
Un mercado que cambia de protagonista
Durante décadas, la heroína y la cocaína convivieron en los circuitos más marginales del consumo de drogas en Madrid como una pareja casi inseparable: dos sustancias complementarias que sostenían un mismo ecosistema de venta. Esa unión, descrita por el divulgador Eduardo Hidalgo como una de esas alianzas que parecían eternas, atraviesa hoy sus horas más bajas. El motivo es sencillo de enunciar y mucho más difícil de explicar: en buena parte de ese mercado, la heroína ha dejado de venderse.
Esta pieza recoge y reordena ese análisis de campo para mirar el fenómeno con cierta distancia. No describe cómo conseguir nada ni pretende orientar a ningún consumidor: es un intento de entender, desde fuera, qué está pasando en uno de los rincones menos visibles de la ciudad y por qué.
La heroína se evapora del centro
El primer dato es geográfico. En las zonas céntricas de trapicheo —el entorno de Gran Vía y sus calles próximas—, la heroína (el caballo, en argot) ha desaparecido casi por completo. Los mismos vendedores que la despacharon durante años ya no la ofrecen. La cocaína en su forma fumable, la base, ha pasado a monopolizar ese terreno, mientras la cocaína sin procesar circula de forma escasa y con una calidad irregular, casi siempre a la baja.
El segundo dato es periférico. En los poblados —con epicentro actual en la Cañada Real y reductos menores en otros puntos— el producto estrella vuelve a ser el crack. Sigue habiendo cocaína sin procesar y heroína, pero esta última aparece a menudo solo mezclada con coca, y en algunos puntos de venta ya ni eso. La fotografía es coherente en ambos extremos: la base manda y la heroína se ha vuelto residual.
Conviene subrayar algo que el propio análisis de partida insiste en remarcar: no estamos ante una simple falta de suministro. La heroína sigue estando disponible en origen. Si los vendedores quisieran ofrecerla, podrían hacerlo, como llevaban haciéndolo desde, al menos, los primeros años noventa. La pregunta, entonces, no es por qué no pueden, sino por qué ya no quieren.
Dos hipótesis sobre la mesa
Las causas de fondo son, casi con seguridad, mucho más complejas que cualquier explicación de andar por casa: reconfiguraciones del narcotráfico internacional, nuevas alianzas y competencias entre redes, altibajos en la producción en las grandes zonas de cultivo, factores geopolíticos difíciles de rastrear. Con esa cautela por delante, el análisis original apunta dos hipótesis más cercanas al terreno.
La primera es reputacional. Entre los propios consumidores y vendedores, la heroína arrastra hoy una mala fama que antes no tenía con tanta fuerza: se la asocia a dependencia física intensa y a una experiencia peor que la de la base. Ese cambio de percepción retrae a una parte de la clientela potencial, aunque no a toda: hay quien la tomaría si pudiera acceder a ella sin desplazarse a la periferia.
La segunda es farmacológica y económica a la vez. Heroína y cocaína se han usado tradicionalmente de forma combinada porque liman mutuamente sus aristas. La base produce efectos muy breves seguidos de un bajón pronunciado, lo que empuja al consumo compulsivo: la sesión no termina por saciedad, sino cuando se agota el dinero, el material o la resistencia física. La heroína, en cambio, tiene efectos más prolongados y produce un punto de saciedad; en combinación, modera la ansiedad asociada a la cocaína y «cierra» la sesión.
De ahí se deriva la conclusión más incómoda del análisis. Para un vendedor cuyo único objetivo es la rentabilidad a corto plazo, el cliente que combina ambas sustancias alcanza antes su tope y se retira antes a casa, gastando menos a lo largo de la noche —y probablemente del mes— que el consumidor exclusivo de base. Dicho de otro modo: vender solo crack puede resultar, fríamente, más lucrativo que vender crack y heroína.
Los poblados: otra escala, misma dirección
El caso de los grandes puntos de venta de la periferia es distinto al del trapicheo de calle. Hablamos de clanes asentados desde hace décadas, con clientela fija y una integración histórica en las redes de la heroína. Y, sin embargo, la tendencia apunta en la misma dirección: también allí la base es la reina, y también allí hay establecimientos que han optado por no vender heroína o por hacerlo solo mezclada con coca.
La explicación que se ofrece vuelve a ser económica. El volumen de venta de heroína ha sido siempre inferior al de la cocaína —se compra en menor cantidad y con menor frecuencia, a igual precio— y sus ingresos han ido menguando con los años. Un factor decisivo fue la extensión, desde mediados de los noventa, de los programas de mantenimiento con metadona, que redujeron de forma estructural la demanda de calle. Esa caída apenas se ha compensado con un perfil nuevo y minoritario: quien consume heroína de forma esporádica como cierre tras una noche de fiesta, alguien muy distinto del consumidor clásico de las décadas anteriores.
Sumando la menor demanda, la caída de ingresos y los vaivenes del narcotráfico internacional, el resultado es que, por primera vez en mucho tiempo, hay redes que prescinden de la heroína o la relegan a la mezcla. No porque alguien lo imponga, sino porque, en términos de negocio, ha dejado de compensar. La lógica de fondo es la de cualquier mercado: nadie deja de vender algo muy demandado y muy rentable. Si la heroína se retira es, en buena medida, porque para muchos vendedores ya no es ni lo uno ni lo otro.
Lectura crítica desde la reducción de riesgos
Nada de esto significa que el mercado de la heroína vaya a desaparecer. Lo que sí parece claro es que su peso se ha reducido drásticamente en los espacios tradicionales del narcotráfico madrileño. Y ese desplazamiento tiene consecuencias sanitarias que merecen mirarse con honestidad, aunque resulten incómodas.
Desde la reducción de riesgos, recomendar el consumo de cualquier droga sería un disparate, y no es lo que aquí se hace. Pero describir la realidad obliga a reconocer un matiz: en una población ya instalada en la exclusión social, el reemplazo de la heroína por un consumo intensivo y compulsivo de crack no augura nada bueno. La base, usada según esos patrones, comparte buena parte de los daños de la heroína y añade un desgaste neurológico severo, con mayor exposición a cuadros psiquiátricos —psicosis tóxicas, depresión, trastornos de ansiedad— que tienden a agravarse cuando no hay ninguna sustancia que module la sobreexcitación.
La conclusión razonable no es nostálgica ni apologética. Es estructural: cuando un mercado ilegal cambia de protagonista por pura lógica de beneficio, quienes pagan el coste de ese cambio son siempre los mismos, los que están más abajo. Y ahí, más que el debate sobre qué sustancia es «menos mala», lo que falta es acceso real a tratamiento, a programas de bajo umbral y a dispositivos de atención que hoy llegan tarde, mal o directamente no llegan.