
Una feniletilamina que actúa sobre una enzima, no sobre los nervios
La selegilina pertenece a la familia química de las feniletilaminas, el mismo armazón molecular del que parten sustancias tan distintas como las anfetaminas, la mescalina o la MDMA. Sin embargo, su mecanismo no tiene mucho que ver con el de un estimulante clásico: en lugar de empujar directamente al sistema nervioso, frena una enzima encargada de reciclar neurotransmisores.
Esa enzima es la monoaminooxidasa, de la que existen dos formas. La MAO-A metaboliza noradrenalina, serotonina y dopamina; la MAO-B se ocupa sobre todo de la dopamina. La selegilina bloquea selectivamente la MAO-B, de modo que la dopamina se degrada más despacio y permanece disponible más tiempo, en particular en las vías nigroestriadas relacionadas con el movimiento.
Por qué no se parece a la cocaína
El efecto que se le atribuye no es la sacudida simpática típica de los estimulantes de acción rápida, que sube de golpe y luego cae con su característico rebote. Quienes la han descrito hablan más bien de una «activación generalizada suave»: una sensación difusa de mayor energía, ánimo y empuje, derivada de un cambio en el equilibrio neuronal más que de una descarga aguda. Esa diferencia de perfil es justamente lo que ha alimentado las promesas más ambiciosas sobre la molécula, conviene recordarlo, casi siempre por encima de lo que la evidencia respalda.
Joseph Knoll y el nacimiento del «deprenyl»
La sustancia se sintetizó en Hungría en los años sesenta. Detrás estaba Joseph Knoll, nacido en 1925 en Kassa —entonces húngara, hoy la eslovaca Košice—. De origen judío, sobrevivió a los campos de Auschwitz, Ohrdruf y Dachau durante la Segunda Guerra Mundial, mientras sus padres eran asesinados en la cámara de gas. Se doctoró en Medicina por la Universidad de Budapest en 1951 y llegó a dirigir el Departamento de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad Semmelweis.
Su interés por la fisiología de la motivación —por qué unos individuos rinden empujados por un impulso interno y otros no— le llevó a buscar una molécula que combinara algo del efecto estimulante de las anfetaminas con la acción energizante de los inhibidores de la monoaminooxidasa. Con el químico Zoltán Ecsery, que ya trabajaba con feniletilaminas en la farmacéutica húngara Chinoin (más tarde integrada en Sanofi), se sintetizaron una treintena de compuestos en 1961. Knoll escogió el bautizado en laboratorio como «E-250», luego conocido como deprenyl. Era una mezcla racémica de dos isómeros —misma fórmula, distinta disposición de los átomos— y de ellos eligió el que pasaría a llamarse selegilina.
La primera publicación apareció en húngaro en 1964 y en inglés al año siguiente. En 1971 Knoll demostró que la molécula inhibe selectivamente la forma B de la enzima.
La cuestión de la tiramina
Ese carácter selectivo es relevante por un motivo de seguridad bien conocido. Los inhibidores no selectivos de la monoaminooxidasa obligan a una dieta estricta: alimentos ricos en el aminoácido tiramina —quesos curados, extractos de levadura y de carne, embutidos, encurtidos, vino o cerveza, entre otros— pueden desencadenar la llamada «reacción tiramínica», con riesgo de crisis hipertensiva, hemorragia cerebral o infarto. La selegilina, al respetar la MAO-A a dosis bajas, reduce ese problema, lo que históricamente se presentó como una de sus grandes ventajas. La selectividad, sin embargo, no es absoluta y depende de la dosis: a cantidades altas pierde su carácter «limpio» y vuelven a aparecer las precauciones de cualquier IMAO.
Neuroprotección y «droga inteligente»: lo que se afirma
A la selegilina se le atribuyen tres tipos de propiedades. Primera, mejorar la disponibilidad de dopamina y frenar su descenso ligado al envejecimiento. Segunda, un posible efecto neuroprotector: al reducir la oxidación derivada del metabolismo de la dopamina —y, con ella, el daño por radicales libres—, se ha propuesto que podría ralentizar ciertos procesos degenerativos. Tercera, un papel como potenciador cognitivo o «droga inteligente», uso por el que algunas personas sanas la han tomado por su cuenta.
El propio Knoll fue un defensor entusiasta: la tomaba de forma habitual y llegó a recomendarla a la población adulta en general. Ese salto —de un fármaco con indicaciones concretas a un suplemento para vivir mejor— es precisamente donde la divulgación honesta debe pisar el freno.
Lectura crítica
Conviene separar lo establecido de lo prometido. Que la selegilina inhibe la MAO-B y eleva la dopamina es química de manual; que esté indicada en la enfermedad de Parkinson y, en ciertas formulaciones, en la depresión es uso clínico reconocido. Pero el relato del «activador suave para todos» procede en buena parte de su propio descubridor, que era a la vez investigador y usuario convencido: un sesgo que pide cautela, no fe.
La idea de un efecto neuroprotector que ralentice el envejecimiento cerebral sigue siendo objeto de debate y los resultados en humanos han sido, en el mejor de los casos, modestos y discutidos. Y el uso «nootrópico» en personas sanas carece de un respaldo sólido que justifique tratar un medicamento como si fuera un complemento inofensivo.
Desde la reducción de riesgos, lo esencial: la selegilina es un fármaco que actúa sobre el sistema monoaminérgico y, por tanto, interacciona. Combinarla con otros serotoninérgicos —antidepresivos, ciertos analgésicos, sustancias como la MDMA u otras feniletilaminas— puede precipitar un síndrome serotoninérgico potencialmente grave, y a dosis altas reaparecen las advertencias dietéticas e hipertensivas propias de los IMAO. No es un detalle menor: es la diferencia entre una herramienta médica supervisada y la automedicación a ciegas. Por eso aquí no encontrarás pautas de dosis ni consejos de adquisición; su uso compete a un profesional sanitario que conozca el historial y la medicación de la persona.