Miguel Ángel Velasco: poesía y trance visionario

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En breve: Recordamos al poeta mallorquín Miguel Ángel Velasco, una de las voces más singulares de la lírica española reciente, fallecido prematuramente. A partir del testimonio del escritor José Carlos Aguirre, repasamos cómo su escritura dialogó con ciertos estados visionarios —y por qué conviene leer ese vínculo sin idealizarlo.

Una voz que se apagó demasiado pronto

La muerte temprana de Miguel Ángel Velasco dejó incompleta una de las trayectorias poéticas más reconocibles de las últimas décadas en lengua española. Premiado desde muy joven y dueño de una obra extensa —parte de ella aún inédita en el momento de su fallecimiento—, Velasco perteneció a esa estirpe de poetas que entienden el oficio no como adorno, sino como una forma intensa de habitar el lenguaje.

Buena parte de lo que sabemos de su intimidad creativa procede de quienes lo trataron de cerca. El escritor José Carlos Aguirre, amigo y compañero de inquietudes, dejó tras su muerte un retrato que mezcla la admiración literaria con la confidencia personal, y que sirve de base para este recuerdo.

El lenguaje como búsqueda

Según relata Aguirre, la vocación de Velasco se remontaba a la infancia: a un padre que le leía poemas y al deseo temprano de acceder a «ese secreto de la palabra que conmueve». Esa pulsión —encontrar una intimidad desnuda con el idioma y devolverla luego a los demás— atraviesa toda su producción.

Quienes lo conocieron describen una entrega casi total. En sus últimos inviernos, cuenta Aguirre, Velasco vivía prácticamente instalado en lo que él mismo llamaba una «ebriedad poética»: largas jornadas dedicadas al ritmo y la escritura, al margen del «ruido social» que sentía ajeno a esa vida de la palabra. La conversación entre ambos derivaba, a menudo, hacia las estrategias para sostener semejante dedicación en un mundo que rara vez la recompensa.

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Lo visionario en su obra

El testimonio de Aguirre subraya además que Velasco se interesó por los estados modificados de consciencia y que se inspiró en ciertos trances —menciona la LSD y diversos hongos psilocíbicos— para perfilar una mirada propia. Su libro La miel salvaje suele citarse como reflejo de esa exploración: una poesía atenta tanto al límite como a lo que parece abrirse más allá de él.

Conviene leer esta dimensión con cuidado. La asociación entre sustancias psicodélicas y creación artística es antigua y tentadora, pero también propensa al mito. La obra de un poeta es fruto de oficio, lecturas, biografía y trabajo sostenido; reducir su valor a una «química» concreta empobrece tanto al autor como a la comprensión de esos estados. Más que una receta de inspiración, lo que muestra el caso de Velasco es a un escritor que integró ciertas experiencias en un universo simbólico ya muy elaborado.

Dos poemas

Recogemos a continuación dos textos suyos —el primero de su último poemario, Ánima de cañón, y el segundo de La miel salvaje— como mejor forma de acercarse a su voz.

De «Ánima de cañón»

¿Qué será cuando el día se congele
con la detonación de nuestra carga
en el hueco del tiempo?
¿Cuando nos engatille
la del cuerpo mayor,
la fusilera Hécate,
con la espingarda de la luna
en desvelo de caza,
de la que ser su blanco;
o a contraluz de un sol que se comprima
en una carabina, en su mirilla,
y al fondo nuestra liebre, un punto trémulo
del túnel frío que se estreche en nada?
¿Saldrá el alma
soñándose fogueo, en expansión
reversible su posta, hacia una luz
que nos funda en su seno?
¿Se alzará en perdigones, loco polen
de plomo y extrañeza,
al encuentro del cáliz de la noche?
¿O quedará sin más amartillada,
de este lado del tímpano,
soldada a su calibre,
sin dar siquiera un humo leve el ánima.

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De «La miel salvaje»

Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mí partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.

Lectura crítica

Este texto es, ante todo, un homenaje literario, no un documento clínico ni biográfico exhaustivo. Las referencias a la LSD o a los hongos psilocíbicos provienen del recuerdo personal de un amigo y no de fuentes médicas: tómense como contexto cultural, no como dato verificado sobre la vida del poeta.

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Recordamos también que estas sustancias son potentes y no están exentas de riesgos —psicológicos, legales y de interacción con otras condiciones o fármacos—. El relato romántico que une genio creativo y psicodelia tiende a invisibilizar los episodios difíciles y la fragilidad humana que también forman parte de estas historias. Honrar a un autor no exige idealizar el camino que recorrió.

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