
Por qué seguir leyendo a Escohotado
Pocos nombres resultan tan reconocibles en el debate español sobre las sustancias psicoactivas como el de Antonio Escohotado Espinosa. Para buena parte del público es, ante todo, el autor de la Historia general de las drogas y la voz que, durante décadas, defendió en artículos y platós televisivos una idea concreta: la normalización. Le interesaba menos la legalización, porque esta presupone aceptar de partida que esas sustancias son objetos prohibidos —una anomalía— en lugar de devolverles, sin más, el estatus de cosas corrientes en el mundo que habitamos.
Conviene tomarse esa distinción con espíritu crítico y no como dogma. Escohotado fue un divulgador brillante y también un polemista que escribía desde una posición ideológica muy marcada; reconstruir su trayectoria no es suscribirla. Empecemos por el principio.
Un filósofo difícil de encasillar
Escohotado figura en repertorios de pensadores del siglo XX. Políticamente se reivindicaba liberal, en la estela de David Hume y Thomas Jefferson, y rechazaba la vieja dicotomía izquierda-derecha en favor de otro eje: libertad frente a autoritarismo. Tomaba partido por la primera y desconfiaba de cualquier versión del segundo, viniera de donde viniera.
Su curiosidad fue desbordante. Escribió sobre Aristóteles, Hegel, los presocráticos, la filosofía de la ciencia o el pensamiento económico, lo que más de una vez le valió la irritación de especialistas celosos de su parcela. Él mismo resumía esa actitud: «Lo que en esta vida me ha mantenido en una actitud de independencia es muchísimo amor y curiosidad intelectual. No admito estancamientos porque a mí lo que me gusta es estudiar y conocer; eso no tiene fin». No es casual que dos de sus referentes fueran Aristóteles y Hegel, máximos exponentes del saber enciclopédico.
Profesor de Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales, trabajador nocturno, llegó a ordenar sus valores supremos en una tríada provocadora: primero el cultivo del conocimiento; después el amor; y en tercer lugar la ebriedad, entendida como consumo de sustancias psicoactivas. Una jerarquía pensada, en buena medida, para incomodar a un entorno que él consideraba apegado a lo inmediato y lo material.
Del «trópico pagano» a la meseta nacionalcatólica
Filósofo, jurista, sociólogo, escritor, traductor, psiconauta y padre de siete hijos fruto de tres matrimonios, Escohotado nació en Madrid en 1941. Entre 1946 y 1956 vivió en Río de Janeiro, donde su padre ejercía de agregado de prensa de la embajada española. El regreso lo describió como un salto «del trópico pagano al nacional-catolicismo mesetario» de los años cincuenta.
Su vocación temprana fue la Filosofía «con mayúsculas», con la ambición utópica de redactar una Historia del pensamiento occidental. Aun así se matriculó también en Derecho, atendiendo al socorrido consejo familiar de que «la Filosofía no tiene salidas y el Derecho sí». No fue un niño dócil: en alguna entrevista recordó que estuvieron a punto de expulsarlo del colegio por blasfemo tras meter sapos en el sagrario.
La universidad supuso un primer choque para su carácter independiente. La entonces Facultad de Filosofía y Letras le pareció «un diálogo de sordos entre neotomistas, neopositivistas y neomarxistas». Años después extendería ese desdén a la moda posmoderna, a la que despachaba como «dogmáticos vestidos de no dogmáticos». Decepcionado con la carrera de Filósofo, terminó solo la de Derecho, aprobó unas oposiciones del Instituto de Crédito Oficial y compaginó el trabajo de asesor jurídico con la docencia como profesor ayudante.
Primeras investigaciones y primer contacto con el LSD
El joven Escohotado apuntaba ya inquietudes psiconáuticas. Su primer artículo publicado, «Alucinógenos y mundo habitual», apareció en la Revista de Occidente en 1967 y recogía sus tempranas investigaciones sobre el tema, tras haberse iniciado con LSD un par de años antes. El historiador Juan Carlos Usó lo sitúa dentro de un grupo de jóvenes intelectuales —junto a nombres como Fernando Savater, Carlos Moya, Mariano Antolín Rato o Leopoldo María Panero— que probaron la sustancia a mediados de los sesenta. Según ese relato, las primeras dosis habrían llegado a través de militares estadounidenses de la base de Torrejón de Ardoz, a un precio entonces muy alto.
Más allá de la anécdota, en aquel artículo asomaba ya su programa de fondo: reclamar conocimiento farmacológico frente a la ignorancia y el miedo. Es una tesis que conviene matizar. Saber qué es una sustancia, cómo actúa y qué riesgos comporta es, en efecto, preferible a la desinformación; pero el conocimiento no anula los peligros. El LSD y otros psicodélicos pueden precipitar crisis de ansiedad intensas, descompensar cuadros psiquiátricos latentes e interactuar con otros fármacos. La curiosidad ilustrada que Escohotado defendía no equivale a inocuidad.
Hegel, una tesis bloqueada y el primer libro
Su faceta de erudito se manifestó pronto: redactó su tesis doctoral —sobre Hegel— antes incluso de terminar la carrera. De haberse leído en 1968, como estaba previsto, habría sido el primer ensayo presentado en España sobre el filósofo alemán. Sin embargo, el decano que presidía el tribunal la consideró anticatólica y fue retrasando su lectura pública. Acabó defendiéndose en 1970 con el título «La filosofía moral del joven Hegel, con especial referencia al concepto de la ley», y se publicó en 1972 en la Revista de Occidente como La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía hegeliana de la religión, con buenas reseñas y un premio de crítica.
El bloqueo de la tesis hizo que su primer libro editado fuera en realidad otro: Marcuse: utopía y razón (Alianza Editorial, 1969), donde analizaba cómo Marcuse fundía a Hegel con Marx y Freud. La cronología, invertida por la censura académica de la época, dice bastante sobre el clima en el que se formó.
Ibiza freak: estudio, traducción y experimentación
En 1970 dejó su empleo en el ICO y se marchó a Ibiza, en pleno apogeo del movimiento hippie. «Dejé aquello —buen empleo, buen sueldo, importante status— por irme de aventura, a descubrir otros mundos», explicaría después. Juan Carlos Usó ha documentado cómo, tras el Verano del Amor de 1967 y la resaca de Mayo del 68, se produjo una diáspora juvenil que convirtió a Ibiza y a Katmandú en santuarios. A España los primeros hippies llegaron en 1967, atraídos por la devaluación de la peseta, y con ellos viajaron el LSD y otras sustancias.
Escohotado se instaló en la isla a comienzos de los setenta y permaneció hasta 1983, dedicado a estudiar y traducir en una casa humilde, sin luz ni agua. Él mismo se distanciaba de la etiqueta: «Más que hippy, fui freak: quería vivir en la naturaleza, hacer la revolución sexual e investigar con las drogas, pero sin creer en místicas». Su temperamento erudito le mantenía lejos de la búsqueda de gurús, las dietas macrobióticas y la estética de mercadillo. Años más tarde describiría aquella contracultura como «algo pueril y abrumadoramente victoriosa al nivel del gusto», disuelta sin grandes traumas y con una estela tan dispar como sus protagonistas.
En lo político vivió la deriva habitual de los universitarios españoles de su generación: cercano a la izquierda, llegó a presentarse en la embajada de Vietnam del Norte en París con la intención de alistarse en el Vietcong. Le respondieron que allí no sobreviviría ni una semana. Aquellas veleidades, confesaba, se le pasaron pronto.
Lectura crítica
Conviene leer esta semblanza con varias cautelas. La primera es de fuentes: buena parte de los datos biográficos procede de entrevistas y de relatos del propio Escohotado, además de la investigación histórica de Juan Carlos Usó sobre la cultura psicoactiva española; allí donde la memoria personal es la única autoridad, las fechas y las cifras deben tomarse como aproximadas.
La segunda es ideológica. Escohotado escribió desde un liberalismo militante y una clara voluntad polémica. Su defensa de la «normalización» tiene fuerza argumental, pero no es una verdad neutra: convive con un debate vivo sobre regulación, salud pública y desigualdad en el acceso. Admirar su erudición no obliga a compartir sus conclusiones.
La tercera es de salud. Esta es una pieza biográfica y de historia cultural, no una guía de consumo. Nada de lo aquí narrado debe leerse como invitación a experimentar: los psicodélicos que jalonaron su trayectoria conllevan riesgos reales, especialmente para personas con antecedentes psiquiátricos, y su uso responsable —cuando existe— pasa por contextos informados y por la reducción de riesgos, no por la imitación de una época.
(Continuará en una segunda entrega.)