
Dos sustancias que casi nunca viajaron solas
Quienes han trabajado en reducción de riesgos suelen repetir una idea incómoda para el imaginario popular: en los entornos de consumo más intensivos, la heroína y la cocaína rara vez aparecieron por separado. La asociación británica Lifeline llegó a describir esa convivencia con metáforas domésticas —el arroz y el curry, el yin y el yang—, una forma gráfica de señalar que, allí donde se vendía una, casi siempre se vendía la otra.
En la jerga de la calle esa pareja tenía nombres propios: duto para la heroína, kisha para la cocaína. Tomarlos como hilo conductor permite contar una historia que la opinión pública simplificó durante décadas, reduciéndola a la figura del «heroinómano» cuando la realidad de muchos usuarios era bastante más mestiza. Madrid sirve aquí como caso de estudio: una ciudad donde el mercado, los puntos de venta y los hábitos de consumo cambiaron tanto que cuesta reconocer en los 2000 lo que empezó en los 70.
Años 70: de los iniciados a la primera eclosión
El consumo lúdico de opiáceos no nació en aquella década, pero sí fue entonces cuando tomó la forma que reconocemos hoy. Hacia 1973 y 1974 existía apenas un círculo reducido de iniciados en la heroína ilícita, en buena parte jóvenes de clase media-alta que se abastecían entre ellos con el material que alguno traía de manera intermitente desde lugares como Tailandia o Ámsterdam. No había todavía un mercado estable, sino un goteo de suministro y una clientela mínima. En paralelo, un abanico social más amplio recurría ya a opiáceos farmacéuticos con fines recreativos, y la vía intravenosa estaba presente desde el principio.
La situación se aceleró a finales de la década. Las fuentes —tanto formales como testimoniales— sitúan en 1978 la primera gran eclosión del consumo, que esta vez implicó sobre todo a sectores juveniles de las clases trabajadoras. A partir de ese momento puede hablarse ya de un mercado ilícito en sentido pleno: puntos de abastecimiento fijos, redes con cierta organización y una distribución más o menos estable. Y, desde entonces, el mercado de la heroína quedó soldado al de la cocaína.
Fue un mercado peculiar por su aislamiento: funcionaba al margen del resto del comercio de sustancias ilegales y vendía, casi en exclusiva, esas dos. El trapicheo se repartía por el centro de la ciudad, entre los propios usuarios, mientras en la periferia empezaban a asentarse clanes que se dedicarían al narcotráfico durante décadas.
El matiz que la prensa de la época pasó por alto lo dejó claro un conocido testimonio antropológico de aquellos años, recogido en el libro La historia de Julián. Años de heroína y delincuencia. Su protagonista admitía que se consideraba «más yonki de la farlopa que de otra cosa» y que la heroína la usaba solo dos o tres veces al día «para quitarse el rebote». La etiqueta social decía una cosa; la práctica, otra.
Años 80 y 90: los «hipermercados» y el paso a fumar
Con el cierre de los 80, el menudeo callejero del centro fue cediendo terreno a un modelo más concentrado: los llamados hipermercados de la droga, asentamientos en barrios periféricos que en los 90 llegaron a acaparar la mayor parte del negocio. Nombres como Las Barranquillas o La Celsa se hicieron tristemente familiares. En todos ellos se despachaban, otra vez, heroína y cocaína.
El cambio más relevante de esos años no fue de plaza, sino de gesto. Buena parte de los usuarios fue abandonando la inyección de heroína para pasar a fumarla en papel de aluminio. Conviene una nota de reducción de riesgos: la idea —entonces extendida— de que fumar era «inofensivo» frente a inyectarse mezclaba una verdad y un error. Es cierto que la vía fumada reduce el riesgo de infecciones asociadas al material inyectable (VIH, hepatitis, abscesos), un factor decisivo en plena crisis del sida. Pero no convierte la sustancia en segura: la sobredosis, la dependencia y el daño respiratorio siguen presentes. Ningún cambio de vía elimina el riesgo; solo desplaza unos peligros y deja otros intactos.
En el centro, mientras tanto, el control del trapicheo fue cambiando de manos y la venta seguía haciéndose en plena calle. Y a finales de los 90 apareció un producto que reordenaría el tablero: la cocaína base, conocida como crack.
Años 2000: el giro que casi nadie esperaba
La irrupción del crack produjo un efecto curioso. En algunos enclaves céntricos, la cocaína en polvo —rebautizada como «cruda» para distinguirla de la base— empezó a escasear hasta casi desaparecer, un fenómeno que también se documentó en entornos de consumo de Reino Unido y Estados Unidos. En esas zonas pasó a predominar el consumo fumado tanto de cocaína base como de heroína.
En los grandes puntos periféricos, en cambio, siguió vendiéndose el surtido de siempre, ahora ampliado con base y con preparados que combinaban ambas sustancias. Cambiaban las presentaciones y las formas de consumo, pero la vieja alianza del duto y la kisha seguía intacta. Hasta que, ya entrada la década, esa unión empezó a resquebrajarse de un modo que pocos anticipaban: el momento en que las dos sustancias dejaron de viajar juntas merece su propio relato.
Lectura crítica
Esta historia se apoya en buena medida en relatos de protagonistas y en literatura testimonial, no en series estadísticas homogéneas. Eso la hace valiosa para captar matices que las cifras oficiales borran —como la disonancia entre la etiqueta «heroinómano» y un consumo en realidad bicéfalo—, pero también obliga a tomar fechas y porcentajes con cautela: la memoria reconstruye, simplifica y a veces dramatiza.
Conviene además resistir dos tentaciones. La primera, leer estos barrios y estas plazas como un problema meramente policial: detrás de cada asentamiento hubo exclusión social, vivienda precaria y políticas de drogas que, al empujar el consumo a los márgenes, multiplicaron los daños asociados. La segunda, idealizar el pasado o el cambio de vías de consumo: ni la heroína fumada fue inocua ni la desaparición de una sustancia del mercado significó menos sufrimiento, solo un sufrimiento distinto. Entender esta evolución sirve, sobre todo, para no repetir el error de confundir la gestión del estigma con la salud pública.