Hedonismo sostenible: del prohibicionismo a la gestión del placer

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En breve: Tomando como punto de partida la analogía de un esquí perseguido como hoy se persiguen las drogas, este texto argumenta que la prohibición no reduce los daños sino que los multiplica en lo sanitario, lo social, lo económico y lo político. Frente a la utopía de un «mundo sin drogas» —imposible y, según el autor, indeseable—, propone un cambio de marco: pasar de la guerra a la sostenibilidad, lo que aquí se llama hedonismo sostenible.

El experimento mental: imaginar el esquí como una droga ilegal

En la primera entrega de esta serie planteábamos un escenario incómodo: ¿qué ocurriría si tratásemos el esquí exactamente como tratamos hoy las sustancias psicoactivas ilegales? Cerrar pistas, perseguir el material, criminalizar al practicante. La pregunta natural que sigue es sencilla pero reveladora: en ese mundo, ¿habría más accidentes de esquí o menos? ¿Más problemas o menos?

El ejercicio, atribuido al divulgador Eduardo Hidalgo en la versión original de este texto, no busca defender que esquiar sea inocuo, sino aislar una variable que solemos confundir con la sustancia: el marco legal. Cuando un comportamiento humano persistente se empuja a la clandestinidad, casi todo lo que lo rodea empeora, y el esquí sirve aquí como espejo precisamente porque nadie lo asocia a un pánico moral.

Qué pasaría con el «esquí ilegal»

Conviene desglosar las consecuencias previsibles de ese escenario, porque son las mismas que reconocemos en el caso de las drogas:

  • Sanitarias: sin pistas reguladas, sin material homologado ni formación accesible, los accidentes no desaparecerían; se volverían más graves y más invisibles.
  • Económicas: un mercado negro de tablas, fijaciones y botas, con la consiguiente pérdida de recaudación y un gasto público volcado en perseguir en lugar de en prevenir.
  • Judiciales y penitenciarias: tribunales y cárceles saturados de personas cuyo único «delito» es deslizarse por la nieve.
  • Geopolíticas: tensiones entre países productores de material y países consumidores, con todo el cortejo de tráfico y violencia asociado.
  • De libertades: recortes en el derecho a la información y a decidir sobre el propio ocio; familias rotas al descubrir que alguien «practica» a escondidas.

Un mundo sin esquí —como un mundo sin drogas— no llegaría nunca, y el intento de imponerlo dejaría más daño que el propio fenómeno.

El esquí, por cierto, es más antiguo que la rueda: llevamos milenios deslizándonos sobre tablas. Ninguna ley borraría esa querencia; solo cambiaría quién la gestiona y a qué precio. Y aquí está la primera conclusión del experimento: aplicar al deporte el trato que damos a las drogas multiplicaría los problemas y reduciría los beneficios en todos los planos de la vida pública y privada.

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Dar la vuelta al espejo

Si trasladar la lógica de las drogas al esquí lo empeora todo, cabe preguntarse lo contrario: ¿qué pasaría si lleváramos al ámbito de las sustancias la forma en que gestionamos el deporte? Regulación, información, formación, reducción de riesgos, asunción de que la actividad existirá igualmente. La hipótesis del texto es que ahí hay un aprendizaje aprovechable. ¿Podemos hacerlo mejor? La respuesta honesta es que casi siempre se puede.

El argumento del consentimiento

El núcleo ético del planteamiento es la autonomía. Introducir una sustancia en el propio cuerpo es, en sí mismo, un acto que afecta —dejando de lado por un momento el entorno— a quien la ingiere. Por eso la comparación que a veces se lanza contra esta postura («también el homicidio o el canibalismo son atávicos y no por ello los aceptamos») no se sostiene: en esos casos hay una víctima que no ha elegido serlo, que no tiene voz ni voto sobre lo que se le hace. El consumo, salvo cuando se administra a un tercero sin su consentimiento, no comparte esa estructura. De ahí que tenga todo el sentido perseguir el daño a otros y muy poco perseguir la decisión sobre uno mismo.

La conducta de introducir una sustancia en el propio organismo afecta, en primer término, a quien la ingiere.

Por qué un «mundo sin drogas» no llegará (ni sería mejor)

La idea de erradicar las drogas choca con un hecho terco: estamos rodeados de ellas. Aunque desapareciera la coca, el cannabis o la heroína, quedarían el alcohol y el tabaco, y, más allá, disolventes, colas, barnices o productos industriales mucho más tóxicos a los que recurrir. De nuevo, peor el remedio que la enfermedad.

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El texto va más lejos y afirma que ese mundo abstemio ni siquiera sería deseable. El Homo sapiens abstinentis no existe: casi todos tomamos algo —café, té, vino, cerveza, psicofármacos, refrescos de cola—, y la búsqueda de modificar la propia conciencia recorre toda la historia y todas las culturas. La incoherencia de fondo es difícil de defender: ¿por qué alcohol y tabaco sí, y MDMA o cannabis no, cuando el criterio no parece estrictamente sanitario? Sobre esa contradicción se construye buena parte de la crítica.

Nos guste o no, vivimos y viviremos siempre en un mundo con drogas.

De la guerra a la sostenibilidad

La propuesta, en consecuencia, es un cambio de marco antes que de detalle: sustituir la metáfora de la guerra por la de la sostenibilidad. Si la evolución no ha logrado eliminar el impulso de alterar la conciencia, difícilmente lo conseguirá una ley. Asumido eso, el objetivo razonable no es la abstinencia universal, sino que quienes consuman puedan hacerlo de la manera menos problemática posible —para sí mismos, para su entorno y para el ecosistema—. A ese horizonte el autor lo llama hedonismo sostenible, o «drogofilia sostenible»: despedir la guerra y empezar a gestionar el placer como gestionamos otros riesgos sociales asumidos.

Lectura crítica

El experimento mental es potente, pero conviene leerlo con la cabeza fría y señalar sus límites:

  • No toda sustancia se comporta igual. La analogía con el esquí ilumina el efecto de la prohibición, pero aplana diferencias farmacológicas reales: el potencial adictivo, la toxicidad y el riesgo de sobredosis varían enormemente entre sustancias. Un marco regulador serio tiene que distinguir, no homogeneizar.
  • «Afecta solo a quien consume» es una simplificación. El consumo se da en un contexto —familiar, laboral, vial— y ciertas situaciones (embarazo, conducción, menores) implican a terceros. El argumento de la autonomía es sólido, pero no clausura el debate sobre los efectos sociales.
  • Regular no es liberalizar sin más. «Sostenibilidad» puede significar cosas muy distintas, de la dispensación controlada a la despenalización del usuario. El texto fija un horizonte, no un modelo concreto, y los modelos concretos tienen costes y resultados que conviene evaluar con datos.
  • Es un texto de opinión, no un estudio. Sus afirmaciones sobre antigüedad del esquí, universalidad del consumo o ineficacia de la prohibición son razonables y están ampliamente documentadas en la literatura sobre políticas de drogas, pero aquí funcionan como argumento retórico, no como evidencia cuantificada.
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Reducción de riesgos

Más allá del debate político, hay un terreno práctico que no depende de que cambie ninguna ley: el de no exponerse a daños evitables. Sin entrar en pautas de consumo, algunas premisas básicas de la cultura de reducción de riesgos son: informarse sobre lo que se va a tomar y sus interacciones, especialmente con medicación o alcohol; no consumir en soledad ni en estados emocionales frágiles; tener presente que la pureza y composición del mercado ilegal son impredecibles, lo que multiplica el riesgo de adulteración; y saber reconocer cuándo una situación requiere atención médica, llamando a los servicios de emergencia sin miedo. La gestión sostenible del placer empieza, justamente, por tomarse en serio el riesgo.

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