
Una serie sobre algo que no queremos mirar
Esta es la primera entrega de una serie firmada por el psicólogo Aitor Jaén Sánchez («Psicotar») dedicada a un asunto incómodo: el sufrimiento. No el dolor agudo de una desgracia concreta, sino ese malestar de fondo que la cultura contemporánea ha empezado a tratar como un defecto de fábrica, algo que un buen ciudadano debería poder eliminar de su vida si se esfuerza lo suficiente. La tesis de partida es sencilla y poco complaciente: tal vez el problema no sea que suframos, sino la idea de que no deberíamos hacerlo nunca.
Conviene una advertencia desde el principio. Lo que sigue es divulgación y crítica cultural, no una guía de tratamiento ni un sustituto de la atención profesional. Si atraviesas un momento de sufrimiento intenso o pensamientos de hacerte daño, buscar ayuda especializada no es rendirse: es la opción sensata.
El malestar como mercancía política
Hay un trasfondo que el texto original señalaba sin rodeos: durante años se nos ha pedido aceptar «sacrificios» en nombre de un bienestar difuso, y el miedo se ha convertido en una herramienta cómoda de gobierno. El miedo paraliza, drena la energía y vuelve más manejable a quien lo siente. No hace falta compartir toda la lectura política para reconocer el mecanismo: cuando el malestar individual se presenta como una falla personal a corregir, deja de leerse como lo que muchas veces también es, una respuesta razonable a un entorno difícil.
Hasta qué punto fiarse de las etiquetas
La psicología clínica trabaja con manuales de clasificación —el DSM estadounidense es el más conocido— que ordenan los trastornos en categorías. Son herramientas útiles para entenderse entre profesionales y para investigar, pero conviene recordar que sus criterios no surgen de un laboratorio, sino de consensos entre expertos que cambian con el tiempo y con la cultura.
El ejemplo clásico es la despatologización de la homosexualidad. La Asociación Americana de Psiquiatría la retiró de su manual en los años setenta tras un proceso interno de deliberación y votación, no a partir de un hallazgo biológico nuevo. Aquello que un día figuró como «enfermedad» dejó de serlo por una decisión colectiva. La conclusión no es que el diagnóstico sea inútil, sino que es histórico: una categoría es una convención revisable, no una verdad de la naturaleza. Tomárselo así —con respeto y con distancia crítica a la vez— es más honesto que venerar el manual o despreciarlo.
Sufrir forma parte de estar vivo
El sufrimiento acompaña a los seres vivos desde mucho antes que a nosotros. Se han documentado conductas de duelo en otros primates, e incluso en especies no primates que mantienen vínculos estrechos; cualquiera que haya convivido con un perro lo intuye. El dolor ante la pérdida no es un error del sistema: es parte del precio de estar conectado a algo.
Lo que ha cambiado no es el sufrimiento, sino nuestra relación con él. Nos hemos acostumbrado a perseguir un estado de bienestar permanente, de modo que cuando aparece el malestar lo tratamos como un intruso del que hay que librarse a toda costa. El problema es que esa huida suele morder: cuanto más se lucha por no sentir algo, más espacio acaba ocupando.
Aquí el texto distingue dos planos que merece la pena conservar. Hay una realidad natural, con sus leyes —si tropiezas, caes—, y una realidad subjetiva, la que construye la mente con expectativas, suposiciones y futuros imaginados. Ambas pueden hacernos sufrir, pero confundirlas es fuente de problemas: cuando reaccionamos a un mal futuro imaginado como si ya fuera presente, dejamos de actuar bien en el aquí y ahora.
La pirámide de Maslow y la trampa del «hay que estar bien»
Hace décadas, Abraham Maslow propuso su célebre jerarquía de necesidades. En su lectura más extendida funciona como una escalera: primero lo básico, luego lo elaborado.
El primer escalón son las necesidades corporales —comer, dormir, descansar—, hoy razonablemente cubiertas para buena parte de la población, aunque no para toda. El segundo es la seguridad, no solo física sino mental: la necesidad de imaginar un futuro estable. Es justo aquí donde la mente subjetiva empieza a desbordar a la natural, viviendo en un «allí-entonces» que roba presencia al «aquí-ahora». El tercero son los vínculos: somos especie social y nadie llega a ser plenamente humano fuera de los demás. El cuarto, la autoestima y el autoconcepto —que conviene no confundir: el autoconcepto es la foto que tenemos de nosotros mismos; la autoestima, cómo valoramos esa foto—. Y en la cima, la autorrealización, el supuesto despliegue máximo del potencial humano.
El detalle inquietante es este: disponemos de más recursos, más opciones y más libertad que cualquier generación anterior, y aun así las cifras de malestar psicológico no dejan de crecer. Algo no encaja en la promesa. Quizá porque hemos elevado «estar bien» a obligación moral, de modo que no poder estarlo se vive como un fracaso personal, e incluso como un motivo de exclusión. Y el miedo a quedar fuera genera, paradójicamente, más malestar.
La «mente de duelo» como entrenamiento en realismo
Damos por hecho que sentirse bien es lo normal y sentirse mal, una anomalía. Pero llegamos a un mundo donde la pérdida es segura y la muerte, inevitable. Construir una identidad sobre la premisa de que seremos felices sin atravesar nunca el sufrimiento es construir sobre arena.
El texto recupera un aforismo atribuido a Jiddu Krishnamurti que sirve de brújula: «no es señal de salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma». Visto así, cierto malestar no es un síntoma a suprimir, sino una señal a escuchar.
El dolor a lo largo de la vida será inevitable, y a menudo necesario. Anestesiarlo de forma sostenida —con una sustancia, una conducta compulsiva, una distracción permanente— suele funcionar a corto plazo y salir caro a largo: el remedio puede acabar pesando más que el padecimiento. Desde la reducción de riesgos, la idea es clara: una sustancia puede acompañar o aliviar, pero usarla como única tapa de un malestar de fondo tiende a aplazar el problema, no a resolverlo, y a sumar otro encima.
La «mente de duelo» —ese estado en el que asumimos que algo o alguien ya no está— se describe aquí como un curioso entrenamiento en realismo. Quien lo atraviesa se ancla a lo que de verdad hay, revisa sus creencias sobre el mundo y toma conciencia de lo breve e implacable que es la vida. Es un realismo doloroso, sí, y vivido en presente, sin escapatoria fácil. Pero quien aprende a sostener la atención en ese presente, en lugar de huir, suele salir con algo valioso: una forma más sobria y más libre de habitar lo que venga. Porque, como cierra el original, de un lugar no se puede salir hasta haber llegado a él.
Lectura crítica
Algunas cautelas para leer este texto con criterio. Primera: es un ensayo de opinión, no un trabajo clínico; sus afirmaciones sobre la «epidemia» de trastornos mentales deben contrastarse con datos epidemiológicos actualizados, que matizan tanto las cifras como sus causas. Segunda: el relato sobre la despatologización de la homosexualidad es esencialmente correcto en lo histórico —fue una decisión institucional, no un descubrimiento de laboratorio—, pero de ahí no se sigue que todo el sistema diagnóstico carezca de valor; conviene evitar el salto del escepticismo sano al rechazo total. Tercera: la idea de «aceptar el dolor» es valiosa frente a la cultura del bienestar obligatorio, pero no debe confundirse con resignarse ante el sufrimiento evitable ni con desatender un malestar que requiere ayuda profesional. Entre las referencias que el autor cita por su nombre figuran la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado y el pensamiento de Jiddu Krishnamurti, útiles como contexto, no como prueba.