Ann Shulgin y la «Mente fría»: cuando el viaje no cesa

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En breve: En el capítulo 38 de PIHKAL, Ann Shulgin describe un lunes en el que los efectos inesperados de una sustancia siguen activos al día siguiente. Repasamos su relato: el miedo, la presencia de una «Mente fría» que todo lo observa, y el papel de Alexander Shulgin y del psicólogo Adam Fisher al ayudarla a dejar de oponerse hasta que el proceso sigue su curso.

Un efecto que se negaba a terminar

Hay relatos psiconáuticos que no buscan deslumbrar con la intensidad de la experiencia, sino mostrar lo que ocurre cuando algo se sale del guion previsto. El capítulo 38 de PIHKAL, firmado por Ann Shulgin, es uno de ellos. Lo que comienza como una sesión más en la vida de los Shulgin —ella bajo los efectos de una sustancia, él tomando notas como hacía siempre— se convierte en la crónica de una reacción que ni Ann ni Alexander esperaban.

La escena que aquí recordamos transcurre el lunes por la mañana. Ann despierta con la luz entrando por el techo y, durante un instante, cree que la jornada anterior ya forma parte del pasado. Al incorporarse comprende, con un sobresalto, que no ha terminado. El efecto sigue ahí. Por primera vez, según escribe, sintió miedo.

La pregunta que nadie quiere hacerse

Lo que vuelve memorable este pasaje no es la sustancia en sí —que el texto ni siquiera nombra con precisión—, sino la pregunta de fondo: ¿y si esto no se va? Ann recuerda haber regresado a la línea base la noche anterior; describe incluso los pequeños espasmos al dormirse como residuo de la bajada. Y, sin embargo, amanece de nuevo en lo que ella sitúa en torno a un «+2», una intensidad media en la escala que los propios Shulgin usaban para describir los efectos.

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Su desconcierto es también químico. Alexander —al que llama Shura— no había notado prácticamente nada con una cantidad similar, mientras que ella, con apenas un poco más, no solo había tenido un efecto claro sino que lo arrastraba al día siguiente. La hipótesis que la asusta no es farmacológica, sino psíquica: «¿es posible que algo se abriera en mi psique y se quedara sin cerrar?».

La «Mente fría»: el contenido del miedo

El núcleo del relato es la aparición de lo que Ann describe como una inteligencia que lo observa todo sin afecto alguno. La llama «Mente fría», «Máquina Pensante», una consciencia presente en todas partes que la ve pero no siente nada hacia ella. La sondea buscando emoción y no encuentra ninguna: solo registro, solo vigilancia.

Su reacción es de rechazo frontal. Frente a la posibilidad de que esa mente sin sentimientos sea la verdad última de lo divino, ella responde con indignación y rabia: se niega a aceptarlo. Es una escena que vale la pena leer sin romantizarla. No se trata de una revelación luminosa, sino de un combate interior con una imagen aterradora, sostenido durante horas y acompañado de un goteo casi continuo de lágrimas que, según cuenta, no siempre respondían a una emoción concreta.

El sostén: no quedarse a solas con el miedo

Lo más instructivo del capítulo, desde una mirada de hoy, es cómo Ann no atraviesa esto en soledad. Antes de marcharse a trabajar, Alexander no minimiza lo que ella siente. Cuando le pregunta qué pasaría si el estado resultara permanente, él no la tranquiliza con falsedades: responde que, de ser así, aprenderían juntos a adaptarse a vivir en ese nivel, igual que ella lo haría por él. Ann lo registra con lucidez: ella había formulado «una pregunta de niño miedoso» y él le contestaba «como si fuera un adulto».

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Ese tono —tomar el miedo en serio sin alimentarlo— reaparece en su llamada telefónica desde el trabajo y, sobre todo, en la conversación con Adam Fisher, el psicólogo al que ambos consideraban una figura sabia, casi de abuelo.

El consejo de Adam Fisher: no interponerse en el proceso

La intervención de Fisher condensa una idea que sigue siendo central en el acompañamiento de experiencias difíciles. Le dice tres cosas. Primero, que no ha descubierto nada sobre el cosmos: aquello a lo que se enfrenta no está «ahí fuera», sino dentro de ella, y conviene tratarlo como un aspecto de sí misma, no como el rostro de Dios. Segundo, que está atravesando un proceso que no necesita comprender ahora mismo; lo único que debe hacer es no interponerse en su camino. Y tercero, le asegura que estará fuera de ello antes del fin de semana.

Ann percibe con cierta admiración la maniobra: Fisher está, en parte, «programando» a su inconsciente para que confíe en una salida. Más allá de la anécdota, ahí hay un principio reconocible: dejar de luchar contra el contenido, aceptar que está pasando algo que pasará, y disponer de una figura disponible «a cualquier hora del día o de la noche». Cuando Alexander regresa a casa por la tarde y ella le resume el día, él resume a su vez la actitud que la sostendrá: suena razonable.

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Lectura crítica

Conviene situar este texto en su contexto. PIHKAL y TIHKAL son obras autobiográficas y literarias, no estudios clínicos; lo que leemos es el relato subjetivo de Ann Shulgin, no un protocolo ni una evidencia farmacológica. Las escalas de intensidad que emplea («+2») son su propio lenguaje doméstico, no una medida estandarizada.

Dicho esto, el episodio ilustra varias cosas que la investigación posterior sobre experiencias adversas ha ido subrayando. Que la respuesta a una misma cantidad puede variar enormemente de una persona a otra. Que los efectos pueden prolongarse o reaparecer de forma inesperada. Y que el factor decisivo para atravesar un mal momento rara vez es heroico: pasa por no estar solo, por contar con alguien sereno y disponible, por no forzar la comprensión inmediata y por confiar en que el estado es transitorio. La angustia de Ann no se disuelve por un argumento brillante, sino por dejar de combatir y por sentirse acompañada.

Como archivo divulgativo, recogemos este pasaje por su valor humano y cultural, no como una invitación a reproducir nada. No describimos sustancias, cantidades ni procedimientos: lo que sí merece quedarse es la actitud ante la crisis. Si alguien se ve en una situación de malestar intenso o de efectos que no remiten, lo prudente es buscar un entorno seguro, compañía de confianza y, ante señales físicas o psíquicas preocupantes, atención sanitaria, sin miedo a pedir ayuda.

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