
Un relato cómodo que no resiste las fechas
En el imaginario psicodélico circula una historia limpia y satisfactoria: a principios de los años sesenta, los legisladores estadounidenses, asustados por la contracultura que había convertido el LSD en sacramento, lo prohibieron y, de paso, fulminaron la prometedora investigación terapéutica que se hacía con él. Es un relato con villanos claros y una moraleja sencilla. El problema es que las fechas no cuadran del todo, y que confunde dos fenómenos distintos: la criminalización del uso callejero y el declive de la investigación clínica.
Cuando se ordenan los acontecimientos, aparece otra cosa. Buena parte de los investigadores ya había perdido el interés por la sustancia antes de que el fenómeno hippie alcanzara su apogeo y antes de que Timothy Leary se convirtiera en el rostro mediático del asunto. El desencanto no vino de la calle, sino de los laboratorios y de los despachos reguladores.
Leary, Harvard y el ruido que tapó lo importante
La parte conocida de la historia es la más ruidosa. Leary y Richard Alpert fueron apartados de Harvard en 1962, en un episodio cargado de rivalidades académicas dentro de una facultad de psicología con un linaje notable —de William James a B. F. Skinner—. A partir de ahí, Leary, Alpert y más tarde Ralph Metzner continuaron sus experimentos fuera de la academia, derivando hacia un tono casi mesiánico que, sumado a las correrías de Ken Kesey, contribuyó a popularizar masivamente el LSD entre la juventud.
Conviene matizar un detalle que suele caricaturizarse: pese a la leyenda negra, el programa psicodélico de Harvard tenía pretensiones serias. Y mientras los happenings ocupaban los titulares, una parte de la élite cultural y del mundo del espectáculo consumía LSD con discreción en sus casas. Pero todo esto, por documentado que esté, es el envoltorio mediático del asunto, no su explicación. La pregunta de fondo —por qué se apagó la investigación clínica— tiene otra respuesta.
La prohibición nunca alcanzó al laboratorio
El dato decisivo, y el más olvidado, es este: las prohibiciones de los años sesenta y setenta apuntaron a la posesión y al uso recreativo, no a la investigación. California penalizó la posesión de LSD en 1966 y el resto de Estados Unidos en 1969, pero ninguna de esas medidas tocaba los usos clínicos y experimentales. Incluso el Convenio de 1971, con el que la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) metió el LSD y otros psicodélicos en sus listas más restrictivas, seguía dejando margen para la ciencia. Como ocurre con la morfina o las anfetaminas, una sustancia puede convivir en el mercado ilícito y en el médico a la vez.
Que el clima antidrogas posterior complicara enormemente la vida a quien quisiera investigar es cierto, pero eso vino después. La investigación con LSD no fue ejecutada por decreto: se fue quedando sin oxígeno por otras razones.
Sandoz cierra el grifo
El LSD llegó a la comunidad científica estadounidense en 1949 de la mano de Sandoz, la empresa suiza donde Albert Hofmann había descubierto sus efectos psicoactivos en 1943. La expectación fue enorme: se ensayó como herramienta para explorar la experiencia mística, para tratar diversos trastornos mentales y para abordar la dependencia del alcohol, entre otros usos. Durante años, estudios y terapias se multiplicaron por todo el país.
La controversia que rodeó a la sustancia sí tuvo un impacto real en la investigación, pero por una vía concreta y poco glamurosa: Sandoz dejó de suministrar LSD a los investigadores estadounidenses. Aquí aparece un cuello de botella estructural de la medicina moderna. Llevar un fármaco a uso clínico exige el respaldo de una farmacéutica que asuma el costoso desarrollo regulatorio; la investigación independiente rara vez puede costearlo. Sin Sandoz y sin ninguna empresa estadounidense dispuesta a heredar ese riesgo, tramitar ante la FDA los permisos para desarrollar el fármaco se volvió, en la práctica, inviable.
Mientras los hippies tomaban LSD en sus happenings, una parte de la élite cultural hacía lo propio en sus casas. Pero ninguno de esos dos mundos explica por qué se apagó la investigación clínica.
El molde equivocado: el ensayo clínico de 1962
El otro factor, quizá el más profundo, fue metodológico. En 1962, las Drug Amendments consolidaron en Estados Unidos lo que hoy es el estándar incuestionable: para comercializar un fármaco hay que demostrar su eficacia mediante ensayos clínicos controlados, con asignación aleatoria y doble ciego, de modo que ni paciente ni investigador sepan quién recibe el principio activo y quién el placebo. El objetivo —controlar los sesgos de expectativa— es razonable y ha salvado a la medicina de incontables engaños.
El modelo subyacente, sin embargo, es de raíz bacteriológica: una enfermedad tiene una causa física concreta y un fármaco eficaz es el que la neutraliza, igual que un antibiótico elimina la bacteria responsable. Es un esquema espléndido para la infectología y bastante torpe para la psiquiatría. No es casualidad que muchos psicofármacos clave —antipsicóticos, litio— se descubrieran por azar, observando efectos inesperados en pacientes tratados por otra cosa.
El LSD encajaba especialmente mal en ese molde. Trabaja sobre los contenidos mentales del paciente; y aunque actúa sobre regiones cerebrales identificables, no son necesariamente esas regiones las que sostienen el trastorno. Separar limpiamente el efecto farmacológico del efecto terapéutico —exactamente lo que pide un ensayo controlado— resulta casi imposible cuando el contexto, la expectativa y el acompañamiento forman parte del tratamiento. Tras dos décadas de trabajo, no había consenso sobre su eficacia, y el nuevo estándar dejó a los psicodélicos en una posición perdedora de salida.
Protestas, desgaste y una sentencia administrativa
Hubo resistencia. Psiquiatras con años de experiencia —Humphry Osmond, Abram Hoffer, Al Hubbard— rechazaron por inoperante el corsé bacteriológico y alegaron ante la FDA que el ensayo clínico aleatorizado no era el único modo válido de probar la eficacia de un fármaco, menos aún en psiquiatría. No prosperó. El modelo se impuso a escala mundial y muchos investigadores, simplemente, perdieron el entusiasmo y se dedicaron a otra cosa. Todo ello, conviene insistir, antes de que la figura de Leary lo monopolizara todo.
No todos desistieron: el grupo de Stanislav Grof en el Spring Grove State Hospital y otros intentaron adaptar sus estudios a la nueva normativa. Cumplir esos requisitos era tan arduo que, en 1974, el Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense concluyó que el LSD carecía de aplicaciones terapéuticas; una sentencia que, según los propios revisores críticos, no se dictó con toda la ecuanimidad deseable.
Medio siglo después
La ironía es que más de cincuenta años más tarde, con métodos estadísticos y biomédicos más finos, la comunidad investigadora ha aprendido a diseñar ensayos con LSD y psilocibina que sí cumplen los estándares de aquel modelo. Los estudios contemporáneos de psicoterapia psicodélica con pacientes terminales son el ejemplo más visible de que el obstáculo nunca fue la sustancia, sino el molde en el que se la quiso encajar.
La moraleja es incómoda para el relato romántico: la investigación terapéutica con psicodélicos no murió fusilada por la guerra cultural de los sesenta. Se asfixió por la retirada de su único proveedor y por un cambio regulatorio que, sin proponérselo, dejó fuera de juego a toda una forma de hacer psiquiatría.
Lectura crítica
Esta reconstrucción procede sobre todo del trabajo del historiador Matthew Oram —especialmente su artículo sobre la psicoterapia con LSD y las Drug Amendments de 1962, publicado en el Journal of the History of Medicine and Allied Sciences— y de la revisión de Steven J. Novak sobre la investigación psicodélica anterior a Leary, aparecida en Isis. Merece la pena tener presentes algunas cautelas:
- Causas múltiples, no una sola. Plantear «fue la metodología y no los hippies» corre el riesgo de invertir el mito en lugar de superarlo. Lo razonable es leer el declive como confluencia de factores —regulatorios, comerciales, científicos y culturales— sin un único culpable.
- El entusiasmo no equivale a evidencia. Que el modelo del ensayo clínico fuera un mal traje para el LSD no implica que aquellos estudios pioneros demostraran lo que sus defensores creían. Buena parte adolecía de muestras pequeñas, ausencia de control y expectativas desbordadas.
- Cuidado con el revival. La investigación actual es prometedora, pero está sujeta a sesgos de publicación, expectativas culturales y entusiasmo de mercado. Conviene seguirla con la misma exigencia crítica que se reclama para la historia.
- Reducción de riesgos. Nada de lo anterior describe un uso seguro fuera de un marco clínico controlado. El LSD puede precipitar crisis psicológicas, interactúa con otros fármacos y conlleva riesgos legales y de salud que ningún relato histórico anula.