
Un relato donde no pasa casi nada (y por eso importa)
Buena parte de la literatura sobre estados modificados busca lo espectacular: geometrías, sinestesias, disoluciones del yo. El texto que reseñamos aquí va en dirección contraria. Es la crónica de una tarde de domingo, a mediados de los años ochenta, en la que una persona ingiere una sustancia experimental y descubre que lo perturbador no es ver de más, sino sentir de menos.
El relato pertenece al universo de los Shulgin, la pareja de investigadores estadounidenses que documentó decenas de fenetilaminas en clave autobiográfica. En sus libros, Ann y Alexander Shulgin se presentan bajo los nombres de «Alice» y «Shura». Quien narra aquí es Alice; la sustancia es la DESOXY (3,5-dimetoxi-4-metilfenetilamina).
Qué cuenta el testimonio
La escena arranca con algo muy poco glamuroso: la narradora intenta ordenar una pila de ropa y objetos acumulados que detesta, lidiando con esa mezcla de pereza y autorreproche tan reconocible. Desde su despacho, Shura le propone colaborar como voluntaria en una prueba. Él ya ha tomado una cantidad de DESOXY sin notar nada y quiere comprobar qué ocurre un escalón más arriba. Su pronóstico es tajante: lo más probable es que no haya efecto alguno; como mucho, un umbral.
Ese pronóstico se apoya en una idea técnica que el propio relato explica: la curva dosis-respuesta. Para muchas fenetilaminas de este tipo, dicen los Shulgin, la pendiente es poco pronunciada; si una cantidad no produce nada, doblarla rara vez cambia el cuadro. La narradora, además, señala una buena práctica de la autoexperimentación temprana: no se suelen dar saltos grandes de dosis en compuestos nuevos.
La realidad desmiente la teoría. A los cuarenta minutos, Alice nota que «algo ha cambiado», aunque no sabe definirlo. No hay carga corporal clara, no hay ondulaciones en las paredes ni movimiento en las cortinas —los marcadores que ella y Shura buscan habitualmente—. Lo que aparece es otra cosa: el monte que se ve por la ventana adquiere un aspecto inquietante, y sobre todo se instala una falta de emoción.
El centro de la experiencia: la emoción apagada
El núcleo del texto es esa desconexión afectiva. Alice sale al jardín por sugerencia de Shura y describe un estado en el que no hay miedo, ni euforia, ni tristeza: solo una leve irritabilidad y la constatación de que el paisaje «existe muy intensamente, pero no en relación conmigo». Todo le parece frío, transparente y distante.
De ahí surge la reflexión más interesante del relato, formulada por la propia narradora: ¿y si esa frialdad no es un defecto de la sustancia, sino una manera de ver la naturaleza «tal como es», despojada de la proyección emocional que los humanos volcamos sobre ríos, árboles y montañas? Es una hipótesis especulativa —no una verdad farmacológica—, pero captura bien la textura del estado: la mente sigue funcionando, observa, razona, y sin embargo el vínculo emocional con lo observado queda en suspenso.
Hay un detalle revelador. En algún momento Alice piensa «maldita droga» y se da cuenta de que esa expresión implica, paradójicamente, un sentimiento: en algún lugar hay enfado, aunque ella no pueda «conectar» con él. Sabe que está ahí, sabe que podrá experimentarlo al día siguiente, pero en ese presente solo lo reconoce de forma abstracta. Es una descripción notablemente fina de lo que clínicamente se acerca a un embotamiento afectivo o a fenómenos de despersonalización.
El cierre: malestar, no maravilla
La velada termina con sopa de tomate, pan y una conclusión sobria por parte de ambos: «un experimento sorprendente», sí, pero no placentero. El efecto remite hacia la noche, dejando un poso de planicie emocional. Ya en la cama aparecen pequeñas incomodidades neurológicas —una sacudida brusca al adormecerse, un acúfeno agudo que la narradora reconoce como recurrente— que ella anota como señal de que el «cableado» del cuerpo es sensible a la sustancia. No hay epifanía, no hay recomendación entusiasta: hay observación.
Lectura crítica y reducción de riesgos
Conviene leer este texto por lo que es: un testimonio literario y autobiográfico, escrito por sus protagonistas, no un estudio. Algunas cautelas:
- No es una guía. Las cantidades y procedimientos que aparecen pertenecen a un contexto de autoexperimentación de hace décadas, sin los controles de la investigación actual. No los reproduzcas; aquí no encontrarás indicaciones de obtención, preparación ni consumo.
- «No noté nada» no equivale a «es inocuo». El propio relato muestra que un compuesto puede parecer inactivo a una dosis y producir efectos marcados poco más arriba, con sensibilidad individual difícil de predecir. La curva dosis-respuesta es una herramienta conceptual, no una garantía.
- El aplanamiento emocional es un efecto, no una anécdota. La anestesia afectiva y la desconexión pueden vivirse como neutras o incluso interesantes durante el episodio, pero son cuadros que en otros contextos (fármacos, trastornos disociativos) se consideran clínicamente relevantes. Romantizarlos no ayuda.
- Contexto y acompañamiento importan. Lo que hace «manejable» el episodio en el relato no es la sustancia, sino el entorno seguro y la presencia de una persona de confianza atenta a la evolución física y mental.
- Las sustancias de investigación cargan con incertidumbre legal y sanitaria. La escasez de datos toxicológicos sobre muchas fenetilaminas poco estudiadas es, en sí misma, un riesgo a tener en cuenta.
Sobre las fuentes: el material procede del corpus autobiográfico de los Shulgin. Para quien quiera acudir al origen, existen recursos divulgativos asociados a su obra en español (el proyecto editorial conocido como «Libros de Shulgin» y el sitio shulgin.es). Citamos esas referencias por su nombre, sin avalar afirmaciones concretas: el valor del texto es testimonial, y como tal debe contrastarse.