
Un compuesto real atrapado en una leyenda
El adrenocromo existe: es un producto de oxidación de la adrenalina, estudiado por la bioquímica desde hace décadas. Nada de eso, sin embargo, explica por qué en la primavera de 2020 su nombre llenaba hilos interminables en foros, vídeos de YouTube y publicaciones en redes. Lo que se viralizó no fue la molécula, sino un mito construido a su alrededor: el de una sustancia supuestamente extraída de personas para uso de una élite secreta. Conviene separar desde el principio las dos cosas, porque casi todo el ruido pertenece a la segunda.
La fascinación cultural por esta sustancia no es nueva. Buena parte de su aura procede de la literatura —en especial de su aparición en la obra de Hunter S. Thompson, donde funciona más como recurso narrativo desmesurado que como descripción farmacológica fiable—. De ahí saltó al imaginario de lo prohibido y lo legendario, ese territorio en el que una droga deja de ser un objeto de estudio para convertirse en símbolo.
QAnon y la idea del «Estado profundo»
Para entender el fenómeno hay que retroceder a QAnon, un movimiento conspirativo surgido en la derecha estadounidense. Su relato central afirma que existiría un «Estado profundo» —una supuesta red de poder oculta que operaría en paralelo al gobierno electo— compuesta por políticos, altos funcionarios y figuras del entretenimiento implicados en crímenes atroces, y al que Donald Trump estaría combatiendo en secreto.
La expresión «Estado profundo» tiene un uso legítimo en ciencia política para describir inercias burocráticas o intereses corporativos que condicionan las decisiones públicas. QAnon, en cambio, la convierte en una trama omnipresente, infalsable y con tintes apocalípticos. Esa es la diferencia clave: un concepto analizable se transforma en una explicación total que ningún dato puede refutar, porque cualquier desmentido se reinterpreta como prueba del encubrimiento.
El precedente: el Pizzagate
QAnon no nació de la nada. Su antecedente directo es el Pizzagate, un bulo que circuló durante la campaña presidencial estadounidense de 2016. A partir de correos filtrados del entorno de la candidatura demócrata, ciertos usuarios afirmaron que contenían «mensajes en clave» que vinculaban a varios locales —entre ellos una pizzería de Washington— con una supuesta red de abusos. La teoría fue desacreditada por múltiples instituciones, incluida la policía local.
El episodio no se quedó en internet. Un hombre llegó a presentarse armado en aquel restaurante para «investigar» por su cuenta y disparó dentro del local; trabajadores y propietario recibieron amenazas. Es el recordatorio incómodo de que estos relatos, por delirantes que parezcan, tienen consecuencias físicas. El adrenocromo se incorporó después como un ingrediente más de esa mitología en expansión.
El «Club de los Ojos Negros» y otras ramificaciones
Como suele ocurrir, el mito fue creciendo por acumulación. Una de sus ramas más comentadas fue el llamado «Club de los Ojos Negros», una supuesta cofradía de celebridades a las que se identificaba por marcas oculares atribuidas, sin ninguna base, a un ritual de consumo. El mecanismo es siempre el mismo: una imagen casual, una lesión banal o un simple moratón se reinterpretan como señal secreta. Cuando se asume de antemano que la trama existe, cualquier detalle sirve de confirmación.
La pandemia funcionó como acelerador. El encierro prolongado, la incertidumbre y la avalancha de información contradictoria crearon el caldo de cultivo perfecto para relatos que prometían un sentido oculto detrás del caos. El adrenocromo ofrecía justo eso: una explicación con villanos identificables en un momento en que el villano real —un virus— era invisible y difícil de combatir.
Lectura crítica
Más allá de la anécdota, este caso es un buen ejemplo de cómo se fabrica y propaga la desinformación. Conviene tener presentes algunas claves:
- Distinguir la molécula del mito. Que una sustancia exista no valida ninguna de las historias que se le cuelgan encima. La existencia bioquímica del adrenocromo no respalda ni una sola de las afirmaciones conspirativas.
- Desconfiar de los relatos infalsables. Cuando una teoría reinterpreta cualquier prueba en contra como parte del complot, deja de ser una hipótesis y pasa a ser un sistema cerrado de creencias.
- Atender al daño real. Estas narrativas no son inocuas: alimentan acoso, amenazas e incluso violencia contra personas concretas, además de erosionar la confianza en información sanitaria fiable.
- Cuidar el efecto amplificación. Compartir un bulo «para reírse» o «para criticarlo» también lo difunde. La ironía no neutraliza el alcance.
El interés de Psiconáutica por la cultura psicoactiva incluye, precisamente, mirar con espíritu crítico cómo ciertas sustancias se mitifican. El adrenocromo de 2020 dice mucho más sobre nuestra manera de fabricar relatos en tiempos de crisis que sobre la farmacología. Y esa, quizá, sea la lección que merece quedarse.