
La pregunta de fondo: ¿qué es real para el cerebro?
En la primera parte de esta serie repasamos las bases neurobiológicas de las visiones que producen los enteógenos, con la ayahuasca como protagonista por ser la sustancia con la que se han hecho la mayoría de los estudios disponibles. Quedaba pendiente la cara más psicológica del asunto: qué ocurre, en términos de procesos mentales, cuando alguien «ve» con los ojos cerrados. Para acercarse a eso, la investigación recurre a lo que en psicología se llaman paradigmas: diseños experimentales pensados para aislar un proceso concreto. Igual que se usan ilusiones ópticas para estudiar el sistema visual o listas de palabras para estudiar la memoria, aquí se pide a los voluntarios que realicen tareas visuales bajo el efecto de un alucinógeno y se observa qué pasa.
El estudio de neuroimagen: fotografiar la visión interior
Entre la publicación de la primera y la segunda parte de esta serie apareció, en una revista de neurociencia de primer nivel, un estudio que aplicaba justamente uno de esos paradigmas con resonancia magnética funcional (fMRI). Es un trabajo bisagra: la fMRI permite «fotografiar» qué áreas se encienden mientras se ejecuta una tarea, de modo que tiende un puente entre los estudios puramente biológicos —dar la sustancia y ver qué ocurre— y los puramente psicológicos.
Participaron nueve personas con amplia experiencia en el uso de ayahuasca. Cada una pasó por dos escáneres: uno en condiciones basales, sin haber tomado nada, y otro unos cuarenta minutos después de beber la infusión, además de varios cuestionarios de efectos repartidos a lo largo de la sesión. La tarea se organizaba en bloques de tres pasos: primero miraban de forma pasiva imágenes de personas, animales o árboles; después cerraban los ojos e intentaban recrear mentalmente esa misma imagen; por último observaban una imagen de control hecha con los mismos píxeles, pero desordenados.
El hallazgo central es llamativo. Las áreas cerebrales que se activaban al mirar las imágenes en condiciones normales eran prácticamente las mismas que se encendían al imaginarlas bajo los efectos de la ayahuasca. En cambio, antes de tomar nada, imaginar esas imágenes apenas movilizaba esas áreas, igual que tampoco lo hacían las imágenes despixeladas. Dicho de otro modo: para el cerebro, mirar una imagen estando sobrio se parece mucho a imaginarla estando bajo los efectos. Ahí podría estar parte de la explicación de por qué muchas personas que beben ayahuasca conceden a la experiencia el mismo estatus de realidad que a la realidad cotidiana: si los mecanismos neuronales que las sostienen son los mismos, la frontera se difumina.
El estudio aportó además dos detalles relevantes. El primero, la intensa activación de áreas occipitales —la parte posterior del cerebro, encargada del procesamiento visual—, y de forma especial de la región conocida como BA17, que los autores vinculan al campo visual periférico. Fue la única activación que correlacionó con las puntuaciones de tipo psiquiátrico, lo que sugiere que la paranoia u otros síntomas que a veces asoman durante la experiencia podrían arrancar en esa activación, antes que en el contenido concreto de lo que la persona está pensando. El segundo, al analizar la conectividad funcional entre las distintas áreas, ese mismo foco occipital aparecía dirigiendo el efecto global, seguido de regiones parahipocampales y frontales.
Por qué a veces basta con abrir los ojos
Si se acepta la lectura de los autores, esta peculiar coreografía cerebral encajaría con una idea práctica que el mundo ayahuasquero conoce de sobra: que para frenar una espiral de malestar muchas veces basta con abrir los ojos. Hacerlo interrumpiría el predominio de esa actividad occipital y devolvería el control a otros circuitos. En la misma línea encajarían recursos como el soplo o los cantos del facilitador, que, más que «razonar» con la persona, reconducen su atención.
Conviene tomar esto con pinzas: es una hipótesis razonable, no una conclusión cerrada. Aun así, tiene cierta coherencia interna. Las vivencias paranoides suelen organizarse en torno a lo que ocurre «alrededor» —sentirse vigilado, intuir que se habla a nuestras espaldas—, de modo que no sorprendería que regiones ligadas a la visión periférica tengan que ver con ellas. Y de ahí se desprende una intuición útil para acompañar: probablemente lo más contraproducente ante un mal momento sea abrumar a la persona con palabras y argumentos, cuando modular el entorno suele ser más eficaz.
Una diferencia con el estudio comentado en la primera parte —donde no se activaban estas áreas visuales— ayuda a entenderlo. Allí los voluntarios simplemente reposaban sin instrucción alguna; aquí se les pedía mirar o imaginar de forma activa. Es posible que todo el proceso se dispare cuando la persona trae a la memoria imágenes internas cargadas de significado biográfico, y que entonces lo recordado adquiera el mismo peso que lo real. Que BA17 participe en eso no es nuevo: ya se sabía, por estudios de imaginería mental, que el «ojo de la mente» se apoya en estas regiones. Lo interesante es la implicación de fondo: para el cerebro, lo que el ojo interior ve bajo un enteógeno es tan real como lo que ve sin él. Y eso devuelve, inevitablemente, a una vieja pregunta: ¿qué es exactamente la realidad?
Los mecanismos psicológicos: un experimento con MDA
Faltaba la tercera pata: los mecanismos estrictamente psicológicos. Y aquí la bibliografía experimental —no las teorías psicodinámicas, sino los datos de laboratorio— es casi un desierto. En la práctica existe un único estudio de referencia, publicado en una revista de acceso abierto, que merece la pena resumir.
Sus autores parten de que las alucinaciones, en sentido clínico, suelen explicarse por una combinación de tres fenómenos no excluyentes: una pérdida de capacidad perceptiva o sensorial; un aumento anómalo de actividad neuronal (como ocurre en ciertas migrañas con aura o en algunas epilepsias); o alteraciones en el procesamiento cognitivo de la información. Para poner a prueba cada hipótesis eligieron un fármaco modelo, la MDA, y, en el momento álgido de sus efectos, sometieron a los voluntarios a tres pruebas perceptivas distintas.
La elección de la sustancia tiene su lógica y sus servidumbres. La MDA no es tan visionaria como los alucinógenos clásicos —ayahuasca, psilocibina, LSD—, pero resulta psicológicamente más manejable, lo que permite que los participantes completen las tareas. Con un compuesto más visionario se ganaría intensidad del fenómeno a estudiar, pero se arriesgaría que el efecto fuese demasiado contundente para hacer nada. Es uno de esos equilibrios incómodos de este tipo de investigación.
El diseño fue doble ciego y con placebo: doce personas con experiencia previa en MDA. La mitad refirió visiones con los ojos cerrados bajo la sustancia, pero no con placebo (con la curiosa excepción de un participante que dijo ver «seres» con el placebo, algo que pasa en los ensayos ciegos). Las tres pruebas medían, respectivamente, el grado de distorsión de una ilusión óptica, la capacidad de detectar el contorno de una figura camuflada y el reconocimiento de una figura difuminada por gradientes.
El resultado fue modesto y honesto: la intensidad de las visiones con ojos cerrados se asociaba a un peor rendimiento en dos de las tres pruebas —integración de contraste y reconocimiento de objetos—. Pero no apareció una relación clara entre los efectos subjetivos globales y ese peor rendimiento. Lo máximo que cabe concluir es que quizá las personas con una organización perceptiva más pobre sean más propensas a tener visiones con alucinógenos, lo cual está lejos de explicar el mecanismo. La investigación, recuerda este caso, es frustrante: rara vez da respuestas limpias y casi siempre termina pidiendo «más estudios». Su valor no está en lo que demuestra, sino en ser pionera y en orientar cómo diseñar mejor los próximos trabajos —por ejemplo, con sustancias más visionarias o con paradigmas como el enmascaramiento y la teoría de detección de señales.
Un apunte final: los participantes puntuaron alto en una escala de experiencias místicas, algo que también se ha observado en investigaciones recientes con psilocibina. De ese terreno se ocupará la siguiente entrega de la serie.
Lectura crítica
Estos hallazgos son sugerentes, pero conviene leerlos con cautela. Las muestras son diminutas —nueve y doce personas—, formadas por usuarios experimentados, y buena parte de las interpretaciones (el papel de BA17 en la paranoia, la utilidad de abrir los ojos) son hipótesis que los propios autores plantean como tales. La neuroimagen muestra correlaciones, no causas, y «las mismas áreas se activan» no equivale a «es el mismo proceso». Tampoco debe confundirse la atribución funcional de una región: distintos trabajos describen el área BA17 (corteza visual primaria, V1) de formas que no siempre coinciden con la idea de «visión periférica» que se maneja aquí.
En el plano práctico, nada de esto sustituye al acompañamiento humano ni al sentido común. Este artículo no ofrece dosis, preparaciones ni pautas de consumo: describe ciencia, no recomienda prácticas. Las sustancias citadas son psicoactivos potentes, con un perfil de riesgo que depende del contexto, el estado psicológico, las interacciones farmacológicas (la harmina y otros betacarbolinas son inhibidores de la MAO, lo que entraña peligros reales) y antecedentes personales o familiares de trastornos psiquiátricos. Que un mal momento pueda reconducirse a veces abriendo los ojos no significa que toda crisis sea inocua. Ante el malestar intenso, lo prudente es buscar entornos seguros, compañía con criterio y, si hace falta, atención profesional.