Cannabis y autorregulación: ¿afrontar o escapar?

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En breve: Hay quien recurre al cannabis para calmar el estrés o conciliar el sueño. Este texto revisa esa práctica desde una mirada crítica: distingue entre usar una sustancia para permanecer con el malestar y usarla para huir de él, repasa lo que sabemos de los circuitos del estrés y propone pensar el afrontamiento como un proceso, no como una receta. No es una guía de consumo.

De dónde nace la idea del «autotratamiento»

Cuando se pregunta a personas usuarias de cannabis por qué consumen, una respuesta se repite: les ayuda a dormir, las relaja, las deja «tranquilas». Esa motivación —regular un estado interno desagradable— es el punto de partida de un debate viejo y resbaladizo: el del cannabis como herramienta de autorregulación psicológica. Conviene examinarlo con cuidado, sin entusiasmo ni alarma, porque la frontera entre regularse y evadirse es más fina de lo que parece.

Antes de entrar en la sustancia, vale la pena recordar una idea sencilla sobre cómo se relacionan mente y cuerpo. Una imagen habitual compara la mente con un «programa» que se ejecuta sobre un soporte físico, el cerebro. La analogía es imperfecta —la mente no está «guardada» en ningún lugar concreto y el cerebro no es un disco duro—, pero sirve para entender algo importante: lo que ocurre en el cuerpo afecta a la mente, y lo que ocurre en la mente afecta al cuerpo.

Cuando la mente desordena el cuerpo

Un golpe en la cabeza puede alterar la función mental; eso es intuitivo. Lo que cuesta más ver es el camino inverso. Una experiencia intensamente estresante o traumática —presenciar un hecho violento, por ejemplo— puede grabarse de forma vívida y disparar respuestas de ansiedad sostenidas en el tiempo. Esa activación moviliza hormonas como el cortisol y la adrenalina, y un estado de alarma muy prolongado tiene un coste fisiológico real, también cardiovascular.

Frente a esas desviaciones, el organismo tiende a reequilibrarse: es lo que se llama homeostasis. Buena parte de lo que persiguen tanto la psicoterapia como los tratamientos farmacológicos no es «añadir» algo desde fuera, sino reactivar los mecanismos de recuperación que el propio cuerpo ya posee. Esta es una clave que conviene tener presente todo el rato.

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El cortisol, el hipocampo y la amígdala

El cortisol no es un villano: cumple funciones necesarias. Pero en exceso y de forma crónica reorganiza la memoria de un modo peculiar. Tiende a entorpecer el trabajo del hipocampo —la fijación de recuerdos concretos y contextualizados— a la vez que potencia la capacidad de la amígdala para registrar las claves emocionales de una situación amenazante.

Evolutivamente tiene sentido: el sistema se asegura de que aquello que pudo poner en peligro nuestra supervivencia quede marcado a fuego para reaccionar antes la próxima vez. El problema es que ese mismo mecanismo, cuando se descalibra, deja recuerdos emocionales intensos y mal integrados que siguen disparándose mucho después de que el peligro haya pasado. Ahí es donde un malestar puntual puede cronificarse.

Permanecer con el malestar, no huir de él

Sanar una herida psicológica se parece, salvando las distancias, a cerrar una herida física: hay dolor, retirada del foco de daño y, después, un proceso lento de cicatrización. En lo emocional, ese proceso pasa por algo incómodo pero decisivo: aprender a sostener las emociones difíciles en lugar de evitarlas.

La evitación funciona a corto plazo —apaga el malestar un rato— pero rara vez resuelve nada de fondo, y a veces lo agrava. Las emociones negativas suelen tener un punto a partir del cual el propio cuerpo empieza a regularse y los síntomas ceden. Quien huye antes de llegar a ese punto nunca comprueba que el malestar, por sí solo, también baja. De ahí la importancia de poder permanecer en presencia de lo que molesta el tiempo suficiente para que la autorregulación ocurra.

Aquí está el nudo crítico de todo el asunto. Mucho consumo de cannabis va orientado precisamente a lo contrario: a escapar de la situación o del malestar. Y un uso así, por comprensible que sea, es un afrontamiento pasivo: no enseña a manejar el problema, solo lo aplaza. Distinguir entre usar algo para acompañar un proceso y usarlo para esquivarlo no es un matiz: es toda la diferencia.

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Afrontar como proceso: una manera de ordenar la cabeza

Más allá de cualquier sustancia, la psicología clínica ofrece esquemas para abordar un problema de forma estructurada en lugar de reactiva. Uno clásico, la resolución de problemas, descompone el afrontamiento en fases que pueden servir de mapa mental:

  • Orientación hacia el problema: percibirlo, atribuirle un origen, valorarlo y decidir cuánto tiempo y esfuerzo merece.
  • Definición y formulación: reunir información basada en hechos, clarificar de qué problema se trata, fijar una meta realista y revisar qué significa para tu bienestar.
  • Generación de alternativas: producir muchas ideas, aplazar el juicio mientras lo haces y buscar variedad antes de descartar.
  • Toma de decisiones: anticipar consecuencias, comparar opciones y preparar un plan concreto.
  • Ejecución y verificación: actuar, observar el resultado, compararlo con lo esperado, reconocer el avance y, si no funcionó, revisar el proceso y ajustar.

Nada de esto depende del cannabis. Es, simplemente, una forma de no quedarse paralizado ni dar bandazos. Lo interesante es que el valor de un esquema así no está en seguirlo al pie de la letra, sino en recordar que afrontar es una secuencia que se puede aprender.

El malestar también forma parte de la vida

Vivimos rodeados de mensajes que tratan el malestar como una avería que hay que reparar de inmediato: acude a tu terapeuta, prueba esta receta, que te manden algo. No se trata de despreciar la ayuda profesional —que en muchos casos es necesaria y conviene buscar a tiempo—, sino de no convertir cada tropiezo emocional en una emergencia que delegar.

Convertir todo dolor en algo de lo que huir, sea con una pastilla, una sustancia o un consejo milagroso, nos priva de desarrollar estrategias propias para seguir adelante pese al dolor. El sufrimiento, los contratiempos y las pérdidas forman parte de la existencia, y aprender a habitarlos es parte de hacerse adulto. Lo que uno se dice a sí mismo sobre lo que le pasa pesa, a veces, tanto como lo que pasa.

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Lectura crítica y reducción de riesgos

El relato del cannabis «autoterapéutico» tiene partes razonables y otras que conviene mirar con lupa:

  • El testimonio no es evidencia. Que muchas personas digan que el cannabis las relaja describe una experiencia subjetiva real, pero no demuestra un efecto terapéutico estable ni seguro. La relación del cannabis con el estrés es dosis-dependiente y muy variable entre individuos: a algunas personas las calma, a otras les dispara la ansiedad.
  • Cuidado con la causalidad fácil. Atribuir al cannabis una reducción «directa» del cortisol simplifica una bioquímica que la investigación aún discute. No conviene presentar como hecho cerrado lo que sigue siendo materia de estudio.
  • Regular y evadir se confunden con facilidad. El mismo gesto puede ser acompañamiento o huida según el momento, la intención y la frecuencia. El uso continuado para no sentir es, justamente, la antesala del consumo problemático.
  • El argumento «es natural» no garantiza nada. Las críticas a la sobreprescripción de psicofármacos pueden ser legítimas, pero «natural» y «autoproducible» no equivalen a inocuo. Una planta también interacciona con medicación, con la salud mental previa y con contextos de vulnerabilidad.
  • Señales para parar y pedir ayuda. Si el consumo se vuelve la única vía de regular emociones, si crece la cantidad o la frecuencia, si aparece ansiedad de base, problemas de sueño al no consumir o deterioro en la vida cotidiana, conviene revisarlo con un profesional. En cuadros de trauma, psicosis o adolescencia, la prudencia debe ser mayor.

La idea de fondo del texto original —usar una experiencia de forma activa y no como mero anestésico— es defendible. Pero sostenerla con honestidad exige reconocer sus límites: ninguna sustancia hace por nosotros el trabajo de afrontar, y presentarla como atajo es, casi siempre, el primer paso para no afrontar nada.

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