
Un fármaco que llegó antes que su mala fama
Conviene recordarlo, porque hoy la palabra «anfetamina» evoca casi siempre el callejón sin salida del consumo problemático: estas sustancias entraron en el mundo por la puerta de la farmacia, no por la del mercado clandestino. Derivados sintéticos de la efedrina, aparecieron en Estados Unidos alrededor de 1930 con un uso tan prosaico como reanimar a pacientes sobresedados. Poco después se vendían en inhaladores para la congestión nasal, luego como píldoras contra el mareo y la obesidad y, finalmente, como antidepresivos.
La familia se fue ampliando deprisa. Tras la anfetamina propiamente dicha —comercializada bajo nombres como Bencedrina, Simpatina, Profamina o Centramina— llegó su isómero, la dexanfetamina (Dexedrina), y en 1938 la metanfetamina (Metedrina). Esta cronología importa: durante décadas fueron productos de venta corriente, recetados con una ligereza que hoy resultaría impensable, y esa normalización forma parte inseparable de su historia.
Qué hacen en el cerebro
Su mecanismo se parece al de la cocaína, con una diferencia relevante. Donde la cocaína bloquea la recaptación de neurotransmisores —sobre todo dopamina y noradrenalina—, las anfetaminas parecen forzar su liberación. La acción se concentra en el sistema límbico y el hipotálamo, regiones implicadas en la motivación, la recompensa y la regulación del apetito y la vigilia. El resultado subjetivo es una euforia estimulante de duración notablemente más larga que la de la cocaína.
El rasgo farmacológico más característico, y más peligroso, es la tolerancia. Es excepcionalmente alta: la insensibilización empieza a notarse a los pocos días de un uso continuado, lo que empuja a subir la dosis para mantener el efecto. Ahí reside la trampa estructural de la molécula. Aunque la tolerancia desplaza hacia arriba el umbral de la dosis letal, el deterioro físico no se detiene con ella: avanza por su cuenta. La literatura clásica recogía autopsias de consumidores jóvenes con un desgaste visceral —corazón, hígado, riñones— comparable al de personas mucho mayores. El margen entre dosis activa y dosis tóxica fue, desde el principio, estrecho.
Lo que prometían y lo que dejaban
Parte del atractivo histórico de las anfetaminas estuvo en su efecto sobre el rendimiento. Pruebas psicométricas antiguas describían mejoras transitorias en atención y concentración con dosis bajas, lo que alimentó su uso como «pastillas para estudiar» o para sostener esfuerzos físicos prolongados. Pero esa mejora es estrecha y prestada: afecta a tareas concretas y se paga después. Como resumía con ironía la divulgación clásica sobre el tema, ninguna droga ha convertido nunca a un necio en un ser prudente.
El caso médico mejor sostenido es paradójico: en el tratamiento de niños con hiperactividad, el estimulante no excita, sino que ayuda a calmar y a concentrarse. De ahí proceden derivados de uso terapéutico todavía vigente. Es uno de los pocos terrenos donde el balance riesgo-beneficio se discute con datos, y precisamente por eso conviene no extrapolarlo: que una indicación pediátrica supervisada funcione no dice nada sobre la seguridad del consumo recreativo o de las dosis altas.
En el extremo opuesto está el uso crónico. Repetido en dosis medias o altas, reproduce los daños de la cocaína pero agravados: la paranoia y el delirio persecutorio aparecen antes y, con frecuencia, se vuelven persistentes —la llamada psicosis anfetamínica—. No producen un síndrome de abstinencia físico como el de los sedantes, sino un desplome anímico proporcional al abuso: una depresión que en sus peores fases puede prolongarse durante días. Esa «resaca» psíquica, y no un mono clásico, es el motor de buena parte de las recaídas.
Cuando la medicina fue parte del problema
La historia de estas sustancias incluye episodios incómodos protagonizados por la propia medicina institucional. Hacia los años cincuenta se ensayó el «shock anfetamínico» —dosis altas inyectadas— para tratar alcoholismo, otras dependencias, depresión o histeria; además de ineficaz, dejaba secuelas neurológicas irreversibles en una proporción alarmante de casos. Durante décadas se popularizaron también combinaciones de anfetamina y barbitúrico para diagnosticar y tratar un cajón de sastre llamado «trastornos funcionales», una mezcla más tóxica que la suma de sus partes.
El tercer frente, el más persistente, es la obesidad. Bajo la etiqueta de «uso terapéutico legítimo» se sucedieron metanfetamina, fenmetracina y, más tarde, una larga lista de anorexígenos sintéticos. El patrón se repite con incómoda regularidad: cada variante prometía mantener el efecto adelgazante reduciendo el problemático, cada una acababa cuestionada, y en el intervalo se vendía. El conflicto de fondo no es solo farmacológico: una sustancia tomada contra una necesidad cotidiana —el hambre— exige administración cotidiana, justo lo que la tolerancia rápida convierte en una escalada.
Lectura crítica
El relato de las anfetaminas es, sobre todo, una lección sobre cómo se fabrica la legitimidad de una droga. No llegaron como amenaza: llegaron como solución, avaladas por médicos, marcas y prospectos, y su perfil real —tolerancia vertiginosa, daño orgánico acumulativo, riesgo psicótico— tardó décadas en imponerse al discurso comercial que las rodeaba. Mucho de lo que hoy damos por sabido se aprendió tarde y a costa de quienes las consumieron confiando en su respetabilidad.
Por eso este repaso es histórico y farmacológico, no una guía de uso. No encontrarás aquí dosis, pautas ni recomendaciones prácticas: la distancia entre dosis activa y dosis peligrosa es corta, la tolerancia distorsiona la percepción del propio riesgo y las interacciones —en especial con otros estimulantes o con depresores— pueden ser graves. Si el consumo de un estimulante se ha vuelto un problema, hablar con un profesional sanitario o con un servicio de reducción de riesgos no es un fracaso, sino la opción sensata. Buena parte del marco de este artículo procede de la obra divulgativa de Antonio Escohotado sobre la historia de las drogas, una fuente útil precisamente porque mezcla datos históricos con juicios personales que conviene leer con espíritu crítico.