Adrenocromo: el cierre de Hidalgo y lo que aún interpela a la ciencia

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En breve: Eduardo Hidalgo pone punto final a su serie sobre el adrenocromo. Su veredicto es doble: como sustancia recreativa no tiene el menor interés —un café rinde más—, pero los efectos sutiles que dice haber notado encajan con lo que describieron los estudios psiquiátricos de los años cincuenta. No serían psicodélicos, sino «psicotomiméticos»: parecidos a la psicosis. Repasamos esas conclusiones con distancia crítica, sin tomarlas como prueba.

Una molécula rodeada de leyenda

Pocas sustancias arrastran tanta mitología y tan pocos datos firmes como el adrenocromo. Se ha dicho que no existe y que existe; que es un psicodélico arrollador y que no hace absolutamente nada. La cultura pop lo fijó en el imaginario gracias a Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson, que lo retrató como un alucinógeno brutal capaz de provocar parálisis y problemas respiratorios. Más recientemente, la palabra ha sido secuestrada por teorías conspirativas que nada tienen que ver con la química real.

Entre ese ruido, el adrenocromo es simplemente un producto de oxidación de la adrenalina. La forma que circuló en estos ensayos era el adrenocromo semicarbazona, un compuesto de perfil farmacológico modesto. Conviene tenerlo claro antes de leer el relato de Hidalgo: aquí no hay ni epopeya psicodélica ni complot, solo un autoensayo subjetivo y unas conclusiones discutibles que él mismo presenta como tales.

La cata sublingual: un relato sin fuegos artificiales

El último episodio de la serie narra una toma por vía sublingual realizada antes de salir a la calle. Lo notable es, precisamente, lo poco que ocurre. Hidalgo describe un paseo hasta la estación atravesado por una risa fácil y desproporcionada, la sensación de que la gente alrededor resultaba «rara», y una fina pátina de irrealidad —desrealización— que se disipa por completo a lo largo de la tarde. Nada de visiones, nada del «muro de cristal» que mencionaba Humphry Osmond, ninguno de los efectos físicos dramáticos que prometía Thompson.

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Cuando se reúne con su amigo, este lo ve «normal». El propio autor lo admite: lo más extraño lo sintió mientras iba de camino, a solas, justo antes del encuentro. Esa discrepancia entre la vivencia interna y la apariencia externa es, en realidad, uno de los puntos más interesantes del relato, y también el más resbaladizo a la hora de sacar conclusiones.

Lo que sí coincide con los estudios de los cincuenta

El interés de Hidalgo no es recreativo, sino histórico. Su tesis es que sus impresiones encajan con lo que describió la psiquiatría de mediados del siglo XX, cuando el adrenocromo se investigó dentro de la llamada «hipótesis adrenocrómica» de la esquizofrenia. Los puntos de contacto que señala, citando de memoria a aquellos autores:

  • Abraham Hoffer y Humphry Osmond sostenían que los cambios ocurrían sobre todo en el pensamiento y el estado de ánimo, mientras que las alteraciones perceptivas eran sutiles y poco evidentes, en contraste con las visuales típicas del LSD.
  • Trabajos de aquella época —Hidalgo menciona a Stanislav Grof entre otros— describían cambios en el pensamiento parecidos a los observados en la esquizofrenia.
  • Los síntomas físicos eran leves y breves, y la duración de los efectos variaba mucho de una persona a otra e incluso en el mismo sujeto entre una toma y la siguiente.
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Hidalgo también recoge la lectura de Giorgio Samorini, para quien «es bastante probable» que en la cadena metabólica adrenalina–adrenocromo–adrenolutina haya realmente algo psicoactivo, y la observación etnográfica sobre el aprovechamiento de la «grasa renal» por pueblos aborígenes australianos. Frente a eso, contrapone con honestidad un trip report de Erowid titulado Killing the myth, cuyo autor concluye que un simple porro deja más tocado que el adrenocromo.

¿Psicodélico o psicotomimético?

La conclusión central de Hidalgo es terminológica, y por eso importa. Si hubo algún efecto, no encajaría en la categoría de «psicodélico» —apertura perceptiva, riqueza visual, sentido de revelación— sino en la de «psicotomimético»: un estado que imita, de forma tenue, rasgos de la psicosis. Desrealización, leves dejes paranoides, una jovialidad desbordada y algo de aceleración serían, en su lectura, una sombra suave de ese territorio, nunca un brote en toda regla.

De ahí su tesis final: como droga, el adrenocromo «no vale para nada»; como pista sobre la neurobiología de las psicosis, quizá merezca una segunda mirada de la investigación. Es una hipótesis vieja, en buena parte descartada por la psiquiatría posterior, pero que él reivindica como pregunta abierta más que como respuesta cerrada.

Lectura crítica

El relato de Hidalgo es literatura experiencial honesta, y conviene leerlo como tal, no como evidencia. Varios límites lo desaconsejan como base para cualquier conclusión:

  • Un solo sujeto, sin control. Es un autoensayo sin grupo de comparación, sin placebo ciego y sin medición objetiva. La sugestión, la expectativa y el contexto pesan enormemente en estados tan sutiles, y el propio autor reconoce que sus acompañantes lo veían «normal».
  • Confusión de variables. En las tomas intervinieron alcohol y benzodiazepinas, además de un largo historial de consumo de otras sustancias. Como le objetaron sus propios colegas, eso basta para invalidar la atribución de los efectos al adrenocromo. La combinación de alcohol y benzodiacepinas, por cierto, deprime el sistema nervioso central y entraña riesgos reales por sí misma.
  • La cadena causal histórica es frágil. La hipótesis adrenocrómica de la esquizofrenia tuvo su momento en los años cincuenta y no se sostuvo como explicación general. Encontrar «coincidencias» con aquellos textos no las confirma: es fácil leer la propia experiencia a la luz de lo que ya se espera encontrar.
  • Reducción de riesgos. Este texto no describe cómo obtener, preparar ni tomar nada, y no lo hará. Autoexperimentar con sustancias mal caracterizadas, y más combinándolas, es justamente el tipo de práctica que la cultura psiconáutica seria desaconseja.
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Queda, eso sí, una pregunta legítima que no es de consumidores sino de neurociencia: ¿hay algo psicoactivo en los metabolitos de la adrenalina? Hidalgo cierra su caso a título personal y pasa el testigo. Como divulgación, lo interesante no es el veredicto, sino la distancia con que él mismo lo sostiene.

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