
La medida del prejuicio
Buena parte del pensamiento de Shulgin parte de una constatación incómoda: el ser humano lleva milenios buscando en plantas y hongos formas de calmar el dolor, sostener el esfuerzo o asomarse a su propia mente, y solo en el siglo XX esa búsqueda pasó a perseguirse penalmente. Opio y solanáceas para el dolor, té, coca o cola para la fatiga, peyote, hongos, ayahuasca y cannabis para la introspección: tres familias de usos antiquísimos que convivieron durante siglos sin que llegasen noticias de catástrofes colectivas.
¿Por qué entonces la fijación moderna con prohibir sobre todo la tercera familia? Shulgin apunta a dos resortes. Uno es el paternalismo: el Estado, a cambio de cuidarnos, se atribuye el derecho de decidir qué podemos hacer con nuestra propia conciencia. El otro es lo que él llamaba provincialismo y que en español se entiende mejor como etnocentrismo: medir lo ajeno con la vara de las costumbres propias. El ejemplo clásico es el alcohol, naturalizado en las culturas cristianas y vetado en muchas musulmanas, donde el cannabis tuvo en cambio mejor acomodo. Cada sociedad reparte permisos y condenas según su propia tradición, no según un criterio sanitario neutro.
De aquí saca Shulgin una conclusión que conviene leer con cabeza fría: al criminalizar de forma indiscriminada, se renuncia también a herramientas potencialmente útiles y se cierra la puerta a investigarlas. Es una crítica al prohibicionismo rígido, no una invitación al consumo: lo que reclamaba era conocimiento, no barra libre. Sobre esa convicción levantó su vida de químico que sintetizaba y luego probaba en sí mismo, un método que hoy ningún comité ético aprobaría y que conviene no idealizar.
Mescalina: el patrón de medida
Cuando Shulgin arrancó su carrera en los años cincuenta, los psicodélicos vivían su década dorada en los ambientes intelectuales: Huxley publicaba Las puertas de la percepción, había figuras del cine sometiéndose a terapias con LSD y la molécula de Albert Hofmann empezaba a circular envuelta en promesas terapéuticas. Antes de lanzarse a fabricar variantes, Shulgin quiso conocer de primera mano la sustancia clásica, la mescalina, principio activo del peyote y referencia histórica de toda esta familia.
Esa centralidad tenía una traducción técnica: durante años las demás moléculas se compararon en «unidades de mescalina», una escala de potencia relativa. A Shulgin la cifra le parecía pobre. Servía para ordenar potencias, pero no decía nada de lo que de verdad le interesaba: la cualidad de cada experiencia, su carácter propio. Por eso en PIHKAL se detiene en la mescalina más que en otras sustancias, describiendo cómo cambiaban sus efectos según la cantidad. Reproducir aquí esas cifras tendría poco sentido —no es una guía de uso—, pero sí importa lo que relatan esos pasajes.
En las dosis más bajas describe energía y cierta inquietud, la sensación de rondar algo trascendente sin alcanzarlo; con la música del Réquiem de Mozart de fondo, una experiencia estética intensa y un estado empático que le permitía pensar en problemas grandes —la energía nuclear, el hambre— sin angustia. En las dosis altas el relato se vuelve más alucinatorio: rostros convertidos en caricaturas, coches que parecían perseguirse, colores percibidos con un detalle abrumador y una ternura tan desbordada hacia las cosas pequeñas que no se sentía capaz de arrancar una flor. En otro de esos ensayos los objetos brillaban y su gata se le apareció como una figura danzante que acababa disolviéndose en pura danza sin bailarina. PIHKAL recoge también un ensayo de Ann Shulgin, de tono más estético que filosófico: salir a la calle y encontrar el color y las texturas intensificados, divertida ante la gente haciendo su vida corriente.
Conviene leer estos testimonios como lo que son: notas subjetivas de quien escribía a la vez que investigaba, no descripciones clínicas ni garantías de que «así sienta cualquiera». La misma molécula que a él le regaló empatía puede empujar a otra persona a la confusión o la ansiedad.
El hijo problemático: del laboratorio a la calle
A comienzos de los sesenta Shulgin probó la TMA, que no le convenció, pero un pequeño cambio en su estructura le abrió camino hacia la MMDA, con propiedades que sí le parecieron interesantes. Entre 1963 y 1964, partiendo otra vez de la TMA, sintetizó el DOM, que ensayó en dosis muy pequeñas con su círculo cercano y que valoró por su intensidad.
El problema llegó cuando el DOM salió de su laboratorio. Hacia 1967 apareció en la calle bajo el nombre de STP —«Serenity, Tranquility, Peace»— y, sobre todo, en cantidades varias veces superiores a las que él manejaba. Shulgin analizó muestras de aquella «droga misteriosa» y reconoció su propia molécula; con el tiempo se atribuyó la fabricación callejera al químico Nick Sand. El resultado fue una oleada de ingresos hospitalarios por cuadros delirantes prolongados, incluido algún episodio de autolesión grave bajo sus efectos.
El caso resume un riesgo que sigue vigente hoy: una sustancia activa a cantidades minúsculas se vuelve peligrosa en cuanto se distribuye sin control de dosis ni de pureza. Aquello coincidió con el endurecimiento legal contra LSD y psilocibina y con la retirada de muchos investigadores. No es casual que se hablara del DOM como el «hijo problemático» de Shulgin, igual que la LSD lo había sido de Hofmann. Aun así, Shulgin se reafirmó: no pensaba abandonar el camino.
Químico por cuenta propia
Shulgin pasó una década en Dow Chemical, pero a mediados de los sesenta la relación se agrietó. Seguía patentando, solo que sus hallazgos eran moléculas psicoactivas sin encaje en una empresa de insecticidas y herbicidas. Él mismo describió la evolución de la compañía hacia su trabajo como un descenso del estímulo a la tolerancia, luego a la desaprobación y por fin a la prohibición. Cuando le pidieron que dejara de firmar con su nombre, empezó a poner su dirección particular en los artículos publicados en revistas como Nature o el Journal of Organic Chemistry, dejando entrever que investigaba en casa. A finales de 1966 dio el paso lógico: montar un laboratorio propio y trabajar por su cuenta.
En esos años dedicó tiempo a estudiar medicina para entender mejor cómo actúan las sustancias en el cerebro y colaboró brevemente en un proyecto cuyo objetivo nunca conoció del todo; al intuir que apuntaba a aplicaciones militares, lo dejó. En 1967 asistió a un congreso de etnofarmacología en San Francisco junto a figuras como Andrew Weil, Gordon Wasson y Richard Evans Schultes. Allí, en una pausa, una estudiante le habló del ensayo de unos amigos con cierto derivado de la MDA y de lo emocionalmente intenso que había resultado. Shulgin ya conocía esa molécula poco difundida —la había sintetizado en 1965 sin llegar a probarla—. El lector probablemente intuya de qué sustancia hablamos; será el hilo de la próxima entrega.
Lectura crítica
La biografía de Shulgin se cuenta a menudo en clave heroica, la del «alquimista» solitario que se atrevía a probar lo que creaba. Merece la pena matizar esa épica. Sus autoensayos forman parte de otra época y de una ética de la investigación que hoy resultaría inaceptable: sin controles independientes, con la misma persona como diseñador, sujeto y cronista. Como relato histórico es valiosísimo; como modelo a imitar, no lo es.
El episodio del DOM ofrece la lección más práctica y la más actual. El salto de un compuesto desde un laboratorio cuidadoso hasta el mercado sin trazabilidad —con dosis infladas y sin análisis— es justo lo que convierte una molécula manejable en un problema de salud pública. Hoy esa misma dinámica reaparece con las nuevas sustancias psicoactivas que circulan sin control. Por eso el legado más útil de Shulgin no es ninguna receta, sino su insistencia en que la información reduce daños mucho mejor que la ignorancia forzada por la ley. Las cifras y descripciones que dejó por escrito son documento, no manual: la variabilidad individual, las mezclas, la salud mental previa y la pureza real de cualquier sustancia callejera hacen que extrapolar sus relatos a uno mismo sea, sencillamente, una mala idea.
(Continuará)