
Un químico entre escritores
Pocos descubrimientos científicos del siglo XX han quedado tan ligados a la literatura como el del LSD. Albert Hofmann, el químico de Sandoz que sintetizó la molécula en 1938 y descubrió sus efectos en 1943, no buscó a sus interlocutores entre los farmacólogos, sino entre los escritores. En su charla «LSD: Completely Personal», ofrecida en 1996 dentro de la Worlds of Consciousness Conference de Heidelberg, dedicó buena parte del tiempo a recordar a dos de ellos: Aldous Huxley y Ernst Jünger. Lo que sigue reordena ese testimonio.
Estocolmo, 1963: la última imagen de Huxley
A finales del verano de 1963, Hofmann acompañó a Huxley a Estocolmo, a la reunión anual de la Academia Mundial de Artes y Ciencias. El congreso giraba en torno a los «Recursos Mundiales», pero Huxley desvió el foco hacia lo que llamó los «Recursos Humanos»: las capacidades innatas y desaprovechadas del ser humano. Defendía que el hombre occidental, lastrado por una racionalidad hipertrofiada, necesitaba reaprender a percibir la realidad de forma directa, no filtrada por palabras y conceptos. En las sustancias psicodélicas veía, ante todo, un entrenamiento para esa tarea.
Lo respaldó el psiquiatra Humphry Osmond, que años antes había acuñado el propio término «psicodélico» —literalmente, «que manifiesta la mente»— y que aportó un informe sobre sus posibilidades. Aquel simposio fue, según Hofmann, su último encuentro con Huxley: su aspecto ya delataba la enfermedad, aunque su aura intelectual seguía intacta.
«LSD — hazlo»: una muerte literaria
Aldous Huxley murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día del asesinato de Kennedy, un hecho que eclipsó la noticia. Su esposa, Laura Huxley, envió a Hofmann copia de la carta que escribió a Julian Huxley narrando aquel último día. Los médicos la habían preparado para un final dramático —los espasmos y la asfixia habituales en la fase terminal del cáncer de esófago—, pero Huxley murió en calma. Por la mañana, ya sin fuerzas para hablar, escribió en un papel una petición: que se le administrara LSD por vía intramuscular. Laura cumplió su voluntad.
Huxley llevaba así a la práctica lo que él mismo había imaginado en su novela Isla: el uso de la «medicina moksha» como acompañamiento de la despedida. Hofmann recordó también el precio que aquel activismo le costó en vida: su defensa pública de los psicodélicos le restó crédito profesional e incluso afecto entre lectores y amigos. Conviene leer este episodio con cierta distancia. La escena, conmovedora, se ha repetido tantas veces que ha terminado convertida en estampa; y la idea de una sustancia como herramienta para «morir bien» pertenece más al terreno de las convicciones personales de Huxley que al de cualquier evidencia clínica.
Jünger: del horror de la guerra a la magia de lo cotidiano
La relación con Ernst Jünger venía de mucho antes y de un origen improbable. Hofmann había leído de adolescente el diario de guerra de Jünger, lectura obligatoria en su escuela. Pero fue su segundo libro, Das Abenteuerliche Herz (El corazón aventurero), el que lo sorprendió: que el mismo autor capaz de describir con frialdad el horror de las guerras modernas abriera después los ojos del lector a la maravilla de las cosas simples le pareció un enigma. En esa prosa reconoció algo del estado de ánimo de sus propias experiencias místicas infantiles.
El contacto personal nació de un gesto humilde: el agradecimiento, en junio de 1947, por uno de aquellos paquetes de provisiones que se enviaban a la Alemania de posguerra. De ahí surgió una correspondencia que duraría décadas. Al principio no hablaban de drogas.
Por qué el laboratorio no servía
El LSD entró en escena por una insatisfacción de Hofmann. Tras su autoexperimento de 1943, Sandoz inició ensayos clínicos con voluntarios, y él mismo participó. La experiencia fue reveladora en sentido contrario: en aquel entorno aséptico —batas blancas, aparatos que se le antojaban pequeños monstruos salidos de un cuadro de El Bosco, tests psicológicos vividos como una tortura— sintió que la esencia de la experiencia se perdía. Comprendió, en carne propia, el peso del entorno y la disposición de ánimo, lo que años después la cultura psicodélica anglosajona resumiría como set and setting.
Quería, por contraste, explorar el LSD en un ambiente cálido, con música y buena compañía. Pensó de inmediato en Jünger, que ya había experimentado con mescalina y aceptó la propuesta sin dudarlo.
Bottmingen, febrero de 1951: la sesión del «gatito doméstico»
El experimento conjunto se celebró a comienzos de febrero de 1951, en el salón de la casa de Hofmann en Bottmingen, cerca de Basilea. Por prudencia invitó a un amigo farmacólogo, el profesor Heribert Konzett, para disponer de asistencia médica. Ante un hombre tan sensible como Jünger, Hofmann optó por una dosis deliberadamente baja.
La sesión no llegó a ser profunda, pero sí intensamente estética. Las rosas de la habitación parecieron resplandecer; un concierto de Mozart para flauta y arpa sonó «como música de dioses»; el humo de una barrita de incienso japonés fluía con la misma plasticidad que los pensamientos. Con los ojos cerrados, cada uno viajó por su cuenta: Jünger por paisajes orientales, Hofmann entre caravanas y oasis del norte de África, Konzett hacia una sensación budista de intemporalidad.
Llamó la atención el paralelismo entre las tres experiencias. Aun así, ninguno cruzó el umbral de lo francamente místico: la puerta quedó entornada. Jünger, acostumbrado a dosis altas de mescalina, sentenció que, frente a aquel «tigre», el LSD le había parecido apenas «un gatito doméstico». Cambiaría de opinión en ensayos posteriores. Aquella visión del incienso reaparecería, transfigurada, en su relato Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm).
Una droga como destino: la idea inquietante
La amistad se estrechó alrededor del tema. En su correspondencia, Hofmann y Jünger volvían una y otra vez sobre las sustancias y sus implicaciones. En una carta de diciembre de 1961, Hofmann formulaba una intuición que todavía resulta vertiginosa: si una traza ínfima de una sustancia —próxima en estructura a los compuestos naturales del cerebro— basta para alterar la conciencia, el carácter y la visión del mundo, ¿qué queda del libre albedrío cuando la presencia o ausencia de ese compuesto escapa a nuestra voluntad? Lo cerraba citando una frase del ensayo Provoziertes Leben de Gottfried Benn: «Dios es una sustancia, una droga».
Es una especulación poética, no una conclusión científica. Pero condensa el núcleo del pensamiento de Hofmann: la sospecha de que lo que llamamos espíritu tiene un sustrato químico que ni controlamos ni comprendemos del todo.
Lectura crítica
El relato de Hofmann es un testimonio personal de los años cuarenta y cincuenta, y conviene tratarlo como tal: una memoria selectiva, escrita por quien tenía un vínculo afectivo y profesional con la molécula. Las dosis, los entornos y las garantías médicas de aquellos primeros ensayos pertenecen a un mundo previo a los protocolos de seguridad actuales y no deben leerse como modelo de nada. Tampoco la palabra «psiconauta», que Jünger acuñó desde una sensibilidad romántica, equivale a una práctica recomendable.
Más allá de la anécdota, el episodio interesa porque ilustra dos cosas que la investigación posterior confirmaría: que el contexto y el estado mental condicionan radicalmente la experiencia, y que las sustancias psicodélicas conviven con riesgos —psicológicos y legales— que ninguna prosa elegante anula. Leer a Hofmann como historia de la ciencia y la cultura es legítimo; leerlo como guía, un error.