Huautla de Jiménez (Oaxaca) y fue, probablemente, el primer occidental que tomó las setas sagradas en ese contexto. En una expedición posterior, en 1956, lo acompañó el micólogo Roger Heim, director del Laboratorio de Criptogamia del Museo de Historia Natural de París, que identificó y clasificó botánicamente los hongos. Pertenecían sobre todo al género Psilocybe, con alguna especie de los géneros Stropharia y Conocybe. El cultivo en laboratorio dio buenos resultados con uno de ellos: Psilocybe mexicana Heim.
Tras fracasar en París los intentos de aislar el principio activo, Heim envió las setas a Sandoz, en Basilea. Las primeras pruebas con animales —reacción pupilar y piloerección en ratones, conducta general en perros— resultaron poco concluyentes, y llegó a dudarse de si el material cultivado y secado conservaba aún actividad. Para despejar esa duda, Hofmann decidió ensayar sobre sí mismo, ingiriendo treinta y dos ejemplares secos de Psilocybe mexicana, una cantidad equivalente a una dosis media según los usos indígenas. De aquel ensayo procede el primer relato documentado de una experiencia con psilocibina.
El primer viaje con psilocibina, en sus propias palabras
«Treinta minutos después de ingerir los hongos, el mundo exterior comenzó a sufrir una extraña transformación. Todo asumió un aspecto mexicano. Como yo estaba totalmente seguro de que mi conocimiento del origen de los hongos me llevaría a imaginar un escenario mexicano, intenté mirar a mi entorno de la forma en que lo hacía normalmente. Pero todos los esfuerzos voluntarios por ver los objetos con las formas y colores habituales demostraron ser ineficaces. Estuvieran mis ojos cerrados o abiertos, veía solo motivos y colores mexicanos. Cuando el médico que supervisaba el experimento me tumbó para comprobar mi presión sanguínea, se transformó en un sacerdote azteca, y no me habría sorprendido si hubiese sacado un cuchillo de piedra pedernal.
A pesar de la seriedad de la situación, me divertía ver cómo los rasgos germánicos de la cara de mi colega habían adquirido una expresión puramente india. En el punto cumbre de la intoxicación, una hora y media tras la ingestión de las setas, la incesante sucesión de imágenes —principalmente motivos abstractos que cambiaban rápidamente de forma y color— alcanzó un nivel tan alarmante que temí volverme yo mismo de esa forma y color, y disolverme. Tras unas seis horas, el sueño comenzó a declinar. Subjetivamente, no tenía idea de cuánto había durado la experiencia. Sentí mi vuelta a la realidad cotidiana como un regreso feliz desde un mundo extraño y fantástico —pero real— a un mundo viejo y familiar.»
El relato es valioso por partida doble: como testimonio de la fenomenología de la psilocibina y como documento de una manera de investigar que hoy resultaría impensable. Conviene leerlo en su contexto. (Continuará.)
Lectura crítica
El texto pertenece a la memoria científica de Hofmann y conserva el lenguaje de su época: habla de «intoxicación», de «drogas mágicas» y de «hombre blanco» en un sentido que hoy matizamos. Algunas afirmaciones merecen ponerse en perspectiva:
- El autoexperimento no es modelo de nada. Que un químico se administrara una sustancia desconocida para «aclarar un punto» responde a la cultura de laboratorio de mediados del siglo XX, no a un estándar replicable. No es una recomendación ni una guía: es un episodio histórico.
- El relato de Wasson como «primer occidental» exige cautela. Reproduce una mirada eurocéntrica que invisibiliza siglos de conocimiento indígena. El saber sobre estos hongos no nació en 1955; existía mucho antes y pertenecía a las comunidades que lo custodiaban, a menudo a costa de su privacidad y su patrimonio cultural.
- De la fascinación al respeto. La psilocibina vuelve hoy a investigarse en contextos clínicos controlados, con encuadre, dosis estandarizadas y acompañamiento profesional. Nada de eso se parece a la autoexperimentación aislada que describe el texto, ni la sustituye.
Como divulgación histórica, el documento es de primer orden. Como modelo de conducta, no lo es: la prudencia, el contexto y la reducción de riesgos llegaron después, y precisamente porque relatos como este mostraron lo poco que se sabía.