Cannabis: ¿evitar el malestar o aprender a afrontarlo?

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En breve: El cannabis puede rebajar la activación emocional —se le atribuyen efectos sobre la amígdala y el cortisol— y funcionar de facto como un ansiolítico. El problema no es ese alivio puntual, sino convertirlo en la única vía para esquivar lo que duele: así nunca llega la exposición que enseña a manejar el malestar. Esta es una lectura psicológica, no una recomendación de consumo.

Por qué consumimos: una pregunta sin respuesta única

Si preguntáramos a cien personas que consumen cannabis por qué lo hacen, obtendríamos cien respuestas distintas. La motivación es siempre biográfica: depende de la historia de cada cual, de lo que busca y de lo que intenta no sentir. Por eso conviene desconfiar de las explicaciones globales, tanto de las que demonizan la sustancia como de las que la presentan como remedio universal.

Aun así, hay una clave psicológica que permite ordenar buena parte de esos usos sin caer en juicios morales: la tensión entre evitar una experiencia desagradable y exponerse a ella. Es el eje sobre el que gira este texto.

Evitación y exposición: dos extremos de una misma línea

En psicología, los comportamientos pueden situarse en un continuo según nos acerquen o nos alejen de aquello que nos incomoda. Evitar, en su sentido conductual, es apartarse de un daño, peligro o molestia para impedir que ocurra; exponer(se) es lo contrario: permanecer en la situación y dejar que sus consecuencias actúen sobre nosotros.

Evitar no es malo en sí mismo. Cambiar de acera al ver a un perro que gruñe es una respuesta adaptativa de supervivencia. El problema aparece cuando la evitación se generaliza: si después de aquel susto la persona no puede ver a ningún perro sin revivir la misma descarga de alarma, el cuerpo está respondiendo a un peligro que ya no está ahí. La reacción —útil en su origen— se ha vuelto desproporcionada.

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Y aquí está el núcleo del asunto: numerosas aproximaciones clínicas coinciden en que, para desactivar ese aprendizaje, hace falta exponerse de forma gradual y segura a lo que se teme. Huir de todos los perros mantiene el miedo intacto; reencontrarse con perros inofensivos es lo que permite reescribir la experiencia. El mismo principio se traslada a conflictos mucho más complejos: un problema familiar, una crisis laboral, una pérdida. El malestar termina pegándose no solo a personas o lugares, sino a ideas y expectativas, y como pensamos sin parar, ese malestar acaba acompañándonos a todas horas.

El cannabis como filtro: el efecto ansiolítico

Se ha descrito que el cannabis puede reducir la activación emocional asociada a la amígdala, la estructura cerebral implicada en codificar las respuestas de miedo y alarma. Traducido a la experiencia cotidiana: la sustancia podría intercalarse como una especie de filtro entre el suceso que incomoda y la reacción fisiológica que dispara, suavizando la respuesta. En la práctica, su uso se parecería bastante al de un fármaco ansiolítico.

En situaciones puntuales que amenazan con desbordar a una persona, ese efecto amortiguador puede ser de ayuda. Pero «de ayuda» no equivale a «suficiente». Si el alivio se convierte en la única jugada, se evita la emoción desagradable sin que la persona desarrolle recursos propios para manejarla. Y ese es justo el aprendizaje que la exposición gradual permitiría.

El refuerzo: por qué el alivio se repite

El mecanismo es sencillo y muy humano: aparece el malestar, se consume, llega el alivio. Ese alivio actúa como refuerzo, de modo que la próxima vez que vuelva la incomodidad, la conducta se repetirá con más facilidad. No es debilidad ni vicio: es aprendizaje básico.

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Conviene subrayarlo para no caer en simplezas. En este esquema, culpar «a la droga» de todos los males es tan inexacto como culpar a la persona. De hecho, el cannabis podría sustituirse por un ansiolítico o un antidepresivo recetado y el patrón de refuerzo sería análogo. La pregunta interesante no es qué sustancia se usa, sino para qué y con qué consecuencias a medio plazo: si el consumo se sostiene y crece sin que se construyan herramientas de afrontamiento, es esperable que las dificultades para encarar la situación aumenten.

Cortisol, memoria y bucle del estrés

Al cannabis se le han atribuido también efectos sobre el cortisol, la hormona que se libera en el estrés intenso y cuya elevación crónica resulta dañina. El cortisol, además, refuerza la fijación en la memoria de los componentes emocionales de una experiencia: contribuye a soldar pensamientos e ideas con la activación corporal desagradable. Reducir su actividad podría, en teoría, debilitar esa asociación y frenar las rumiaciones que la realimentan.

Es una hipótesis fisiológica atractiva, pero conviene tomarla con cautela: la mayoría de estos efectos se han estudiado en contextos parciales, muchas veces con análogos sintéticos y no con la planta, y rara vez al margen de las cargas legales y sociales que condicionan la propia investigación.

El punto medio: usar el alivio para poder exponerse

Llevado al terreno práctico, lo razonable no parece «todo o nada». En una fase inicial muy difícil, un cierto alivio puede facilitar que la persona se acerque a lo que evita. Pero a medida que comprende la situación y gana recursos, lo coherente es reducir el apoyo externo para ir entrando en contacto, poco a poco, con las sensaciones incómodas y aprender a funcionar a pesar de ellas.

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Hay aquí una idea de fondo que va más allá del cannabis: la vida no está exenta de dolor, y esperar a «estar bien» para actuar suele ser una trampa. A menudo el orden se invierte —actuar pese al malestar es lo que, con el tiempo, devuelve el bienestar—. Las terapias contextuales, como la de aceptación y compromiso (Wilson y Luciano Soriano), trabajan precisamente sobre esa distinción entre evitar el sufrimiento y avanzar hacia lo que importa con él a cuestas.

Lectura crítica y reducción de riesgos

Algunas advertencias para leer todo lo anterior con cabeza:

El cerebro no es un interruptor. El cannabis actúa en múltiples sistemas a la vez y su efecto depende de la persona, la dosis, el contexto y la historia previa. Las conclusiones tajantes —en cualquier dirección— suelen ser sospechosas.

Ansiolítico no es inocuo. Usar una sustancia para apagar emociones puede consolidar la evitación, justo lo contrario de lo que el problema necesita. En personas con ansiedad, lejos de calmar, en ocasiones intensifica la activación o desencadena episodios de malestar agudo.

Si el malestar es persistente, no lo gestiones en solitario. Cuadros de ansiedad, depresión o estrés postraumático tienen abordajes con respaldo profesional. Sostener el consumo como único recurso suele aplazar la ayuda, no sustituirla.

Este artículo es divulgación psicológica: describe mecanismos y debates, no ofrece pautas de consumo ni anima a iniciarlo.

Referencias citadas por el texto original, sin enlazar: Diccionario de la Real Academia Española (acepciones de «evitar» y «exponer»); Lorenzo y Leza, Utilidad terapéutica del cannabis y derivados (Adicciones, 2000); Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, NTP 355: Fisiología del estrés; Wilson y Luciano Soriano, Terapia de aceptación y compromiso (Pirámide, 2009).

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