
El remedio que agrava la enfermedad
Hay un punto de partida difícil de negar: existe un problema con las drogas, pero existe un problema todavía mayor con las políticas diseñadas para combatirlas. En lugar de aminorar los daños asociados al consumo de sustancias psicoactivas, buena parte de las medidas implantadas durante las últimas décadas los han multiplicado, añadiendo perjuicios nuevos —penales, sanitarios, sociales— que a menudo resultan más graves que los originales.
El resultado es una paradoja que cualquier mirada mínimamente informada acaba detectando: la solución pensada para el problema lo ha reformulado en algo más grande y más opaco. La pregunta que se hacen cada vez más personas es inevitable: ¿no estará siendo peor el remedio que la enfermedad?
Una encrucijada, no un callejón sin salida
El texto de Hidalgo insiste en un matiz importante: estamos ante una encrucijada, no ante un callejón cerrado. Quedan alternativas por explorar y caminos sin recorrer. Para verlos, propone dejar a un lado el debate sobre las intenciones que sostienen las políticas actuales —si son sinceras, torpes o interesadas— y centrarse en lo único que debería contar: ¿funcionan? ¿Estamos satisfechos con sus resultados? ¿Podríamos hacerlo mejor?
Aún podemos encontrar una salida del laberinto en el que nos hemos metido.
El experimento mental: ¿y si el esquí estuviera prohibido?
Para cambiar de ángulo, Hidalgo recurre a una herramienta clásica de la sátira: trasladar las reglas del mundo de las drogas a una actividad socialmente aceptada y observar el resultado. El deporte elegido es el esquí. La pregunta deja de ser «¿podemos hacerlo mejor?» y pasa a ser «¿podemos hacerlo peor?». La respuesta, por experiencia, es que siempre se puede.
Imaginemos entonces un país donde esquiar se persigue como hoy se persigue el consumo de ciertas sustancias:
- Fabricar, traficar o facilitar de cualquier modo el uso de tablas, botas, fijaciones y bastones se castiga con prisión de varios años, ampliable cuando concurren agravantes, además de multas proporcionales al valor del material incautado.
- Solo se admiten usos «lícitos» —industriales, terapéuticos, científicos y docentes—, sujetos a permisos administrativos tan farragosos que quien los solicita se estrella contra un muro burocrático prácticamente infranqueable.
- Tener material de esquí fuera de esos supuestos, o usarlo en espacios públicos, se sanciona como infracción grave de seguridad ciudadana, con multas que pueden dispararse según el caso.
- Acumular más equipo del que se considera «de uso personal» se interpreta como destinado al tráfico —el deportráfico— y arrastra penas de cárcel. El problema añadido: nadie ha fijado qué cantidad marca la frontera, así que acaban entre rejas no solo traficantes, sino simples aficionados que guardaban demasiadas tablas.
La maquinaria no se limita a perseguir la oferta. También trata de suprimir la demanda, partiendo de la premisa de que esquiar es intrínsecamente dañino y, por tanto, debe evitarse a toda costa.
El relato oficial del peligro
En ese mundo paralelo, instituciones y figuras públicas hablan del esquí casi exclusivamente en términos de riesgo, como si lesionarse fuera el único desenlace posible de calzarse unos esquís. Los medios buscan portavoces afines a esa condena: psiquiatras, médicos y forenses dispuestos a censurar la práctica. Cuando recogen testimonios de esquiadores, eligen a los más torpes, imprudentes o desafortunados, preferiblemente arrepentidos.
La dimensión simbólica se cuida al detalle. Resultaría impensable admitir que una figura institucional o un miembro de la realeza hubiera pisado jamás una estación de esquí; de haber ocurrido, se ocultaría con un tupido velo. Mientras tanto, familia y escuela se conciben como entornos clave de prevención: en casa y en clase se instruye a niños y jóvenes en la competencia suprema del «no-esquí».
Cuando prohibir empeora lo que pretende evitar
La sátira culmina mostrando el efecto real de todo este aparato. Quienes deciden esquiar de todos modos —que los hay— solo pueden recurrir a un mercado clandestino: material caro, sin controles de calidad y de procedencia incierta. Aprenden como pueden, por su cuenta o de la mano de conocidos del «submundo» deportivo, y bajan por pistas sin acondicionar, sin información sobre el estado de la nieve ni las condiciones meteorológicas.
La información disponible es escasa, sesgada y orientada al no consumo. Apenas sobreviven unos pocos programas dirigidos a quienes ya practican el deporte: lo que en el mundo real llamamos reducción de riesgos. En la ficción de Hidalgo, ese enfoque es tachado de atrevido y polémico por una sola razón: en lugar de exigir la abstención total, asume que la actividad existe e intenta que quien la realiza lo haga con la mejor información y los menores daños posibles.
Los medios se remiten a los más infames especialistas, bien versados en la condena y en la censura.
El golpe de efecto es evidente. Aplicadas al esquí, esas reglas nos parecerían disparatadas; aplicadas a las drogas, las hemos normalizado. La sátira no defiende que esquiar y consumir sustancias sean equiparables en sus riesgos, sino que señala una incoherencia en cómo gestionamos el peligro según la actividad que lo genera.
Lectura crítica
Conviene leer este texto por lo que es: una pieza de opinión satírica, no un estudio. Su fuerza está en la analogía, y como toda analogía tiene límites. El esquí y el consumo de drogas no comparten ni los mismos perfiles de riesgo, ni el mismo potencial de dependencia, ni los mismos efectos sobre terceros; equipararlos sin matices puede simplificar en exceso un debate complejo.
Dicho esto, el argumento de fondo conecta con un consenso amplio en salud pública: las políticas que solo persiguen la abstención tienden a empujar el consumo hacia la clandestinidad, donde faltan controles de calidad, información fiable y atención sanitaria. La reducción de riesgos no promueve consumir; parte de que el consumo existe e intenta minimizar sus daños. Desde Psiconáutica defendemos esa mirada informada y libre de moralina, recordando siempre que ninguna sustancia es inocua y que la mejor reducción de riesgos pasa por la información honesta, no por la propaganda —ni a favor ni en contra—.