Cannabis y autoconsciencia: cómo altera el sentido del Yo

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En breve: El sentido del «Yo» tiene una base cerebral concreta. Repasamos cómo el cannabis puede amplificar o desdibujar esa autoconsciencia —con fenómenos como la descarga corolaria y la despersonalización—, qué dice la neurociencia y por qué conviene leer estos efectos con cautela, sin convertirlos ni en milagro ni en amenaza.

Una mente capaz de mirarse a sí misma

Pocas capacidades humanas resultan tan difíciles de explicar como la de volverse sobre uno mismo: pensar que se piensa, sentir que se siente y reconocer que ese flujo interno me pertenece. Es un terreno que comparten la psicología, la neurología y la filosofía de la mente, y donde abundan más las preguntas que las certezas. Lo llamamos autoconsciencia, y constituye el núcleo de eso que cada cual nombra como su «Yo».

Esa capacidad no aparece de golpe. Se va construyendo en la primera infancia —en torno a los tres o cuatro años— cuando el niño empieza a distinguir con claridad lo que hace como sujeto de lo que le ocurre como objeto. A partir de ahí, el cerebro no se limita a registrar el mundo: lo interpreta, lo etiqueta y, sobre todo, se incluye a sí mismo dentro de la escena.

Es precisamente en ese plano —el de la consciencia de uno mismo— donde algunas sustancias psicoactivas, el cannabis entre ellas, pueden producir efectos llamativos. No porque «creen» experiencias inéditas, sino porque desregulan temporalmente mecanismos que normalmente operan en silencio.

La descarga corolaria: saber que esto lo hago yo

Cuando movemos una pierna, sabemos que la hemos movido nosotros. Si alguien nos la mueve, también lo notamos. Esa diferencia, que damos por evidente, depende de un mecanismo cerebral conocido como descarga corolaria (o descarga consecuente): junto a cada movimiento, pensamiento o sensación, el cerebro emite una señal interna que «firma» esa acción como propia.

Esa firma se procesa en regiones asociadas al sentido de uno mismo. La investigación apunta sobre todo al sistema límbico y a la ínsula, así como a un tipo particular de células, las neuronas de Von Economo, vinculadas a la autoconsciencia y la integración emocional. Cuando este sistema funciona bien, atribuimos nuestros actos y pensamientos a nosotros mismos sin esfuerzo.

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Cuando falla, el resultado puede ser inquietante: pensamientos o movimientos propios sentidos como ajenos, una experiencia que en psicopatología se asocia a ciertas alucinaciones e interpretaciones delirantes (la sensación de ser «movido» por algo externo). No es lo habitual, pero ilustra hasta qué punto el sentido del «Yo» es una construcción frágil y no un dato inmediato de la realidad.

El cannabis altera la neuroquímica cerebral y, en algunos casos, puede tocar precisamente este registro. A veces lo amplifica: la persona percibe con inusual detalle sus procesos internos, late, respiración, tensión muscular. Otras veces lo modifica cualitativamente, abriendo un estado mental distinto que la persona puede vivir como interesante o como desagradable según el contexto, su estado previo y cómo lo gestione.

Despersonalización: «esto no me está pasando a mí»

El reverso de esa amplificación es la despersonalización: la sensación de pérdida del sentido de uno mismo, de que «esto no lo estoy haciendo yo» o «esto no me está ocurriendo realmente». Implica una alteración de las áreas que sostienen la autoconsciencia, y produce vivencias extrañas, de irrealidad o de distancia respecto a la propia experiencia.

No es un fenómeno exclusivo de las drogas. Aparece, por ejemplo, al despertar bruscamente, en ese intervalo en que el cerebro aún no ha coordinado del todo el modo «vigilia» y el modo «sueño». Ambos modos suelen mantenerse separados por lo que se llama inhibición recíproca —mientras uno funciona, el otro se apaga—, pero cuando esa separación se relaja, coexisten y la percepción del mundo se distorsiona. En trastornos como la narcolepsia esto puede dar lugar a alucinaciones muy realistas al dormirse o despertar, acompañadas de parálisis.

También es una experiencia común en momentos de tensión: alguien que habla en público, se pone nervioso, interpreta su propia activación como amenaza y la vive como algo que «parece no estarle pasando a él». El cannabis puede inducir esta misma sensación de desconexión entre la vivencia y la sensación de realidad. La diferencia entre que resulte un mal rato o una curiosidad pasajera depende mucho del estado de ánimo, del entorno y de la propia historia de la persona.

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Atención al cuerpo: una práctica que no necesita sustancias

El artículo original que inspira este texto proponía «trabajar» la autoconsciencia bajo los efectos del cannabis. Conviene un matiz importante: las técnicas que de verdad entrenan esa capacidad —observar las sensaciones sin etiquetarlas, seguir el ciclo de la respiración, notar la diferencia entre la activación fisiológica y la respuesta mental— no dependen de ninguna sustancia. Son, de hecho, el núcleo de prácticas contrastadas como la atención plena y la relajación muscular progresiva de Jacobson.

La idea de fondo es sencilla y valiosa: el cerebro interpreta sin descanso lo que siente el cuerpo y le pone una etiqueta —«esto es miedo», «esto es peligro»—. Aprender a observar ese proceso, en lugar de reaccionar en automático, ayuda a generar un espacio entre la sensación y la respuesta. Esa habilidad se puede cultivar sobria, y precisamente por eso es robusta.

Añadir una sustancia psicoactiva a la ecuación no garantiza profundizar en la experiencia; con frecuencia introduce ruido, dispersión y, en personas poco familiarizadas o en dosis altas, episodios de ansiedad aguda. Si alguien atraviesa uno de esos momentos —taquicardia, sensación de que «algo va muy mal», impulso de pedir ayuda—, las herramientas útiles son las de siempre: un entorno seguro, compañía de confianza, recordar que el efecto es transitorio y volver la atención a la respiración. Es información de reducción de riesgos, no una invitación al consumo.

Materia, conciencia y «sobreinclusión»

Detrás de todo esto late un problema clásico de la filosofía de la mente, que autores como Paul Churchland han discutido en profundidad: ¿cómo es posible que un cerebro hecho de los mismos átomos que el resto del universo genere la vívida sensación de un «Yo» separado de toda esa materia? Las respuestas se mueven entre dos polos. Una sostiene que la autoconsciencia emerge del altísimo grado de organización de la materia cerebral. Otra recurre a la idea de un alma que coexiste con el cuerpo, con todas las dudas que ello arrastra sobre qué sucedería sin un sustrato físico.

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En este contexto suele citarse la sobreinclusión: la tendencia a relajar los límites entre conceptos y a combinar datos y situaciones de forma novedosa, algo asociado tanto a la creatividad como a ciertos estados alterados. Sustancias como el cannabis o la psilocibina se han descrito como facilitadoras de esa conexión inusual entre áreas cerebrales que normalmente se inhiben entre sí. Es una hipótesis sugerente, pero conviene tratarla como tal y no como un hecho establecido.

Lectura crítica

Buena parte de lo anterior mezcla neurociencia razonablemente asentada (la base cerebral de la autoconsciencia, las neuronas de Von Economo, la inhibición recíproca entre estados de vigilia y sueño) con interpretaciones más especulativas sobre el papel de las sustancias psicodélicas. Merece la pena distinguir ambos planos.

El original defendía que el cannabis no causa por sí mismo cuadros como la esquizofrenia, y que muchas asociaciones reflejan automedicación más que causalidad. Hay parte de razón —la dirección de la causa-efecto es un debate real—, pero la evidencia actual es más matizada: en personas con vulnerabilidad previa, el consumo intenso y temprano sí se asocia a un mayor riesgo de psicosis. Negarlo de plano es tan poco riguroso como afirmar que el cannabis «provoca locura». La prudencia, aquí, no es moralismo: es leer los datos sin caer ni en la apología ni en el alarmismo.

Tampoco conviene idealizar la despersonalización como recurso terapéutico improvisado para «separarse» de un trauma. Distanciarse de una experiencia dolorosa puede aliviar a corto plazo, pero como estrategia repetida tiende a cronificar el malestar. El trabajo sobre el sentido de uno mismo, cuando se busca con fines de salud, pertenece a contextos clínicos y a prácticas contrastadas, no al ensayo solitario.

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