
Un palo, y luego otro
Antonio Machado escribió aquello de que «caminante no hay camino, se hace camino al andar». Es una imagen bonita, pero conviene recordar que ese camino casi nunca es liso. La vida de cualquiera está sembrada de golpes: un embargo, una traición de quien creíamos amigo, una infidelidad, la muerte de alguien querido, un portazo laboral que duele más de lo que admitiríamos. No hace falta haber vivido mal para coleccionar disgustos; basta con haber vivido.
Lo interesante no es el golpe en sí, sino lo que hacemos con él. Ante una misma situación dos personas responden de forma distinta según su biografía, su educación, sus aprendizajes previos y las consecuencias que anticipan. La psicología lo resume a veces con un esquema sencillo de antecedentes, conducta y consecuencias. Y aquí aparece un problema conocido: cuando estamos enredados en el malestar perdemos justo la frialdad que nos permitiría decidir bien. Pensamos peor precisamente cuando más lo necesitamos.
En ese aprieto, no pocas personas echan mano de algo que aplaque la tormenta. Para unos es el alcohol, para otros los ansiolíticos, para muchos el cannabis. Las encuestas de consumo en España lo sitúan, año tras año, como la sustancia ilegal más extendida y la tercera en general entre los 15 y los 64 años, por detrás del alcohol y del tabaco. No es un consumo marginal: es un hábito social muy normalizado, y eso obliga a mirarlo con más cuidado, no con menos.
Las emociones que buscamos y las que esquivamos
Hay emociones que celebramos sin reparos: la alegría, el orgullo, la euforia de un buen día. Y hay otras que la mayoría aprendemos a esquivar como podemos: la tristeza, el abatimiento, la vergüenza, la ansiedad. No es un capricho. Esas emociones «incómodas» funcionan como una alarma; el malestar que producen está diseñado para empujarnos a cambiar la situación cuanto antes.
El inconveniente es que no siempre se marchan cuando les pedimos que se vayan. La mente humana no solo registra lo que pasa fuera: construye escenarios internos, rumia, anticipa, reabre heridas. En esos «mundos paralelos» uno puede quedarse atrapado durante horas o semanas, dando vueltas a callejones sin salida. Llegados ahí, recurrir a algo que rebaje la intensidad es comprensible, y el cannabis es uno de esos recursos.
Usado así, el cannabis cumple de hecho una función de psicofármaco: ayuda a regular un malestar que se ha vuelto difícil de sostener. No es ningún invento moderno. Nuestros antepasados ya conocían su efecto sobre las mentes atormentadas, en épocas en las que perder a un ser querido por enfermedad, accidente o violencia era mucho más frecuente que hoy. Que la gente busque alivio cuando sufre no es un defecto moral; es lo más humano del mundo.
El alivio que tapa, y el coste de que tape demasiado
Existen incluso contextos institucionales que han explorado este uso. Se ha hablado, por ejemplo, de programas en el ejército israelí para administrar cannabis a soldados tras situaciones de combate con la idea de amortiguar el impacto emocional y reducir el riesgo de estrés postraumático. Tómese como dato de divulgación, no como recomendación clínica: la evidencia sobre cannabis y trauma sigue siendo discutida y nada de esto es trasladable sin más a la vida cotidiana de nadie.
El punto delicado es otro. Poner distancia con una emoción ayuda a no quedar arrasado por ella, y eso, puntualmente, puede ser útil. El problema empieza cuando ese alivio se convierte en la única herramienta de la caja. No es lo mismo fumarse un porro un día concreto, tras un disgusto serio, que hacerlo todas las tardes porque no se sabe gestionar de otra forma lo que la vida va trayendo. Lo segundo no habla tanto del cannabis como de una carencia de recursos, y es esa carencia —no la planta— lo que conviene afrontar.
Que quede claro: esto no es moralina ni el enésimo sermón prohibicionista. Nadie tiene que renunciar a nada por decreto. Pero depender de un solo recurso emocional es frágil, fume uno cannabis o haga ganchillo. Si tu único modo de calmarte es el ganchillo, tarde o temprano aparecerá una situación en la que el ganchillo no sirva, o incluso estorbe. La fortaleza no está en el recurso, sino en tener varios y poder elegir.
Diversificar el afrontamiento: el modelo de regulación emocional
Aquí ayuda mirar cómo describe la psicología la regulación de las emociones. El modelo de procesos de James Gross distingue varios momentos en los que podemos intervenir, y entenderlos sirve para no quedarse siempre en el mismo punto:
- Selección de la situación. Acercarnos o evitar ciertas personas, lugares o planes según el impacto emocional que prevemos. Evitar funciona a corto plazo, pero si al final hay que entrar en esa situación —el trabajo, por ejemplo— hará falta otra cosa.
- Modificación de la situación. Una vez dentro, cambiar algo del entorno para reducir su carga. Y si no se puede cambiar lo externo, al menos plantearse un cambio de estrategia propio.
- Despliegue atencional. Elegir en qué parte de la experiencia ponemos el foco: distraernos, redirigir la atención, no quedarnos clavados en lo que más duele.
- Cambio cognitivo. Revisar el significado que damos a lo ocurrido. Es el terreno de la reevaluación (reappraisal) y de terapias como la reestructuración cognitiva. El significado que elegimos condiciona toda la respuesta posterior.
- Modulación de la respuesta. Actuar sobre la reacción ya desencadenada, por ejemplo inhibiendo o amplificando su expresión.
Las cuatro primeras trabajan sobre los antecedentes; la última, sobre las consecuencias. Y hay un matiz importante: las estrategias de reevaluación tienden a ser más eficaces que la mera supresión de la emoción. Suprimir —tragarse el malestar, taparlo sin más— se ha asociado en distintos estudios a peores resultados a largo plazo. El cannabis, usado como apagador automático, puede acercarse más a esa supresión que a una reelaboración real de lo que pasa.
Aaron Beck, uno de los padres de la terapia cognitiva, lo resumía con una imagen que viene al pelo: «si vas siempre con un martillo en la mano, todo lo que veas te parecerán clavos». Cuantos más recursos de afrontamiento tengamos, mejor leemos cada situación, más opciones de respuesta barajamos y más aprendemos de cada golpe en lugar de limitarnos a anestesiarlo.
Lectura crítica
Conviene leer todo lo anterior con prudencia. Hablar del cannabis como «psicofármaco» es una metáfora útil para entender por qué la gente lo usa, no una validación clínica: no es un tratamiento, no está pautado y sus efectos sobre el ánimo varían enormemente según la persona, la dosis, el contexto y el momento vital. En personas vulnerables, el uso frecuente para tapar malestar puede solaparse con ansiedad, problemas de sueño o cuadros del estado de ánimo y, en algunos casos, agravarlos en lugar de aliviarlos.
Los datos de consumo que se manejan provienen de encuestas poblacionales oficiales y conviene mirarlos como tendencias, no como cifras exactas. Y el dato del uso militar circula sobre todo en prensa: tómese como contexto, no como prueba de eficacia. La idea de fondo es sencilla y no necesita estudios para sostenerse: apoyar toda la regulación emocional en una sola conducta —cualquiera que sea— es un equilibrio precario. Si notas que recurres al cannabis de forma automática siempre que aparece el malestar, el problema a trabajar no es la sustancia, sino la falta de alternativas. Y ahí, hablar con un profesional de salud mental suele ser una herramienta más, no la menos importante.