Shulgin (I): la vocación química de un psiconauta

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En breve: Recorremos los primeros años de Alexander Shulgin, el bioquímico que marcó la psicofarmacología del siglo XX: su infancia precoz, el episodio que despertó su interés por la mente y la idea que vertebraría toda su obra, la de las sustancias psiquedélicas como herramientas de autoconocimiento. Una semblanza divulgativa, sin recetas ni apología.

Quién fue, antes de la leyenda

Pocos nombres concentran tanta mitología dentro de la cultura psicoactiva como el de Alexander Shulgin. Tras la muerte de Albert Hofmann en 2008, quedó como el referente vivo de una forma de hacer ciencia que mezclaba laboratorio, introspección y filosofía. Conviene, sin embargo, separar la figura del personaje: detrás del «químico legendario» hubo una trayectoria concreta, con sus aciertos, sus contradicciones y un contexto histórico que explica buena parte de lo que hizo.

Nació el 17 de junio de 1925 en Berkeley (California), hijo de padre ruso y madre estadounidense, ambos docentes de ideas progresistas en una Norteamérica que pronto entraría en la Gran Depresión. Creció en un hogar de clase media donde abundaban los libros y las conversaciones largas con las visitas de sus padres, un caldo de cultivo intelectual que dejaría huella.

Un niño prodigio que prefería no destacar

El joven Sasha —así se le conocía— era pacífico hasta el extremo de retirarse ante cualquier conflicto, sin que le importara parecer cobarde. Su capacidad estaba muy por encima de la de sus compañeros: hablaba ruso y francés además de inglés, tocaba el piano, la viola y el violín, y escribía poesía. Aun así, procuraba pasar desapercibido para no despertar envidias. Apenas tenía amigos de su edad; prefería el trato con adultos, de quienes obtenía estímulo intelectual.

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Su afición a los sótanos era doble: refugio y taller. Con apenas siete años montó allí su primer laboratorio casero y acudía en bicicleta a la droguería —los comercios que entonces vendían toda clase de productos químicos— para hacerse con reactivos básicos. Aquella curiosidad temprana convivió con una adolescencia discreta, en la que rara vez mostró en público de lo que era capaz.

El episodio que lo cambió todo: el placebo

A los dieciséis años aprobó el acceso a Harvard, donde empezó Química con una beca. La experiencia resultó decepcionante: rodeado de hijos de familias influyentes, se sintió ignorado y acabó abandonando para alistarse en la Marina, ya con Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Destinado a un buque en el Atlántico Norte, vio la muerte de cerca sin resultar herido.

Fue allí donde ocurrió lo decisivo. Una infección grave en un pulgar lo llevó al quirófano. Antes de la operación, una enfermera le dio un zumo de naranja; en el fondo del vaso, Shulgin creyó ver cristales sin disolver y se convenció de que le habían añadido un sedante para dormirlo. Decidió beberlo entero y mantenerse alerta… y cayó inconsciente igualmente. Al despertar descubrió que aquellos cristales eran simple azúcar. La sugestión, no la química, lo había noqueado. El poder del placebo le impresionó tanto que, según contó después, ahí mismo resolvió dedicar su vida a la psicofarmacología y al estudio de cómo la mente moldea la experiencia.

La formación de un químico

Licenciado de la Marina en 1946 como veterano, ingresó tras dos intentos en la Universidad de Berkeley. Aún estudiante se casó con su compañera Helen, pese a la oposición de ambas familias; tuvieron un hijo, Theo. En 1954 se doctoró en Bioquímica, amplió estudios en la sede de la Universidad de California en San Francisco y pasó por los laboratorios Bio-Rad antes de incorporarse a Dow Chemical.

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En Dow tuvo que limitarse al trabajo asignado, pero su síntesis del Zectran —presentado como uno de los primeros insecticidas biodegradables— supuso un éxito comercial para la empresa. La recompensa fue inusual: libertad casi total para investigar lo que quisiera. Para un químico, pocas cosas valen más.

La mescalina y una intuición de fondo

Su interés se dirigió pronto a la mescalina, poco atendida en los años cuarenta pese a antecedentes como el tratado de Kurt Beringer (1927) sobre la «psicosis mescalínica». Durante un tiempo se mantuvo en el plano técnico, sin probarla. Tras leer a Aldous Huxley —Las puertas de la percepción y Cielo e infierno—, vivió en abril de 1960 su primera experiencia visionaria. Aquel episodio confirmó la dirección que tomaría su trabajo.

De ahí extrajo una idea que recorrería toda su obra: la sustancia no «produce» las visiones, sino que actúa como catalizador. Es la propia mente la que las genera, igual que construye la realidad cotidiana. La pregunta que se desprende —¿qué hay en nosotros a lo que normalmente no accedemos?— desplazaba la cuestión del terreno estrictamente científico al filosófico. En ese sentido amplio, y solo en ese, cabe llamarlo «alquimista»: alguien que persigue ensanchar los límites del conocimiento de sí mismo.

Su manera de entender las drogas

Para Shulgin, toda sustancia —legal o ilegal— ofrece alguna recompensa, comporta algún riesgo y puede ser objeto de abuso. Distinguía las psiquedélicas por un rasgo concreto: en su lectura, no apartan del propio yo, sino que empujan a afrontarlo. Frente a ellas situaba experiencias como las de opiáceos o cocaína, que asociaba a una evasión pasajera. Su consigna era sencilla y deliberadamente individualista: «infórmate y después decide».

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También planteó una crítica al marco legal: lamentaba que el deseo de conocimiento por estas vías se hubiera convertido en delito, cuando —argumentaba— el impulso de explorar lo que la naturaleza ofrece acompaña al ser humano desde siempre. Es una posición coherente con su biografía, aunque, como toda postura, merece leerse con distancia crítica y no como verdad cerrada.

Lectura crítica

Conviene matizar tres cosas. Primera: el relato de Shulgin sobre las psiquedélicas como herramientas de autoconocimiento es su interpretación, formada en un contexto y con autoexperimentación propia; no equivale a una evidencia clínica generalizable. Segunda: gran parte de lo que sabemos de su vida procede de sus propios escritos y entrevistas, de modo que algunos episodios —como el del placebo— funcionan también como relato fundacional, con la idealización que eso suele implicar. Tercera, y más importante: nada de lo aquí descrito constituye una recomendación de consumo. Estas sustancias presentan riesgos fisiológicos, psicológicos y legales reales, su respuesta varía mucho entre personas y entornos, y pueden estar contraindicadas en numerosos casos. Esta semblanza es divulgación histórica, no una guía. Ante cualquier duda de salud, lo sensato es acudir a fuentes sanitarias y servicios profesionales de reducción de riesgos.

Esta biografía se basa en los textos divulgativos sobre Shulgin del autor J. C. Ruiz Franco. La segunda entrega continuará con la etapa más conocida de su trayectoria.

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