Alexander Shulgin: el químico que cartografió la mente

Artículos relacionados

En breve: Alexander Shulgin (1925-2014), «Sasha» para sus allegados, fue el químico que caracterizó la farmacología de la MDMA y diseñó decenas de fenetilaminas y triptaminas, entre ellas el 2C-B. Repasamos su trabajo y la huella que dejó en la investigación psicodélica posterior, recogida también en el testimonio del investigador José Carlos Bouso.

Un químico que pintaba moléculas

En junio de 2014 falleció, a los 88 años, Alexander Theodore Shulgin. Para quienes lo trataron era «Sasha»; para los lectores de sus dos libros autobiográficos, PIHKAL y TIHKAL, era «Shura». Detrás de esos apodos hay un personaje difícil de encajar en una sola etiqueta: farmacólogo de formación, químico de oficio y autoexperimentador metódico que dedicó buena parte de su vida a diseñar moléculas psicoactivas y a describir, con notable disciplina, qué hacían.

Shulgin solía comparar su trabajo con el de un pintor. Un pintor conoce la técnica, la luz y el color, imagina un cuadro y luego lo lleva al lienzo, sin que el resultado coincida necesariamente con lo imaginado. Él hacía algo parecido: partiendo de un conocimiento sólido de neurociencia y de química, intuía cómo una determinada configuración molecular podría encajar con ciertos receptores y producir un efecto psicológico concreto. Primero lo construía en su cabeza; después lo sintetizaba y lo probaba. Esa imagen —el laboratorio como taller de pintor— resume bien su forma de entender la psicofarmacología.

El «padrino» de la MDMA, con matices

A Shulgin se le conoce, sobre todo, como el «padrino» de la MDMA. La etiqueta es justa siempre que se entienda con precisión: no fue quien sintetizó la molécula por primera vez (eso ocurrió a principios del siglo XX, en un contexto industrial) ni el primero en experimentar sus efectos. Su aportación fue otra y no menor: fue quien caracterizó su farmacología y quien la dio a conocer en los círculos terapéuticos de los años setenta tras autoexperimentar con ella.

Leer más  Riesgos en montaña y MDMA: una comparación basada en datos médicos

Su interés por esta familia de compuestos venía de lejos. Ya en los años sesenta había trabajado, junto al psiquiatra chileno Claudio Naranjo, en la caracterización de la MDA —el «primo» psicodélico de la MDMA— y del safrol, precursor natural de ambas, además de explorar el potencial psicoterapéutico de la MDA. Esa colaboración sitúa a Shulgin no como un inventor aislado, sino como una pieza de una red de investigadores que tantearon estos compuestos antes de que la regulación cerrara la puerta.

En 1978, con un equipo en el que figuraba un joven David Nichols —después conocido por sintetizar moléculas como la MBDB—, Shulgin publicó la primera descripción farmacológica de la MDMA. Allí mostró un detalle clave: a diferencia del LSD y de la MDA, de perfil más alucinógeno, en la MDMA la mayor actividad psicoactiva recae sobre el isómero S(+), como ocurre en las anfetaminas. Estábamos, por tanto, ante un compuesto emparentado con las anfetaminas pero de efecto netamente distinto. Para llegar ahí, su grupo sintetizó el racémico y cada isómero por separado y los evaluó con una escala de signos (de + a +++++) para graduar la intensidad de la experiencia. En un segundo artículo de ese mismo año, Shulgin y Nichols describieron el efecto como «un estado alterado de conciencia fácilmente controlable», con connotaciones emocionales y sensoriales, comparable al de otras sustancias sin su componente alucinatorio.

La DIPT y la curiosidad de explorar la percepción

Más allá de la MDMA, lo que distingue a Shulgin es el método: imaginar una función y diseñar una molécula para tantearla. El caso de la DIPT (diisopropiltriptamina) es el que mejor lo ilustra. Shulgin sospechaba que una determinada configuración podría incidir de forma específica en la percepción auditiva. Tras sintetizarla y experimentarla, relató cómo la música que sonaba en la radio de su laboratorio empezó a sonar desafinada: había topado con una sustancia que distorsionaba la percepción de los armónicos. Décadas después, ese hallazgo apenas se ha aprovechado en investigación básica para entender cómo el cerebro procesa el sonido, un recordatorio de cuánto conocimiento potencial quedó aparcado por razones legales más que científicas.

Leer más  Jurema: la planta brasileña que reaviva el enigma del DMT

El 2C-B, su molécula más querida

Si tuvo una predilección declarada, fue por el 2C-B, una modificación de la estructura de la mescalina que acorta la duración del efecto y acentúa su carácter visual. Muchos usuarios lo describen como más «frío» en lo emocional y con un perfil controlable, y se le atribuye fama de afrodisíaco. Pese a ese perfil, el 2C-B apenas ha sido estudiado en humanos en un entorno controlado. El único trabajo publicado hasta la fecha en personas es un estudio de encuesta liderado por el médico Fernando Caudevilla, en colaboración con el Hospital de Sant Pau, el servicio de análisis Energy Control y el investigador José Carlos Bouso, que caracterizó efectos subjetivos y secundarios a corto y largo plazo. Que un compuesto tan conocido en la cultura psicoactiva siga teniendo una literatura clínica tan exigua dice mucho sobre las barreras que pesan sobre esta investigación.

De los círculos terapéuticos a los ensayos clínicos

El recorrido de la MDMA hacia la clínica también pasó por Shulgin. Él hizo llegar muestras al psicoterapeuta Leo Zeff, ya retirado, que tras probarla volvió a la práctica para formar a otros terapeutas en su uso. Antes de que la DEA la incluyera en 1985 en la lista de sustancias más restringidas, se calcula que se habían administrado cientos de miles de dosis en contextos terapéuticos, además de un consumo recreativo creciente. En España, Shulgin llegó a actuar como perito en uno de los primeros juicios por tráfico de éxtasis: su testimonio contribuyó a que, por unos meses, la MDMA se clasificara como sustancia de «leve daño a la salud», antes de que el Tribunal Supremo revirtiera esa categoría.

Leer más  El "Lugar Secreto" de Ann Shulgin y el enigma de la 2C-D

El testimonio de José Carlos Bouso, hoy una de las voces de referencia en la investigación psicodélica en español, ilustra esa influencia en lo concreto. Bouso ha contado cómo una conferencia de Shulgin en un curso de verano en Dénia, a mediados de los noventa —en el mismo encuentro coincidió con Jonathan Ott—, reorientó su carrera hacia el estudio del potencial terapéutico de la MDMA, que más tarde exploraría en el trastorno de estrés postraumático. Cuando Shulgin murió, ya se habían publicado los primeros ensayos clínicos con MDMA para el TEPT, una línea de trabajo que ha seguido creciendo desde entonces.

Lectura crítica

Conviene leer la figura de Shulgin sin convertirla en hagiografía. Su autoexperimentación, hecha con método y registro, fue también una práctica de altísimo riesgo que no es trasladable ni recomendable: dependía de un conocimiento químico y farmacológico excepcional, de un entorno controlado y de la asunción consciente de peligros que hoy ninguna ética de investigación avalaría. El entusiasmo por las «potencialidades terapéuticas» debe matizarse: muchas afirmaciones que circulan sobre la MDMA o el 2C-B proceden de relatos de la época o de estudios todavía limitados, no de un cuerpo de evidencia consolidado.

Su legado real es doble. Por un lado, un catálogo enorme de compuestos cuya farmacología apenas se ha estudiado de forma rigurosa, en buena medida por trabas legales más que técnicas. Por otro, el recordatorio de que la prohibición no solo limita el consumo: también frena el conocimiento. Reivindicar a Shulgin como divulgador y científico es compatible con subrayar que su biografía no es un manual de uso, sino un episodio de la historia de la ciencia que merece leerse con curiosidad y con prudencia a partes iguales.

Sigue leyendo en Psiconáutica

Más sobre este tema

Comentarios

Publicidadspot_img

Populares