¿Drogarse es natural? Lo que nos enseña el reino animal

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En breve: De la hormiga esclavista a los elefantes africanos, buscar la intoxicación parece una conducta extendida por todo el reino animal. Autores como Samorini, Ott y Siegel sostienen que en el ser humano es igual de natural y la vinculan con un posible «cuarto impulso» ligado a la exploración. Repasamos la idea y, sobre todo, sus límites.

Una hormiga que cría a sus camellos

La Formica sanguinea es un insecto rojizo de apenas un centímetro que puebla buena parte de Eurasia y que se ha ganado fama de matona. Tiende a desplazar al resto de hormigas de su entorno hasta convertirse en la especie dominante, y para lograrlo asalta hormigueros vecinos, saquea sus larvas y sus huevos y, cuando estas crecen, las pone a trabajar como esclavas. De ahí sus otros nombres: Raptiformica u «hormiga esclavista».

Lo curioso llega con sus invitados. La sanguinea acoge en su nido a escarabajos del género Lomechusa y los cuida con esmero, larvas incluidas. ¿El motivo? Estos coleópteros segregan una sustancia que las hormigas lamen con avidez. Tras consumirla, según han descrito los mirmecólogos, los insectos pierden la orientación, vacilan sobre sus patas y se tambalean. Dicho en plata: la colonia mantiene a sus proveedores a cambio de un suministro estable. Por eso a la Formica sanguinea hay quien la apoda, medio en broma, «la hormiga drogata».

De cinco especies a «todas»

La hormiga no es ninguna excepción. Monos, cabras, vacas, pájaros, mangostas, renos, felinos y un largo etcétera han sido observados buscando plantas, frutos fermentados u hongos que alteran su estado. El etnobotánico italiano Giorgio Samorini lo resume con una progresión llamativa: hace dos siglos se citaban apenas cinco especies «drogadictas»; en los años setenta se aceptaban cuarenta; en los noventa, trescientas; hoy se documentan cientos y, en su opinión, la tendencia apunta a entender la conducta como general en el reino animal. «Es la regla y no la desviación», sostiene.

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El punto importante de su tesis es que, en muchos casos, no se trata de accidentes. Samorini subraya que hay indicios de consumo intencional: el animal repite la conducta aunque comporte riesgo. En el elefante africano, incluso, parece transmitirse de unas generaciones a otras: las crías introducen la trompa en la boca de la madre para probar lo que come, y así aprenden también qué frutos fermentados les producen embriaguez.

El humano: la misma conducta, otras herramientas

Hay, eso sí, una diferencia práctica. La mayoría de los animales solo pueden intoxicarse cuando la naturaleza florece y fructifica, de modo que sus «fiestas» quedan atadas al calendario estacional. El Homo sapiens, en cambio, ha aprendido a saltarse esa limitación: cultiva, fermenta, destila y manipula la química de las plantas y de moléculas creadas por él mismo para disponer de sustancias cuando quiere.

Pero, por sofisticada que sea la técnica, la conducta de fondo —buscar alterar la propia consciencia— es en el ser humano tan «natural» como en una hormiga o un elefante. El químico y etnobotánico Jonathan Ott lleva la idea al terreno del lenguaje: si la ebriedad es un fenómeno neuroquímico presente en tantísimas especies, hablar de «paraísos artificiales» para referirse a las drogas resulta paradójico. Para Ott, los verdaderos artificios serían más bien la poesía o la filosofía —obra exclusiva de la mano humana—, mientras que la atracción por las sustancias psicoactivas sería, en su terminología, un «paraíso natural».

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El «cuarto impulso» de Siegel

La idea no procede solo de la etnobotánica. Desde la psicofarmacología, Ronald K. Siegel, que dedicó buena parte de su carrera a estudiar los efectos sociales y psicológicos del consumo, defendió que «en cierto sentido, la búsqueda de sustancias intoxicantes es la norma más que la aberración». Siegel llegó a conceptualizar esa búsqueda como un cuarto impulso: un comportamiento adquirido —como los apegos sociales o el deseo de poder— que, sin ser innato como el hambre, la sed o la pulsión sexual, operaría con una fuerza comparable.

De ahí su conclusión más comentada: que ni la evolución ni las leyes prohibicionistas han logrado erradicar la conducta en ninguna época ni cultura. Lo que el motor último perseguiría, según Siegel, no sería un efecto concreto (relajarse, estimularse), sino algo más básico: «sentirse diferente». Las plantas y sustancias serían, en su lectura, simples herramientas para satisfacer deseos —placer, evasión, búsqueda de sentido— que ya guían buena parte del comportamiento humano con o sin drogas.

Tanto Siegel como Samorini deducen de esa universalidad que la conducta debe de tener algún valor adaptativo, aunque nadie haya logrado precisarlo. La hipótesis que manejan: drogarse sería una expresión más de la exploración y la búsqueda de sensaciones, comportamientos arriesgados pero con potencial evolutivo, porque —vienen a decir— las grandes recompensas suelen reservarse a quien se atreve a salir del camino trazado.

Lectura crítica

La tesis es sugerente y tiene la virtud de desmontar la idea de que el consumo sea una rareza moral o una invención de la modernidad. Conviene, sin embargo, tomarla con prudencia y no convertirla en coartada:

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«Natural» no significa «inocuo» ni «recomendable». Que una conducta esté extendida en la naturaleza no la vuelve segura ni deseable. La agresión, el parasitismo o la depredación también son naturalísimos. Apelar a lo «natural» para validar el consumo es una falacia clásica.

Antropomorfismo y selección de anécdotas. Buena parte de las observaciones sobre animales «drogándose» son episódicas y se interpretan con categorías humanas. Atribuir intención, placer o «afición» a un insecto o a un rumiante exige cautela: correlación no es prueba de motivación, y los casos llamativos tienden a difundirse más que los matices.

El valor evolutivo es, por ahora, una hipótesis. La idea del «cuarto impulso» y del beneficio adaptativo de la intoxicación es estimulante, pero no está demostrada. Existen explicaciones alternativas —desde la coincidencia con la dieta hasta el «secuestro» accidental de circuitos de recompensa— que no requieren postular ninguna ventaja.

Riesgo real en el ser humano. Precisamente porque la técnica humana rompe los límites estacionales, también multiplica la disponibilidad, la potencia y el daño potencial: dependencia, interacciones, contextos inseguros. Reconocer que el impulso es antiguo no resta importancia a la reducción de riesgos, sino que la hace más necesaria. Este texto es divulgativo: ante cualquier consumo, la información rigurosa, el contexto y, si hace falta, el acompañamiento profesional siguen siendo lo decisivo.

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