
De qué hablamos cuando hablamos de meditar
La meditación es una de las prácticas más antiguas de la humanidad, tan extendida en el tiempo y en las culturas que resulta imposible fecharla con precisión. El Diccionario de la Real Academia define meditar como «aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo». Lejos de cualquier envoltorio místico, esa definición ya contiene lo esencial: meditar es, ante todo, enfocar la atención.
Aquí lo abordaremos desde la psicología contemporánea, no porque esa mirada anule las lecturas espirituales o contemplativas, sino porque ofrece un lenguaje compartido y verificable. Las distintas escuelas —concentrarse en la respiración, contar ciclos respiratorios, repetir un mantra, sostener una postura— comparten un mismo mecanismo: dirigir la energía mental hacia un único objeto hasta que lo demás se aquieta.
Ecuanimidad: el objetivo, no el atajo
El propósito habitual de la meditación es cultivar la ecuanimidad: una forma de mirar lo que ocurre —dentro y fuera de uno— sin dejarse arrastrar por las polaridades. No es indiferencia ni anestesia emocional, sino un cierto «espacio de maniobra» mental: el margen que permite vivir una situación aquí y ahora, sostener el equilibrio y elegir la respuesta en lugar de limitarse a reaccionar.
Conviene subrayarlo porque es justo donde nacen los malentendidos. La ecuanimidad no consiste en sentir menos, sino en no quedar secuestrado por lo que se siente. Y eso, como sabe cualquiera que lo haya intentado, exige entrenamiento sostenido.
El cine de una sola butaca
Una de nuestras capacidades más singulares es la metacognición: pensar sobre lo que pensamos, volver la atención sobre nuestros propios contenidos mentales y asistir, casi como espectadores, a nuestro mundo interior.
El texto original proponía una imagen útil para entenderlo. Imagina que tu mente es un cine con una única butaca, en la que estás sentado. En la pantalla se proyectan imágenes: unas vienen de fuera (lo que ves, oyes, hueles) y otras de dentro (ideas, recuerdos, pensamientos). Da igual su origen; todas se proyectan en esa pantalla donde el contenido entra en contacto con la consciencia. La práctica meditativa apunta a algo difícil: ver la pantalla antes de que se proyecte nada sobre ella, intuir lo que algunas tradiciones llaman «consciencia testigo».
Separar el contenido del continente no es sencillo, porque el cerebro recibe, procesa y genera información sin descanso. La neurociencia recuerda además que las neuronas trabajan a impulsos —tras cada activación hay un periodo refractario—, de modo que la sensación de un flujo de consciencia continuo es, en buena medida, una construcción: una secuencia de pulsos correlativos que aparenta continuidad. Aprehender qué es realmente la consciencia sigue siendo uno de los grandes enigmas abiertos de la ciencia y la filosofía.
Dónde encajaban las sustancias en aquel argumento
El planteamiento del artículo original era provocador: si la meditación busca «colarse» entre fotograma y fotograma para ver el fondo de la pantalla, quizá ciertas sustancias —cannabis, pero también psilocibina, MDMA o LSD— pudieran facilitar transitoriamente ese vaciado del contenido mental y favorecer un estado de mayor desapego.
Aquel texto también lanzaba una crítica cultural que conviene rescatar con matices. Denunciaba la paradoja de una sociedad que normaliza el consumo de psicofármacos no siempre bien indicados mientras estigmatiza otras sustancias capaces de efectos análogos, y señalaba la inflación diagnóstica —el ensanchamiento continuo de las categorías de enfermedad mental— como síntoma de una época. Es una línea que conecta con autores como Thomas Szasz o con ensayos como La invención de trastornos mentales, y con la vieja sospecha de Escohotado sobre las fronteras movedizas entre fármaco, droga y veneno.
Esa crítica al exceso de medicalización tiene fundamento. Pero conviene no resolver una simplificación («todo lo recetado es bueno») sustituyéndola por la contraria («cualquier sustancia es un atajo legítimo a la sabiduría»). Ambas evitan la pregunta difícil: qué hace cada sustancia, en quién, en qué contexto y a qué coste.
Un relato en primera persona
La pieza incluía un testimonio subjetivo del autor, psicólogo y practicante. Relataba haber alcanzado, con ayuda de psilocibina, un estado de desapego que le costaba lograr solo con la meditación. Describía cómo, al observar su propio «proceso verbal» —esa maquinaria que etiqueta sin cesar todo lo que percibe—, tuvo la sensación de que bajo el lenguaje había «algo» inaprensible; y cómo, tirando de ese hilo, llegó a un punto «previo» al pensamiento, sin miedo ni alegría ni dolor, solo calma y una sensación de comprensión total que enseguida se revelaba como comprensión de que no había nada que comprender.
De ahí extraía su conclusión más interesante: que uno puede elegir las etiquetas con las que vive lo que le ocurre. No se elige no sufrir una mala experiencia, pero sí cómo nombrarla y qué hacer con ella. El propio autor encuadraba todo esto como experiencia totalmente subjetiva, atravesada por un proceso farmacológico concreto y filtrada después por la racionalidad. Esa honestidad es lo más valioso del relato, y también la razón por la que no debe leerse como prueba de nada.
Lectura crítica
Tomado como documento humano, el texto es sugerente. Tomado como argumento, conviene sostenerlo con pinzas:
- Un testimonio no es evidencia. Las vivencias de disolución del yo o de «comprensión total» son experiencias intensas y reales para quien las atraviesa, pero no demuestran que la sustancia «mejore» la meditación. La investigación sobre psicodélicos y bienestar es prometedora y todavía abierta; sobre cannabis y meditación, en concreto, los datos son escasos y nada concluyentes.
- El cannabis no es neutro para la atención. Buena parte de la práctica contemplativa entrena precisamente la concentración sostenida y la memoria operativa, funciones que el THC tiende a dificultar de forma aguda. El «síndrome amotivacional» es un constructo discutido y mal definido, cierto, pero de ahí no se sigue que el consumo favorezca el foco meditativo.
- Set y setting mandan. Lo que se vive bajo el efecto de cualquier psicoactivo depende enormemente del estado mental previo, las expectativas y el entorno. Lo que en un contexto cuidado puede ser una experiencia de calma, en otro puede derivar en ansiedad o malestar.
- Hay contraindicaciones serias. Antecedentes personales o familiares de psicosis, trastorno bipolar, embarazo, ciertas medicaciones o interacciones (la MDMA es especialmente delicada en combinación con otros fármacos) cambian por completo la ecuación de riesgo.
- El marco legal existe. El estatus de estas sustancias varía y su tenencia o consumo puede acarrear consecuencias legales y sanitarias.
En Psiconáutica no damos pautas de consumo, dosis ni obtención: el sentido de divulgar estas experiencias es comprenderlas y reducir daños, no animar a reproducirlas. Si algo merece quedarse de este texto es su pregunta de fondo —¿quién está enfermo, las personas o el modo de vida que se les exige?— y la idea de que el verdadero trabajo, con o sin sustancias, es aprender a no quedar atrapado en la propia reactividad. Esa parte, la meditación la ofrece sin contraindicaciones.