DMT: la triptamina que llevamos dentro

Artículos relacionados

En breve: La N,N-dimetiltriptamina aparece en plantas, animales y en el propio organismo humano. Repasamos cómo se describió por primera vez, quién la sintetizó (Manske, Szára), cómo se confirmó que el cuerpo la produce y por qué la etiqueta de «molécula del espíritu» de Rick Strassman dice más sobre nuestras expectativas que sobre la bioquímica. Una lectura divulgativa y crítica, sin instrucciones de uso.

Una molécula sencilla con muy mala (o muy buena) fama

La N,N-dimetiltriptamina —DMT para abreviar— es, desde el punto de vista químico, una estructura modesta: una triptamina con dos grupos metilo. Esa sencillez contrasta con la desproporción de lo que se le atribuye, desde visiones abrumadoras hasta supuestos contactos con «entidades». Antes de entrar en esa zona resbaladiza conviene fijar lo que sí está documentado, que ya es bastante singular: el DMT no es solo una sustancia que se encuentra ahí fuera, sino una que nuestro propio cuerpo sabe fabricar.

El DMT está repartido por la biosfera

El DMT aparece en una variedad notable de seres vivos: plantas, semillas, cortezas, raíces, hongos, e incluso en tejidos de mamíferos y anfibios. El químico Alexander Shulgin le dedicó un capítulo entero en TiHKAL titulado, precisamente, «DMT is Everywhere», insistiendo en lo ubicuo del compuesto. Conviene leer ese «está en todas partes» con cabeza fría: estar presente no equivale a estar presente en cantidades relevantes, ni a que cumpla la misma función en cada organismo. Donde sí ha tenido un papel cultural sostenido es en determinadas plantas de Sudamérica, integradas desde hace siglos en prácticas rituales.

Los primeros relatos europeos: Amazonía, siglo XIX

A mediados del siglo XIX, exploradores como el botánico inglés Richard Spruce y, antes, el naturalista alemán Alexander von Humboldt dejaron por escrito el uso de preparados psicoactivos por parte de pueblos indígenas. Esos polvos y brebajes —conocidos con nombres como yopo, epená o jurema— se administraban en dosis muy elevadas y, en algunos casos, soplados por la nariz con un tubo por parte de un ayudante. Los cronistas describieron estados intensos y abruptos, con malestar físico marcado, y recogieron testimonios de visiones, sensaciones de salida del cuerpo y supuesto contacto con ancestros.

En paralelo circulaba otro preparado, esta vez en forma de bebida, de efectos más graduales: la ayahuasca o yagé, asociada a una abundante iconografía que hoy llamaríamos, con cierto anacronismo, «arte psicodélico». Estos relatos son valiosos como testimonio histórico, pero están filtrados por la mirada colonial de quien los escribió; hay que tomarlos como crónica, no como descripción neutra.

Manske: la síntesis que durmió en un cajón

Mientras esas muestras vegetales se archivaban en museos europeos, el químico canadiense Richard Manske sintetizó en 1931, por una vía independiente y sin relación con aquellas plantas, la molécula que hoy llamamos DMT. Anotó su estructura y la guardó. Nadie sospechaba entonces que ese compuesto coincidía con el principio activo de los preparados amazónicos, ni que tuviera efectos sobre la mente, ni mucho menos que el cuerpo humano lo produjera. El interés científico tardaría aún un par de décadas en despertar.

Leer más  Ibogaína para el tratamiento de las adicciones

El giro de los años cincuenta: triptaminas bajo el microscopio

El descubrimiento del LSD y la caracterización de la serotonina sacudieron a comienzos de los años cincuenta los cimientos de la psiquiatría de la época y contribuyeron a cimentar la naciente neurociencia. Los investigadores —que empezaron a llamarse «psicofarmacólogos»— se lanzaron a aislar los principios activos de aquellas plantas descritas un siglo antes. La familia de las triptaminas se volvió un foco lógico: tanto el LSD como la serotonina pertenecen, en sentido amplio, a ese linaje químico.

Stefan Szára: la autoexperimentación como atajo

El químico y psiquiatra húngaro Stefan Szára quiso estudiar el LSD, pero los laboratorios Sandoz declinaron enviárselo: vivía al otro lado del Telón de Acero y la empresa temía que el compuesto acabara en manos soviéticas. Lejos de frenarlo, el rechazo lo orientó hacia el DMT, que sintetizó en su laboratorio de Budapest en 1955.

Szára ingirió dosis crecientes por vía oral sin notar nada. De ahí dedujo, con buen olfato, que algo en el aparato digestivo lo estaba inactivando —intuición que se adelantó a la comprensión del mecanismo enzimático que las culturas amazónicas habían aprendido a sortear por otras vías. En 1956 probó la inyección intramuscular y describió el efecto en primera persona. Reproducimos un fragmento de su relato como documento histórico, no como invitación: «Al cabo de 3 o 4 minutos empezaron las sensaciones visuales… imágenes alucinatorias, motivos de vivos colores en movimiento… Los rostros parecían máscaras. Mi estado emocional llegaba a la euforia… Al cabo de tres cuartos de hora los síntomas desaparecieron y pude describir los efectos.»

Que un investigador se experimentara sobre sí mismo y sobre voluntarios era práctica común en aquella época, pero por los estándares éticos actuales —consentimiento informado, comités de revisión— buena parte de aquellos ensayos serían hoy inaceptables. Es un contexto que conviene tener presente al leer estos testimonios.

DMT frente a LSD: la cuestión de la duración

Szára reclutó a una treintena de voluntarios, en su mayoría jóvenes médicos. Los relatos que recogió oscilaban entre la euforia mística («el mundo entero brilla… tengo la sensación de volar») y una inquietante atracción por no regresar («sería tan fácil no volver»). Esa ambivalencia —entre lo luminoso y lo angustioso— es justamente lo que la retórica entusiasta tiende a borrar.

A Szára le atraía del DMT su brevedad: una experiencia que cabía en pocas horas, frente a la jornada entera que ocupaba el LSD. Tras salir de Hungría a finales de los cincuenta y emigrar después a Estados Unidos, siguió investigándolo durante décadas en los institutos nacionales de salud de Bethesda (Maryland), donde llegó a dirigir investigación clínica en el National Institute on Drug Abuse antes de jubilarse en 1991.

Leer más  Hofmann y Huxley: el LSD entre el azar y la visión

Otros equipos confirmaron sus hallazgos, incluido el dato de que el DMT necesitaba administrarse por vía parenteral para hacer efecto. Curiosamente, casi nadie más aportó descripciones psicológicas tan detalladas: los informes de otros centros se limitaban a fórmulas frías como «ansiedad, alucinaciones y distorsiones perceptivas», o reducían la experiencia a un número en una escala. Esa pobreza descriptiva no es casual: refleja un clima científico cada vez más reticente a tomarse en serio estos estados.

El hallazgo decisivo: un psicodélico que fabricamos nosotros

Durante años el DMT quedó como una curiosidad farmacológica a la sombra del LSD. El panorama cambió cuando se detectó en tejidos animales y, después, humanos. En 1965 se publicó en Nature la identificación de DMT en sangre humana; investigaciones posteriores lo señalaron también en orina y líquido cefalorraquídeo, y se describieron las rutas enzimáticas por las que el organismo lo produce. El DMT pasaba así a ser considerado un psicodélico endógeno: generado dentro del propio cuerpo.

El contraste con otro descubrimiento de la época es revelador. Las endorfinas —los opioides endógenos— se convirtieron en un hito celebrado y reconocido. El DMT endógeno, en cambio, llegó en plena ola de rechazo institucional a los psicodélicos, y su estudio se vio frenado durante años. Una misma clase de hallazgo, dos destinos muy distintos según el clima político del momento.

¿Qué hace ahí dentro? Donde el dato se acaba

La pregunta «¿para qué fabrica el cuerpo DMT?» no tiene, a día de hoy, una respuesta cerrada. La psiquiatría de mediados del siglo XX la zanjó de la forma más tosca: relacionándolo con la esquizofrenia, hipótesis que no se sostuvo. Lo que sí sabemos es que el DMT actúa sobre receptores de serotonina —los mismos sistemas que median los efectos de LSD, psilocibina y mescalina—, presentes por todo el organismo, y que el cerebro lo metaboliza con enorme rapidez gracias a las enzimas monoaminooxidasas (MAO). Esa degradación veloz explica lo fugaz de sus efectos.

Hay un detalle que sí intriga legítimamente a los investigadores: algunos trabajos sugieren que el cerebro no se limita a tolerar el DMT, sino que dispone de mecanismos de transporte para introducirlo a través de la barrera hematoencefálica, esa aduana que filtra con severidad qué entra en el tejido nervioso. Si se confirmara y se precisara su alcance, sería razonable preguntarse por qué el organismo gasta energía en ello. Pero conviene marcar la frontera con claridad: de «el cuerpo transporta y produce esta molécula» no se deduce que tenga una función espiritual, ni que las concentraciones fisiológicas normales basten para alterar la consciencia. Ahí es donde el relato suele adelantar a la evidencia.

«La molécula del espíritu»: una etiqueta, no una conclusión

La expresión procede del psiquiatra Rick Strassman, que en los años noventa realizó en la Universidad de Nuevo México los primeros estudios clínicos con DMT en humanos tras décadas de parón, y los popularizó en su libro DMT: The Spirit Molecule (2001). Strassman planteó que el DMT podría inducir de forma fiable estados que solemos calificar de «espirituales»: sensación de intemporalidad, de unidad, la convicción de que aquello es «más real que lo real», e incluso supuestos encuentros con presencias.

Leer más  Entrevista a Tucara

Es importante leer esto como lo que es: una hipótesis especulativa, formulada por su propio autor con cautela y muy debatida desde entonces. La idea de que el DMT se libera de forma masiva en el nacimiento, la muerte o las experiencias cercanas a la muerte es atractiva como metáfora, pero carece de respaldo empírico sólido; tampoco está demostrado que la glándula pineal —a la que la cultura popular asocia el compuesto— lo produzca en cantidades funcionalmente significativas en humanos. Que una molécula provoque experiencias interpretadas como espirituales no convierte a esas experiencias en pruebas de nada externo: dice, sobre todo, cómo está cableado nuestro cerebro para generar y dotar de sentido a esos estados. El propio Strassman insiste en que la sustancia no es «espiritual» por sí misma, sino, en todo caso, un vehículo; y un vehículo puede llevar tanto al éxtasis como al terror.

Lectura crítica y reducción de riesgos

El DMT es un buen ejemplo de cómo un dato fascinante —somos, en parte, una fábrica de psicodélicos— se estira hasta convertirse en mitología. Algunas claves para no perder pie:

  • Distingue el hallazgo de la interpretación. Que el cuerpo produzca DMT está bien establecido; que eso «demuestre» la pervivencia de la consciencia o la existencia de otros planos es una lectura filosófica, no un resultado de laboratorio.
  • Desconfía de las certezas redondas. Tanto el «es la prueba del alma» como el «es solo un artefacto metabolico sin importancia» simplifican un asunto que la ciencia todavía no ha cerrado.
  • Los testimonios históricos no son protocolos. Las autoexperimentaciones de los años cincuenta se hicieron sin las garantías éticas que hoy consideramos imprescindibles.
  • El riesgo es real, no anecdótico. Estas experiencias pueden ser psicológicamente desestabilizadoras, y las combinaciones con inhibidores de la MAO conllevan interacciones peligrosas, incluidas las farmacológicas. Quien atraviese un momento de vulnerabilidad psíquica, o conviva con antecedentes de psicosis, está especialmente expuesto. Ante dudas de salud, la referencia es un profesional sanitario, no un foro.

Psiconáutica documenta y divulga; no anima a consumir ni ofrece pautas de uso. El interés del DMT, para nosotros, está en lo que revela sobre la frontera entre química, mente y cultura, y en lo fácil que resulta cruzar esa frontera con más entusiasmo que evidencia.

Sigue leyendo en Psiconáutica

More on this topic

Comments

Advertismentspot_img

Popular stories