Hofmann, Huxley y Jünger: letras y psicodelia

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En breve: Cerramos esta serie sobre Albert Hofmann con el tramo final de su conferencia LSD: completamente personal (1996). En él, el químico repasa su relación con dos escritores que tendieron un puente entre la alta literatura y la experimentación psicoactiva del siglo XX —Aldous Huxley y Ernst Jünger— y reconstruye la sesión con psilocibina que ambos compartieron en 1962. Un episodio histórico que conviene leer con distancia crítica.

Dos escritores que cruzaron la frontera

La conferencia que Albert Hofmann pronunció en Heidelberg en 1996 lleva un título revelador: LSD: completamente personal. No es un texto de laboratorio, sino una memoria. Y en sus últimas páginas el descubridor de la dietilamida del ácido lisérgico no habla de moléculas, sino de amistades: las que mantuvo con dos figuras mayores de la literatura europea que, cada una a su manera, decidieron explorar la consciencia con sustancias. Antes de entrar en la célebre sesión que compartieron, merece la pena situar a ambos personajes.

Aldous Huxley: del laboratorio familiar a las puertas de la percepción

Aldous Huxley (Godalming, Inglaterra, 1894) nació en una de las dinastías intelectuales más reconocibles de su tiempo. Su abuelo, Thomas Huxley, fue el biólogo que defendió con más vehemencia las tesis de Darwin; su padre, Leonard, también se dedicó a la biología; por vía materna estaba emparentado con el poeta Matthew Arnold y con la novelista Mary Augusta Ward. Esa herencia científica y literaria convivió, sin embargo, con una biografía marcada por la pérdida: huérfano de madre a los catorce años, casi ciego poco después por una afección corneal y golpeado por el suicidio de su hermano mayor.

Encaminado al principio hacia la biología, acabó dedicándose al periodismo y a la novela. En 1932 publicó Un mundo feliz, su distopía más conocida, a la que acompañan títulos como Contrapunto o Ciego en Gaza. Tras la Segunda Guerra Mundial, su curiosidad viró hacia el misticismo y los estados modificados de consciencia. De la mano del psiquiatra Humphry Osmond —pionero de la investigación con psicodélicos— probó la mescalina, una experiencia que dio lugar a Las puertas de la percepción y Cielo e infierno, dos ensayos breves que pueden leerse como relatos de experiencia (lo que hoy llamaríamos trip reports) escritos por una pluma excepcional. Más tarde llegaría el contacto con la LSD y con el propio Hofmann, ya en los años sesenta. Sus textos sobre drogas se recogieron de forma póstuma en Moksha (1977).

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Su muerte se convirtió en uno de los episodios más comentados de la cultura psicodélica. Diagnosticado de un cáncer de garganta incurable, Huxley pidió por escrito a su esposa, ya sin voz, que le administrara LSD en sus últimas horas. Falleció el 22 de noviembre de 1963, el mismo día del asesinato de John F. Kennedy. Defendía que un trance tan decisivo como el morir no debía atravesarse bajo el embotamiento de los sedantes, sino con lucidez. Es una idea con fuerza poética, pero conviene recordar que se trata del deseo personal de un enfermo terminal en un contexto irrepetible, no de una recomendación clínica: el acompañamiento del final de la vida hoy se rige por criterios paliativos muy distintos.

Ernst Jünger, el «paseante de los límites»

Ernst Jünger (Heidelberg, 1895) tuvo una vida tan larga como contradictoria. De joven militó en el movimiento Wandervogel, se enroló en la Legión Extranjera y combatió condecorado en la Primera Guerra Mundial. Dejó el ejército en 1923, estudió filosofía y biología y se ganó la vida escribiendo. Vinculado a la llamada «revolución conservadora» de la República de Weimar, mantuvo después una posición ambigua y distante frente al nazismo, y trabó amistad con Martin Heidegger. Oficial de nuevo durante la Segunda Guerra Mundial y destinado al París ocupado, terminó vetado como autor por su pasado político hasta su rehabilitación en los años cincuenta, cuando pasó a ser reconocido como un clásico vivo de la literatura alemana.

Antes de conocer a Hofmann, Jünger ya había experimentado con cocaína, éter, cannabis y mescalina; el químico le acercaría después a la LSD. Esa veta atraviesa buena parte de su obra: en 1952 escribió Visita a Godenholm tras su primer contacto con la dietilamida, y en 1970 publicó Acercamientos: drogas y ebriedad, el libro donde acuñó el término «psiconautas» con el que esta misma publicación se reconoce. Murió en 1998, a punto de cumplir 103 años —alcanzó los 102, la misma edad que Hofmann—. Se definía a sí mismo como un «paseante de los límites», alguien que se asomó tanto al horror de la guerra moderna como al éxtasis de la creación.

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La sesión de 1962: psilocibina en casa de Jünger

Hofmann y Jünger no se limitaron a discutir sobre «drogas mágicas» por carta. En la primavera de 1962 organizaron una sesión para comparar los efectos de la LSD y la psilocibina, celebrada en la casa del escritor. Al encuentro se sumaron el farmacólogo Konzett y el orientalista Rudolf Gelpke, que ya había ensayado con ambas sustancias —obtenidas directamente de los laboratorios Sandoz— y había narrado sus propias travesías interiores.

El relato de Hofmann tiene algo de puesta en escena ritual. Recordando que las antiguas crónicas describían cómo los aztecas tomaban cacao antes de ingerir teonanácatl, Liselotte Jünger sirvió chocolate caliente y dejó solos a los cuatro. La estancia —suelo oscuro, chimenea blanca, grabados franceses, un ramo de tulipanes— y la indumentaria elegida (un caftán egipcio, un quimono chino, batas) buscaban deliberadamente dejar atrás lo cotidiano. Al caer la tarde ingirieron el principio activo aislado, no las setas.

Lo interesante, para una lectura actual, es que la crónica desmiente el tópico de que un psicodélico equivale siempre a una experiencia luminosa. A Hofmann la psilocibina no le devolvió las imágenes idílicas de su infancia que esperaba, sino ciudades abandonadas de «mortífero esplendor», una luz fría y deshumanizada, y un miedo a la muerte que le hizo agarrarse del brazo de Gelpke para no «hundirse en la nada». Mientras tanto veía a Jünger como un coloso que disertaba en voz alta sobre Schopenhauer, Kant y Hegel. Solo pasada la medianoche, ya «de vuelta», compartieron cena y música de Mozart, y prolongaron la conversación hasta el amanecer.

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Hofmann incluyó este episodio en LSD: cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo —editado en español también como Mi hijo problemático—, y Jünger lo contó desde su propia perspectiva en Acercamientos. Para el químico, la moraleja era que la existencia plena exige conocer los dos extremos, «cielo e infierno», y que estas sustancias pueden empujarnos hasta los límites de lo experimentable. La conferencia se cierra con una anécdota que Jünger le refirió: un desconocido le telefoneó de madrugada para revelarle el «verdadero» significado de LSD, Liebe Sucht Dich, «el amor te busca».

Lectura crítica

El texto de Hofmann es un documento de época, no un protocolo. Vale la pena leerlo con varias cautelas. La primera, sobre el propio Jünger: su tesis de que la trascendencia química debía reservarse a una élite —frente al impulso democratizador de Huxley— era ya una postura elitista y discutible en su día, y conviene no confundir su prestigio literario con autoridad sobre el asunto.

La segunda, sobre el marco. Aquellas eran autoexperimentaciones de un grupo reducido de hombres con acceso privilegiado a sustancias farmacéuticas, sin los criterios de seguridad, consentimiento y acompañamiento que hoy exige la investigación clínica con psicodélicos. El propio relato de un Hofmann sobrepasado por el miedo a la muerte ilustra que incluso la mística mejor escenificada puede derivar en experiencias angustiosas. La psilocibina y la LSD están contraindicadas en personas con antecedentes psicóticos o ciertas patologías cardiovasculares, e interaccionan con varios fármacos; este artículo es divulgación histórica, no una guía de uso.

Por último, la dimensión literaria. El gran legado de Huxley y Jünger en este terreno no es haber «probado» nada, sino haber aportado un lenguaje —el de la fenomenología de la experiencia interior— que la cultura psiconáutica posterior heredó casi sin filtro. Conviene disfrutar de ese lenguaje sin tomarlo por descripción objetiva: toda crónica de un estado modificado de consciencia es, antes que nada, una obra de autor.

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