Adrenocromo: entre el laboratorio y los foros

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En breve: Cerramos el recorrido por el adrenocromo enfrentando dos registros que rara vez se hablan: el de la psiquiatría experimental de los años cincuenta —con el célebre caso del doctor «A. B.» descrito por Hoffer y Osmond— y el de los foros de habla hispana, donde la sustancia oscila entre el mito drogológico y el testimonio en primera persona. Por el medio, el escepticismo rotundo de Alexander Shulgin en PIHKAL.

Un caso clínico que todavía inquieta

Antes de bajar al ruido de los foros conviene detenerse en el material más sólido que dejaron Abram Hoffer y Humphry Osmond, los dos psiquiatras que, a mediados del siglo XX, sostuvieron la llamada «teoría del adrenocromo» de la esquizofrenia. En su obra recogen el relato pormenorizado de la reacción de un colega experimentado, identificado solo como doctor «A. B.», tras recibir 10 mg de adrenocromo por vía sublingual más una cantidad indeterminada por vía oral. El informe ocupa varias páginas; aquí basta con quedarse con lo esencial.

La respuesta apareció unos diez minutos después de la administración —un tiempo coherente con la vía sublingual— y se prolongó hasta que un gramo de ácido nicotínico pareció devolverle a la normalidad. El matiz importante es ese «pareció»: según los autores, la recuperación real tardó mucho más. El propio sujeto afirmó semanas después que no se había restablecido del todo hasta pasados unos quince días, mientras que su mujer situaba el regreso a la normalidad en varios meses.

Lo llamativo del cuadro es dónde golpea. No es la fenomenología visual exuberante que solemos asociar a los clásicos psicodélicos, sino una alteración sorda y persistente:

  • Percepción: cambios en las imágenes consecutivas, en la iluminación y en el cálculo de distancias; objetos que «pulsaban» y una relación tamaño-distancia distorsionada. Los autores insisten en que no hubo alucinaciones, aunque el propio sujeto describió en varias ocasiones que «los árboles parecían explotar de golpe ante sus ojos», algo que encaja mejor con una pseudoalucinación o una ilusión que con una percepción intacta.
  • Pensamiento: irritabilidad, juicio deteriorado y, sobre todo, ausencia de conciencia del propio estado. Tanto, que A. B. llegó a concluir que le habían dado un placebo.
  • Cognición: incapacidad para resolver pruebas que normalmente le habrían resultado triviales.
  • Estado de ánimo: hostil y áspero hasta un punto que sus colegas y amigos describieron como irreconocible.
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De su libro The Hallucinogens conviene rescatar dos observaciones que los propios autores subrayan. La primera: la experiencia inducida por el adrenocromo y su análogo, la adrenolutina, «no se parece a la típica de la LSD o la mescalina»; los cambios ocurren primero en el pensamiento y el ánimo, y lo perceptivo queda en segundo plano. La segunda es una advertencia que envejece bien: algunos efectos podían persistir varios días y, en ciertos sujetos, conducir a desenlaces «casi desastrosos». Lo que volvía peligrosa a una sustancia aparentemente suave no era su intensidad, sino la falta de insight que generaba: el consumidor dejaba de saber que estaba intoxicado.

Cómo la ciencia archivó el asunto

Aquí está la grieta. Que un psiquiatra describa un cuadro tan marcado no equivale a que el compuesto sea un psicoactivo establecido. Como recordó Giorgio Samorini, la teoría del adrenocromo como explicación bioquímica de la esquizofrenia —y el tratamiento con megadosis de vitaminas que Hoffer defendía— acabó refutada y descartada por la psiquiatría académica en publicaciones posteriores. Y con esa teoría se fue al cajón también la pregunta sobre el posible potencial psicoactivo del compuesto.

El testimonio más contundente en contra lo firma alguien nada sospechoso de cerrazón: Alexander Shulgin. En PIHKAL resume el episodio casi como una curiosidad histórica. Recuerda que hubo informes según los cuales la adrenalina envejecida y descolorida parecía actuar sobre el sistema nervioso central; que sus productos de oxidación se identificaron como el adrenocromo —de intenso color— y la adrenolutina; y que la controversia «terminó apagándose con el tiempo». Su conclusión no deja margen: nunca se ha aceptado que la familia del adrenocromo sea psicoactiva, nadie la investiga y hoy se considera «una interesante nota al pie de la historia».

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El cruce es desconcertante. Por un lado, dos clínicos que describen reacciones intensas y duraderas; por otro, el químico más influyente de la psicodelia moderna que niega la psicoactividad. Cuando los propios referentes dan el tema por zanjado, ¿a quién se recurre? A falta de ciencia activa, lo que queda es la otra fuente: la experiencia anónima de los foros.

Los foros: entre el mito y la anécdota

Conviene entrar aquí con la guardia alta. La mayoría de los usuarios de drogas considera el adrenocromo una pieza de la mitología drogológica, una sustancia más literaria que real —deudora de la fantasía de Hunter S. Thompson— que algo verificable. Pese a ello, no faltan quienes juran haberlo probado. En 2006, en uno de los foros hispanos más activos de la época, un usuario que firmaba como Kaleidoscope relató dos experiencias.

En su descripción, un conocido le ofreció una sustancia «negruzca grisácea» impregnada en un palillo, presentada como pariente de la LSD. Una hora después aparecieron inquietud, mareo intenso y vómitos, seguidos de un estado que, según él, se prolongó cerca de dos días: dolor de espalda, agotamiento físico, nerviosismo «como tras unas rayas de cocaína» y visuales descritos como entrar en un videojuego donde todo parecía plastilina que respira. El relato mezcla afirmaciones imposibles de verificar —el origen biológico del material, la cantidad ínfima— con una constante reconocible: una vivencia desagradable y angustiosa, no precisamente placentera.

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Lo que siguió es casi más revelador que el testimonio. Otro usuario, Aland Alejand —registrado, curiosamente, el mismo día—, se ofreció a quedar para probar el material. Tras el encuentro publicó un relato alarmado: dos días y dos noches «lokeando», una experiencia «horrible», preocupación familiar y una muestra enviada a un laboratorio. Días después afirmó que el análisis indicaba «una oxidación o descomposición de la adrenalina» con un leve contenido de cromo, y concluyó que aquello «no es para el consumo humano». La promesa de enviar muestras a otros foreros quedó en el aire y la conversación se apagó, como suele ocurrir.

Lectura crítica

Tratemos estos materiales por lo que son. El caso de A. B. es un informe clínico antiguo, no ciego ni controlado, recogido por investigadores que defendían una hipótesis concreta: ese sesgo de expectativa pesa sobre cualquier interpretación. Los testimonios de foro tienen aún menos garantías —identidad incierta, sustancia sin caracterizar, dosis desconocida, sin contraste independiente— y un «análisis de laboratorio» referido de oído no acredita nada. Que dos relatos coincidan tampoco prueba el efecto: pueden compartir sugestión, contaminación de otra sustancia o pura construcción narrativa.

Hay, sin embargo, un punto en el que las dos fuentes convergen y que sí merece subrayarse: ninguna describe una experiencia buscada o agradable. Donde la psiquiatría señala pérdida de insight y efectos persistentes, los foros hablan de angustia, descontrol y secuelas de días. Para una divulgación de reducción de riesgos, esa coincidencia es lo único accionable: estamos ante un material mal caracterizado, sin perfil de seguridad conocido y rodeado de mito, exactamente el escenario en el que la curiosidad sale cara. La conclusión honesta no es resolver la controversia, sino reconocer que sigue abierta —y que el archivo, no el ensayo personal, es el lugar adecuado para visitarla.

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