Enteógeno o alucinógeno: Bouso y el mito del chamán

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En breve: Recuperamos las ideas de fondo de una entrevista provocadora de Eduardo Hidalgo a José Carlos Bouso en la sección «Yonki Corazón Rosa». Más allá del tono gamberro, Bouso defiende «alucinógeno» frente a «enteógeno», desmonta la imagen idealizada del chamán y resume con cautela lo que halló su tesis sobre la ayahuasca. Añadimos lectura crítica y reducción de riesgos.

De qué hablamos cuando hablamos de «Yonki Corazón Rosa»

La sección «Yonki Corazón Rosa», firmada por Eduardo Hidalgo, cultivaba un género poco frecuente en la divulgación sobre drogas: la entrevista deliberadamente irreverente, mitad provocación, mitad humor negro. En una de sus entregas el interlocutor fue José Carlos Bouso, psicólogo e investigador conocido por su trabajo en farmacología de los psicodélicos.

El envoltorio era cáustico —arrancaba con bromas teológicas y digresiones sobre el lenguaje y el género—, pero por debajo del chiste había varias tesis sustanciales que merecen leerse en frío. Aquí dejamos de lado la pirotecnia y nos quedamos con tres discusiones que siguen vigentes: cómo nombramos estas sustancias, qué proyectamos sobre la figura del chamán y qué se puede y no se puede afirmar a partir de la investigación sobre la ayahuasca.

Enteógeno o alucinógeno: la disputa por el nombre

La objeción central de Bouso es lingüística, pero tiene consecuencias. Para él, «enteógeno» —literalmente, «que genera lo divino en el interior»— es el más desafortunado de los términos propuestos para esta familia de sustancias. Sus defensores aducen que no describe una clase farmacológica, sino un contexto de uso tradicional. El problema, según Bouso, es que ese contexto no encaja con lo que realmente hacen los pueblos que usan estas plantas.

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En las culturas tradicionales, argumenta, los viajes no son «verticales» —ascensos hacia una divinidad situada arriba—, sino «horizontales»: sirven para curar, resolver conflictos comunitarios, cazar, guerrear o, sencillamente, divertirse, como ocurre con el yopo entre los yanomami. El «mundo de los espíritus» no es un más allá celestial, sino una dimensión paralela y profundamente terrenal, poblada de entidades que se cree que manipulan la realidad ordinaria.

Bouso atribuye la idea del «viaje vertical» del espíritu a la influencia de Mircea Eliade, de la que habría bebido Gordon Wasson al acuñar «enteógeno». La paradoja que señala es elegante: se forjó un término para un contexto de uso en el que, en realidad, el uso es otro. «Enteógeno» encajaría bien con quien busca encontrarse con Dios —es decir, con el marco religioso occidental—, justo el escenario que sus promotores decían querer evitar.

Frente a eso, reivindica «alucinógeno». Recuerda que el propio Wasson, narrando su experiencia con María Sabina, hablaba de «alucinaciones» para describir lo que veía. Según la etimología que cita —remitiéndose a Ralph Metzner—, alucinare vendría a significar algo así como «viajar con la mente». Y apunta un dato neurocientífico: hay registros de resonancia magnética que sugieren que, bajo estos efectos, el cerebro procesa las visiones como si fueran reales. Para Bouso, «alucinar» no es peyorativo ni resta valor a la experiencia; simplemente la sitúa.

El mito del chamán evolucionado

El segundo blanco de Bouso es la idealización del chamán. En Occidente ha pervivido la idea ingenua de que estos especialistas rituales son seres espiritualmente superiores, casi semidioses, con un atractivo añadido por su aura contracultural. Esa devoción acrítica, advierte, choca con una realidad mucho más prosaica: el chamán es, ante todo, una persona, con los mismos apetitos de dinero, poder y sexo que cualquier otra.

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De ahí derivan los abusos que denuncia sin dar nombres: figuras que recorren Europa cobrando caro por sus sesiones y dejando tras de sí algo más que recuerdos, redes de seguidores dispuestos a asumir riesgos legales por ellos, o centros de retiro en Sudamérica que han dejado de admitir mujeres para esquivar denuncias. Bouso lo describe como un fenómeno universal, no exclusivo del ámbito psicodélico —compara la dinámica con la que se da en otras estructuras de poder, incluida la universidad—. La lectura es clara: la admiración ciega hacia un «maestro» es precisamente lo que crea el terreno para el abuso.

Ayahuasca: qué dice (y qué no) su tesis

Sobre su investigación doctoral, Bouso es prudente. Sus participantes eran consumidores de muy largo recorrido: un mínimo de quince años tomando ayahuasca varias veces al mes. Para personas a las que «les sienta bien», concede, es posible que el balance resulte favorable. Pero matiza de inmediato que también hay casos documentados de crisis psiquiátricas, incluso en personas que estaban bien antes.

En el plano biológico menciona varios mecanismos plausibles: un aumento de la velocidad de procesamiento de la información asociado a una mayor tasa de disparo neuronal, y una mayor expresión de neurotrofinas y otros marcadores ligados a la plasticidad y el aprendizaje. Su conclusión no es triunfalista, sino la habitual en ciencia honesta: los dos efectos —beneficio y daño— son coherentes con lo que sabemos, y hacen falta más estudios.

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Lectura crítica

Conviene separar tres cosas que la entrevista mezcla por su tono. Las observaciones de Bouso sobre el lenguaje y sobre Eliade y Wasson son interpretaciones razonables y discutidas dentro del propio campo, no consensos cerrados; otros autores defienden «enteógeno» con argumentos distintos. La etimología de «alucinógeno» que se cita es una lectura concreta, no un dato neutro.

Sobre el cerebro, los hallazgos de neuroimagen y de plasticidad existen, pero proceden en buena parte de muestras pequeñas, contextos específicos y diseños que no permiten generalizar a cualquier persona ni a cualquier patrón de uso. Un estudio en consumidores de quince años de experiencia no dice gran cosa sobre alguien que se inicia.

En cuanto a riesgos: la ayahuasca y otras sustancias de este grupo pueden precipitar crisis en personas con predisposición a trastornos psicóticos o del estado de ánimo, e interaccionan de forma peligrosa con varios fármacos —de modo notable, los antidepresivos del tipo ISRS e IMAO— y con ciertas condiciones médicas. El propio relato de los abusos de poder que describe Bouso es, además, un recordatorio de que el contexto y la figura que guía la experiencia importan tanto como la sustancia. Nada de esto es consejo de consumo: es una invitación a leer estas experiencias con curiosidad y, al mismo tiempo, sin ingenuidad.

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