
Un rumor que vuelve cada pocos años
Hay bulos sobre drogas que tienen la rara virtud de no morir nunca. Resurgen en el patio del instituto, en algún taller de prevención y, de vez en cuando, dan el salto a un periódico. Uno de los más resistentes sostiene que ciertos cultivadores y traficantes «tratan» la marihuana con LSD —o con setas alucinógenas— para dotarla de efectos psicodélicos extraordinarios. La frase suena rotunda y un poco siniestra, que es exactamente lo que un buen bulo necesita para circular.
El periodista y divulgador Eduardo Hidalgo dedicó a este rumor una de sus piezas de la serie «Cazadores de Mitos», y conviene rescatarla porque el patrón se repite: un medio publica una afirmación alarmante sobre drogas, nadie comprueba los números, y la cifra acaba repetida como dato. Ya había ocurrido con el llamado jenkem, que recorrió cabeceras de medio mundo sin que nadie se molestara en calcular si la química cuadraba (no cuadraba).
El titular que disparó la historia
El caso concreto procede de una noticia publicada en febrero de 2011 con un titular llamativo: el cannabis se estaría «manipulando con alucinógenos para incrementar sus efectos». La fuente citada era un psicólogo de un plan municipal de drogodependencias, que sostenía dos cosas notables: que se «abonaban» las plantas con setas, LSD y otros productos «para conseguir una mayor cantidad de THC», y que se buscaban «niveles del 200% de THC», cuando —según la misma fuente— «un canuto adulterado tiene entre un 50 y un 60%».
El problema no es que estas afirmaciones sean exageradas. Es que son imposibles, y basta un poco de paciencia para verlo.
El error químico. Regar o abonar una planta de cannabis con LSD o psilocibina no hace que produzca más THC. El THC lo sintetiza la propia planta a partir de sus rutas metabólicas; aportar otra molécula por la raíz no la convierte en una fábrica de tetrahidrocannabinol. Es como esperar que regar un tomate con paracetamol nos dé tomates analgésicos.
El error aritmético. Hablar de un «200% de THC» no significa nada: implicaría que por cada gramo de cannabis hubiera dos gramos de THC, algo que no cabe ni en la planta ni en la lógica. Y el «50-60% de THC» atribuido a un porro corriente está igual de lejos de la realidad, como muestran los datos que vienen a continuación.
Cuánto THC tiene de verdad el cannabis
Conviene ordenar las cifras, porque aquí está la clave del asunto. Las referencias clásicas en la materia —los trabajos de Iversen o de Cabrera— situaban tradicionalmente el hachís en torno al 10-20% de THC y la marihuana en rangos bastante más bajos (del 1-3% en preparaciones flojas hasta el 4-8% en la ganja). El aceite de hachís, mucho más concentrado, podía moverse entre el 15% y el 60%.
Los datos institucionales apuntan en la misma dirección. El Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías estimó en 2004 que el cannabis consumido en Europa rondaba el 6-8% de THC, con países como los Países Bajos en cotas más altas. En España, las memorias de la sección de drogas del Instituto Nacional de Toxicología recogían un aumento del THC medio del hachís desde algo más del 5% a comienzos de los noventa hasta cerca del 12% a mediados de la década de 2000, con la marihuana en torno al 7%.
Un análisis del colectivo de reducción de riesgos Energy Control, en colaboración con un instituto de investigación médica, encontró concentraciones medias del orden del 15% en hachís comercial, valores notablemente más altos en material de autocultivo y cifras muy elevadas únicamente en el aceite de hachís (en torno al 57%).
La conclusión es sencilla:
- Un porro corriente, del material que circula por el mercado ilícito, suele moverse, con suerte, en torno al 10-15% de THC.
- El material más cuidado de autocultivo puede alcanzar valores más altos —decenas por ciento en hachís, algo menos en marihuana—, pero sigue muy lejos de cualquier cifra fantástica.
- Las concentraciones del 50-60% solo aparecen en el aceite de hachís, un producto que la inmensa mayoría de consumidores no ha visto en su vida.
Dicho de otro modo: el «porro al 60%» no es un fraude habitual, es una rareza concentrada; y el «porro al 200%» no existe en ningún punto del planeta.
Entonces, ¿por qué se habla de «marihuanas triposas»?
El rumor no nace de la nada: hay una observación real mal interpretada. Es cierto que la potencia media del cannabis ha aumentado en las últimas décadas. Y es cierto que existen variedades que muchos describen como casi psicodélicas, las llamadas «marihuanas triposas».
Pero la explicación no tiene nada que ver con el LSD. Estas plantas son, simplemente, ejemplares con un THC relativamente alto (normalmente por debajo del 20%) y un CBD muy bajo. El CBD y otros cannabinoides modulan la experiencia: una muestra con mucho THC y poco CBD resulta más intensa y desconcertante que esa misma cantidad de THC «amortiguada» por más CBD. Ese contraste con el viejo hachís marroquí —más bajo en THC y más alto en CBD— es lo que hace que ciertas variedades parezcan otra cosa, sobre todo a quien tiene poca tolerancia.
El aumento de potencia se debe al trabajo agronómico de toda la vida: mejores cuidados, mejores sustratos y nutrientes, y un largo proceso de hibridación y selección por parte de los bancos de semillas. Nada de inyectar ácido en el tallo ni de injertar secantes. Esas historias pertenecen al mismo cajón que «colocarse con nuez moscada mal entendida» o las leyendas urbanas de internet sobre sustancias imposibles.
La prueba decisiva: ¿y si fumamos el LSD?
Queda la pregunta de fondo: incluso suponiendo que se lograra meter LSD en una planta, ¿serviría de algo al fumarla? La respuesta tiene que ver con la química del calor.
Hidalgo zanjó la cuestión por la vía empírica: fumar directamente un secante. El resultado, descrito en primera persona, fue prácticamente nulo —apenas un leve cosquilleo perceptivo, ningún efecto comparable al de un porro flojo—. Y tiene sentido: la dietilamida del ácido lisérgico es una molécula térmicamente frágil que se degrada con la combustión. Quemarla equivale, en la práctica, a destruirla.
Por eso, aunque alguien consiguiera incorporar LSD a una planta de marihuana, al prenderla se perdería casi por completo y no aportaría nada apreciable a la experiencia. La conclusión, medio en broma medio en serio, es que por la vía fumada tendría más sentido lo contrario: añadir cannabis a un trip que LSD al cannabis.
Lectura crítica y reducción de riesgos
Más allá de lo anecdótico, este bulo deja un par de lecciones útiles. La primera es metodológica: cuando un medio o un experto suelta una cifra sobre drogas, conviene preguntarse si esa cifra es siquiera posible. Un «200% de THC» se desmonta con aritmética de primaria; no hizo falta laboratorio.
La segunda es de salud pública. La prevención basada en datos falsos o exagerados es contraproducente: cuando un mensaje preventivo se demuestra absurdo, erosiona la credibilidad de toda la información sobre drogas, incluida la que sí importa. Un adolescente que comprueba que lo del «porro con ácido» era mentira tiene menos motivos para creer al mismo emisor cuando avisa de un riesgo real.
Y conviene no perder de vista lo que sí está documentado: la potencia del cannabis ha aumentado, y un THC más alto con poco CBD se asocia a experiencias más intensas y a mayor probabilidad de malestar agudo —ansiedad, taquicardia, episodios de pánico—, especialmente en personas sin tolerancia. Ese es el dato relevante para quien quiera informarse en serio, mucho más que la fantasía de las plantas «abonadas» con alucinógenos.