Celtas Cortos: música celta, rock y cultura del cannabis

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En breve: Recuperamos del archivo una conversación con Celtas Cortos a propósito de 40 de Abril, su decimosexto disco y un regreso a sus raíces celta-rockeras. La banda vallisoletana habló de su forma de componer, de su espíritu combativo y de una relación con el cannabis que definieron como «de amor y respeto». Aquí la releemos con perspectiva, separando la anécdota cultural del mensaje romántico sobre las sustancias.

Una banda que canta a la vida (y también a sus excesos)

Pocos grupos del rock estatal arrastran una historia tan reconocible como la de Celtas Cortos. Surgidos en el Valladolid de finales de los ochenta, han sabido sostener durante décadas una mezcla muy suya de gaitas, violines y guitarras eléctricas, sin renunciar a una vena social que les valió un público fiel. En el archivo de Psiconáutica conservamos una entrevista realizada con motivo de 40 de Abril, su decimosexto trabajo, en la que la banda liderada por Jesús «Cifu» Cifuentes reflexionaba sobre su música y, de pasada, sobre su trato con las sustancias psicoactivas. Volvemos sobre ella no como nostalgia, sino para mirar con cierta distancia crítica cómo la cultura popular ha narrado el cannabis y el alcohol.

El regreso de 40 de Abril: cerrar un círculo

Casi veinte años después de Salida de Emergencia (1989), aquel debut instrumental, Celtas Cortos publicaba un disco de doce temas nuevos con el que decían retomar «la esencia original» del grupo. El título, contaban entonces, nació medio en broma a partir de una canción sobre una ruptura: una forma de reírse de sí mismos y de su propia trayectoria. Para ellos, el disco simbolizaba sobre todo una promesa cumplida —la reincorporación plena de Cifu— y un estado de forma cómodo, con ganas de «seguir dando guerra».

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Esa reincorporación la describían con naturalidad: un grupo «atípico» donde quien necesita «salir a tomar aire fresco» lo hace y vuelve, porque Cifu pudo estar fuera de la banda pero nunca fuera de sus vidas. La continuidad personal, más que la disciplina, era para ellos la receta para mantenerse frescos: ilusión y la energía que devuelve el público en directo.

Instrumentales: el corazón menos comercial del grupo

En aquel disco incluían tres piezas enteramente instrumentales —«Beni’s reel», «Pollo al Q-rell» y «31 Sardinas»—, el tipo de tema que, según contaban, más trabajo da en el local de ensayo y más satisfacción aporta. No descartaban un álbum íntegramente instrumental, como ya habían ensayado con «El alquimista loco», aunque no lo veían viable a corto plazo. Confiaban, eso sí, en que parte de su público lo recibiría bien. Era una manera de recordar que, bajo la etiqueta festiva, hay un grupo con oficio y querencia por la música de raíz.

Letras, espíritu combativo y la cuestión de las drogas

Preguntados por un supuesto giro hacia letras más íntimas —sentimientos, recuerdos, amor— frente a sus temas reivindicativos, lo matizaban: esos asuntos siempre estuvieron presentes, y en aquel disco convivían con tres canciones de «mala leche subyacente». El compromiso social, decían, no iba a cambiar a esas alturas, y seguía expresándose también fuera de las canciones, colaborando con causas y organizaciones.

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El punto que más nos interesa releer hoy es el de las sustancias. La entrevista incluía una canción dedicada al vino y una pregunta directa sobre la hipocresía de la industria musical con las drogas. Su respuesta fue clara: «existe hipocresía, pero en todos los ámbitos, no solo en la música». Recordaban además que en sus directos había guiños explícitos al cannabis —en «Cuéntame un cuento», por ejemplo, jugaban con la imagen de fumar hierba en la playa— y que su relación con la planta era «de amor y respeto». En el cuestionario rápido, al pedirles «un vicio confesable», respondían sin rodeos: el vino.

Cinco adjetivos y un brindis talismán

El retrato que la propia banda hacía de su música encaja con su mitología: «rebelde, alegre, solidaria, amorosa y sincera». Citaban como discos marcadores Fisherman’s Blues de The Waterboys y Clandestino de Manu Chao; como momento favorito, la hora del concierto; y como manía, no salir al escenario sin su «brindis talismán» con grito de guerra. Detalles pequeños que explican por qué, más allá de la música, el grupo proyecta una idea de comunidad y celebración.

Lectura crítica

Estas declaraciones son un documento de su época y de un tono cultural que conviene leer con cuidado. Hablar del cannabis como «nuestra planta favorita» o del vino como «vicio confesable» forma parte de un imaginario festivo que normaliza el consumo y tiende a borrar sus riesgos. No es un reproche a la banda —no estaban dando consejos de salud—, sino un recordatorio para quien lee: el romanticismo en torno a las sustancias suele callar lo que cuesta verbalizar.

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Desde una óptica de reducción de riesgos conviene recordar algunas cosas que las canciones rara vez dicen. El alcohol es, con diferencia, la sustancia psicoactiva legal con mayor impacto sanitario en España, y su normalización cultural no lo hace inocuo. En el caso del cannabis, el consumo frecuente o iniciado en la adolescencia se asocia a mayor vulnerabilidad psicológica, y su efecto varía mucho según la persona, el contexto y la potencia del producto. Disfrutar de una canción que evoca una tarde en la playa es legítimo; tomarla como guía de consumo, no. La cultura psicoactiva merece celebrarse, pero también pensarse.

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