Cannabis y emociones: aprender a leer las propias respuestas

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En breve: Repasamos cómo se forma una emoción y en qué puntos del proceso el cannabis podría actuar: amortiguando la respuesta fisiológica al estrés, modulando la huella corporal de los recuerdos y abriendo un espacio para la autoobservación. Son hipótesis con respaldo desigual; lo subrayamos junto a sus límites y riesgos.

De qué hablamos cuando hablamos de emociones

El cannabis es una sustancia psicoactiva: altera procesos cerebrales y, con ellos, la experiencia mental. Si el cerebro es el soporte físico, la mente sería aquello que se ejecuta sobre él, con la autoconciencia —la capacidad de reflexionar sobre uno mismo— como su expresión más sofisticada. Es justo ahí, en el cruce entre cuerpo, emoción y conciencia, donde resulta interesante preguntarse qué papel puede jugar esta planta.

Las emociones cumplen una función básica: movilizar recursos del organismo hacia un fin. Son herramientas de supervivencia y de regulación social, impresas en nuestra biología; mientras estemos vivos, reaccionaremos al entorno, sea externo (alguien que nos insulta) o interno (el temor a perder el empleo).

Suele hablarse de seis emociones básicas: miedo, asco, alegría, tristeza, sorpresa e ira. Cada una tiene su lógica. El miedo prepara la huida o la sumisión ante el peligro inmediato (distinto de la ansiedad, que anticipa amenazas más difusas). El asco aparta de lo nocivo, ya sea un olor podrido o una idea que choca con nuestros valores. La alegría cohesiona el grupo y teje vínculos. La tristeza, tan a menudo malinterpretada, repliega al organismo para reorganizar la atención hacia dentro y adaptarse a un cambio importante. La sorpresa orienta los sentidos hacia lo nuevo y dura un instante. La ira moviliza para el ataque cuando se cruza un límite. Sobre estas básicas se construyen otras más complejas —culpa, vergüenza, orgullo— amasadas con normas sociales y biografía personal.

Cómo se cocina una emoción: los filtros

Entender el recorrido de una emoción ayuda a localizar en qué punto podría intervenir el cannabis. Conviene imaginar dos filtros sucesivos.

El primer filtro tiene dos componentes. La evaluación es inconsciente y automática: el cerebro analiza la información antes de que llegue a la conciencia, según su novedad y su tono positivo o negativo (de ahí esa sensación de empezar a sentirnos «raros» en una conversación sin saber por qué). La valoración, en cambio, es consciente y voluntaria: depende del significado que la situación tiene para nosotros y de lo que creemos que debemos hacer al respecto.

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El segundo filtro lo forman el aprendizaje —nuestro historial de conductas y posibilidades— y la cultura, que dicta qué respuestas son deseables. Casi todo esto ocurre en milésimas de segundo y fuera de nuestro control. Solo cuando la emoción asoma a la conciencia aparece el sentimiento: la parte del proceso que sí podemos percibir.

El cuerpo lleva la cuenta: los marcadores somáticos

El neurólogo Antonio Damasio popularizó la idea de que las emociones dejan una huella corporal —el «marcador somático»—: ese nudo en el estómago, el pulso acelerado, la tensión en el cuello. Cuando vivimos algo, le ponemos una etiqueta verbal («me gusta», «esto duele») y esa etiqueta queda asociada a las sensaciones físicas que la acompañaron. Después basta con revivir la situación, aunque sea solo en la cabeza, para que el cuerpo reactive aquellas respuestas.

Pensemos en quien entra en un trabajo hostil y competitivo. Empieza a percibir el ambiente como una amenaza y su cuerpo responde con palpitaciones y tensión. El significado («peligro», «daño») y el significante corporal (la taquicardia) quedan soldados, de modo que la respuesta física puede dispararse incluso de noche, en la cama, sin nadie delante.

Dónde podría encajar el cannabis

Al modificar la entrada de estímulos, su procesamiento y su expresión, el cannabis puede alterar el proceso emocional en varios puntos. Hacia dónde lo empuja es imposible de predecir: depende de la persona, de su estado previo y de su manera de manejar las emociones. Con esa cautela por delante, se han propuesto varias vías:

Por un lado, podría reducir la activación fisiológica al influir sobre el cortisol, la hormona del estrés, cuya producción elevada o prolongada genera desgaste. Por otro, parece facilitar experimentar mentalmente situaciones conflictivas sin que se dispare con la misma fuerza la cadena de respuestas corporales asociadas, lo que abriría un margen para observar el problema en lugar de ser arrastrado por él.

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Hay también una hipótesis sobre la memoria. En situaciones de estrés, el cortisol entorpece al hipocampo —encargado del recuerdo episódico y «frío»— y refuerza a la amígdala, que graba la experiencia por sus claves emocionales. Una menor liberación de cortisol podría, en teoría, atenuar esa grabación emocional y favorecer un recuerdo más narrativo y menos cargado de respuesta corporal. En esa línea se enmarcan los ensayos del ejército israelí con cannabinoides en el trastorno de estrés postraumático, orientados a dificultar la fijación de recuerdos dolorosos y a permitir reexperimentarlos con menor reacción asociada.

Conviene leer todo esto en condicional: son mecanismos plausibles y líneas de investigación abiertas, no conclusiones cerradas. El cannabis también puede producir el efecto contrario —ansiedad, paranoia, embotamiento— y su impacto sobre la memoria no siempre es deseable.

La trampa de la evitación y la automedicación

Aquí aparece un concepto clave de la psicología clínica: la evitación de la exposición. Ante el malestar, muchas personas lo esquivan por todos los medios. El ejecutivo que se queda trabajando hasta tarde para no volver a casa evita el malestar y, encima, obtiene recompensas (ascensos, sueldo). La conducta se repite, pero el problema no se resuelve: la emoción negativa sigue ahí, condicionando la vida.

La hipótesis de la automedicación describe algo parecido con las sustancias: consumir alivia el malestar, ese alivio refuerza el consumo y se cierra un círculo de malestar–consumo–alivio que puede consolidarse como dependencia. La diferencia entre un uso que sirve para algo y uno que solo perpetúa el bucle está en la transferencia: si lo aprendido bajo el efecto de la sustancia no se traslada a los momentos en que no se ha consumido, no hay desarrollo personal, solo necesidad. Por eso cada persona debería preguntarse, antes y no después, si el consumo la beneficia en ese momento concreto.

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Metacognición: volver la mirada hacia dentro

El uso que aquí se plantea no busca anular la emoción —algo imposible salvo en cuadros psicopáticos—, sino identificar el sentimiento, entender su significado y actuar con conciencia, manteniendo un nivel de activación manejable que deje espacio para pensar en lugar de reaccionar. El simple hecho de dirigir la atención sobre uno mismo —la metacognición— ya modifica el fenómeno mental y es el primer paso del autoconocimiento. Ocurre por niveles: «pienso que pienso», «pienso que tú piensas», «pienso que tú piensas que yo pienso». Cualquier herramienta que favorezca ese giro reflexivo, con o sin sustancias, apunta en la misma dirección.

Lectura crítica

Buena parte de lo expuesto procede de marcos psicológicos sólidos (la teoría de los marcadores somáticos de Damasio, los modelos de procesamiento emocional, la inteligencia emocional divulgada por Goleman) y de hipótesis razonables sobre el cortisol y la memoria. Pero el salto de «este mecanismo existe» a «el cannabis lo aprovecha en mi beneficio» no está demostrado y depende enormemente del individuo, la situación y el contexto.

Algunos avisos honestos: el cannabis puede amplificar la ansiedad o la rumiación tanto como reducirlas; su efecto sobre la memoria también deteriora la consolidación de aprendizajes neutros; y el consumo regular para gestionar emociones es precisamente la puerta de entrada al patrón de dependencia descrito más arriba. En personas con antecedentes psicóticos o en plena adolescencia los riesgos son mayores. Este texto no propone el cannabis como tratamiento ni sustituye el acompañamiento psicológico o médico: cuando hay trauma, ansiedad sostenida o malestar que desborda, la intervención profesional es el camino. La psiconáutica útil empieza por la pregunta incómoda, no por la sustancia.

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