DMT y depresión: qué muestran los primeros ensayos clínicos

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Redacción Psiconáutica

En breve

  • Un ensayo de fase IIa aleatorizado y con placebo, publicado en Nature Medicine (2026), probó una dosis única de DMT intravenosa en 34 personas con depresión mayor moderada o grave.
  • El grupo que recibió DMT mejoró significativamente más que el grupo placebo en la escala MADRS: una diferencia de -7,35 puntos a las dos semanas (p=0,023) y aún mayor a la semana (-10,75; p=0,002).
  • Es un resultado prometedor pero preliminar: muestra pequeña, efecto medido a corto plazo y administrado en un entorno clínico con acompañamiento psicológico. No es una prueba de «cura».

La dimetiltriptamina (DMT), uno de los psicodélicos de acción más breve, acaba de superar una prueba que hasta ahora casi ningún compuesto de este tipo había pasado con este rigor: un ensayo clínico aleatorizado y controlado con placebo en personas con depresión mayor. Los resultados, publicados en Nature Medicine, indican que una sola dosis intravenosa redujo los síntomas depresivos de forma rápida y estadísticamente significativa frente al placebo. Es una señal alentadora, pero conviene leerla con la calma que exige un estudio de fase temprana.

El estudio

El trabajo, firmado por David Erritzoe, Tommaso Barba, Robin Carhart-Harris, David Nutt y colaboradores del Imperial College de Londres junto al equipo del promotor (SPL026), se publicó en Nature Medicine el 16 de febrero de 2026. Se trata de un ensayo de fase IIa, doble ciego, aleatorizado y controlado con placebo, es decir, el diseño que se considera estándar para evaluar si un fármaco funciona de verdad y no por sugestión o azar. Participaron 34 adultos con depresión mayor moderada o grave. Cada persona recibió una dosis única de 21,5 mg de DMT (fumarato) por vía intravenosa, infundida a lo largo de diez minutos, o bien un placebo. La sesión se acompañó de apoyo psicoterapéutico centrado en la flexibilidad psicológica, tanto en la preparación como en la integración posterior. Tras la fase ciega, hubo una fase abierta en la que algunos participantes recibieron una segunda dosis.

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Qué se encontró

La medida principal fue la escala MADRS, una de las herramientas más utilizadas para cuantificar la intensidad de la depresión. A las dos semanas, quienes recibieron DMT mejoraron de media 7,35 puntos más que el grupo placebo (intervalo de confianza del 95 %: -13,62 a -1,08; p=0,023; tamaño del efecto d=0,82). El efecto fue todavía mayor a la semana de la sesión: una diferencia de 10,75 puntos (IC 95 %: -16,95 a -4,55; p=0,002; d=1,09). En otras palabras, la mejoría apareció pronto, en los primeros días tras la administración. Sumando a todos los participantes que recibieron una o dos dosis, a los tres meses la tasa de remisión fue del 40 % y la de respuesta del 44 %.

En cuanto a la seguridad, no hubo acontecimientos adversos graves. La mayoría de los efectos fueron leves o moderados: dolor en el punto de infusión (13 casos tras DMT frente a 3 con placebo), náuseas (6 tras DMT) y ansiedad (6 tras DMT), coherentes con la naturaleza intensa y breve de la experiencia. La segunda dosis se toleró incluso mejor que la primera.

Qué significa (y qué no)

El dato más llamativo es la rapidez. Los antidepresivos convencionales suelen tardar semanas en hacer efecto, mientras que aquí la mejoría se apreció en días tras una sola sesión. Eso, unido a que la DMT actúa durante minutos y no horas, la convierte en una candidata atractiva para investigar en un formato clínico más manejable que otros psicodélicos de acción larga.

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Ahora bien, honestidad en ambas direcciones. Se trata de un ensayo de fase IIa con solo 34 personas: una muestra pequeña, con subgrupos aún más reducidos y poco margen para análisis finos. El efecto principal se midió a corto plazo (dos semanas), y aunque hay datos de seguimiento a tres meses, la durabilidad real a largo plazo todavía está por confirmar en estudios mayores. La muestra fue además poco diversa (en torno al 88 % de participantes de origen europeo) y excluyó a personas con antecedentes de intentos graves de suicidio, de modo que los resultados no se pueden extrapolar sin más a cualquier paciente. Los propios autores señalan que no evaluaron si el «ciego» se mantuvo intacto —un reto crónico en la investigación con psicodélicos, porque el efecto subjetivo es difícil de disimular— ni pudieron separar del todo el papel del fármaco del papel del acompañamiento psicológico que lo envolvió.

Ese último punto es clave y suele perderse en los titulares: la DMT de este ensayo no se administró sola, sino dentro de un marco terapéutico cuidado, con preparación e integración. No es una pastilla que se tome en casa, sino una intervención clínica supervisada. Presentarla como un «milagro» o una «cura» sería tan poco riguroso como descartarla por prejuicio. Lo que muestra este trabajo es una señal prometedora que justifica seguir investigando, con ensayos más grandes, más diversos y con seguimientos más largos, antes de sacar conclusiones sobre su uso real. En el plano regulatorio, la DMT sigue siendo, hoy, una sustancia controlada en la mayoría de países; su empleo se limita al contexto de la investigación autorizada. Ese es el terreno donde, por ahora, esta evidencia cobra sentido.

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