Peganum harmala (hármel): la ayahuasca europea, a examen

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En breve: El hármel o ruda siria (Peganum harmala) es una planta esteparia muy común en la península ibérica cuyas semillas concentran harmina y harmalina, alcaloides que inhiben de forma reversible la monoaminooxidasa (MAO). Esa propiedad explica su fama de «ayahuasca europea» y su uso histórico en etnomedicina, pero también su perfil de riesgo: interacciones peligrosas, efectos adversos físicos y un largo historial de uso abortivo. Repasamos los hechos, separamos el folclore de la farmacología y proponemos una lectura crítica.

Una planta de las estepas que arrastra siglos de relato

Pocas plantas reúnen tanta mitología como el hármel. Cronistas árabes y otomanos describían sus semillas como fuente de una «embriaguez deliciosa» y de alegría; autores latinos quisieron ver en ella el legendario afrodisíaco moli. Conviene leer esos testimonios con distancia: son fuentes literarias y comerciales, no descripciones clínicas, y tienden a idealizar una experiencia que quienes la han probado describen más bien como pesada —con náuseas, malestar digestivo y resaca habituales—. El propio botánico catalán Pío Font Quer, que documentó la planta con detalle en El Dioscórides renovado, no parece haberla consumido nunca.

Qué contiene y por qué se la llama «ayahuasca europea»

El interés moderno por el hármel se explica por su química. Sus semillas maduras concentran alcaloides β-carbolínicos —sobre todo harmina y harmalina— en proporciones notablemente altas, muy superiores a las que aporta la liana amazónica Banisteriopsis caapi, ingrediente clásico de la ayahuasca. De ahí la etiqueta de «ayahuasca europea»: como la caapi, el hármel aporta la fracción inhibidora de la MAO, no la sustancia visionaria en sí.

La harmina fue bautizada en su día como «telepatina», por la creencia de que inducía estados contemplativos y supuestas capacidades telepáticas. La farmacología posterior desmontó ese romanticismo: lo que produce es un estado introspectivo con imágenes a ojos cerrados, sedación y, en algunas personas, cierto efecto sobre el ánimo. La harmalina parece tener un papel secundario en el conjunto. Nada de esto justifica las atribuciones esotéricas que todavía circulan.

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El conocimiento del hármel en el mundo hispano

En el ámbito hispanohablante, la planta saltó a la cultura psiconáutica a finales de los años setenta. La revista barcelonesa Globo, en su sección de «plantas mágicas», publicó en 1979 un artículo titulado «Harmala: el yajé catalán» que conectaba la obra de Font Quer con su nombre árabe, hármel, y con sus usos en Marruecos. Aquel rastro llevó a aficionados españoles hasta los mercados marroquíes, donde las semillas se venden con normalidad y la planta goza de reputación de «curalotodo». Es un buen ejemplo de cómo el saber popular y la divulgación se realimentan, para bien y para mal: junto a usos cosméticos para el cabello, la misma tradición advierte de su capacidad abortiva.

El verdadero motivo de su fama: un IMAO reversible

La clave del hármel no es que «coloque» por sí mismo, sino que inhibe temporalmente la monoaminooxidasa, la enzima que degrada determinadas aminas en el organismo. Al frenarla, prolonga y amplifica la acción de otras sustancias. Por eso en innumerables relatos de internet aparece combinado con psilocibina, mescalina, LSD o semillas con amidas del ácido lisérgico.

Aquí es donde la divulgación responsable debe ser tajante. Inhibir la MAO no es un truco inocuo: altera el metabolismo de neurotransmisores y de compuestos presentes en alimentos y fármacos, y abre la puerta a interacciones potencialmente graves. Combinar un inhibidor de la MAO con ciertas sustancias, medicamentos (antidepresivos ISRS, algunos analgésicos, simpaticomiméticos) o alimentos ricos en tiramina puede desencadenar crisis hipertensivas o un síndrome serotoninérgico, cuadros que pueden ser mortales. No estamos describiendo una combinación recreativa segura, sino un mecanismo farmacológico que conviene entender precisamente para no tomarlo a la ligera. Este artículo no incluye —deliberadamente— cantidades, recetas ni protocolos de uso.

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El hármel en la etnomedicina

Más allá de su dimensión psicoactiva, el hármel tiene un largo recorrido en la medicina tradicional de un área enorme, del Magreb a la India. Se le han atribuido usos vermífugos (contra parásitos intestinales), antirreumáticos, antidiarreicos, emenagogos —para regular o provocar la menstruación— y sedantes. En Rajastán se ha empleado el humo de las semillas como antiséptico, lo que encaja con que la harmina muestre actividad antimicrobiana en laboratorio.

Dos matices imprescindibles. Primero: que un uso esté documentado etnográficamente no significa que sea seguro ni eficaz según los estándares actuales; muchas de estas aplicaciones carecen de respaldo clínico sólido. Segundo, y más importante: el hármel figura de forma recurrente como abortivo tradicional, y su uso con ese fin se asocia a hemorragias graves y a riesgo vital. Es un dato histórico, no una recomendación.

Riesgos y reducción de daños

Sin entrar en dosis, hay varias líneas rojas que la propia literatura sobre la planta repite:

  • Embarazo: contraindicación absoluta. Su efecto emenagogo y abortivo está descrito desde antiguo y confirmado en animales de experimentación.
  • Hipertensión y patología cardiovascular: el componente IMAO lo hace especialmente desaconsejable.
  • Medicación psiquiátrica: quienes toman antidepresivos u otros psicofármacos se exponen a interacciones peligrosas.
  • Efectos adversos comunes: náuseas, vómitos y diarrea son frecuentes; la experiencia dista mucho de la «deliciosa embriaguez» de las crónicas antiguas.

El argumento de que es «un antidepresivo natural menos tóxico que los de farmacia» merece desconfianza: precisamente los IMAO de uso clínico se retiraron en gran medida por su perfil de interacciones, y un IMAO vegetal no escapa a esa misma lógica. La ausencia de prospecto no equivale a ausencia de riesgo.

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Una planta familiar del paisaje ibérico

Al margen de la farmacología, el hármel es parte del paisaje de la España seca. Crece en eriales, ribazos y páramos del Mediterráneo occidental, el valle del Ebro, la Meseta y las estepas del sureste, y recibe decenas de nombres locales: alharma, alhargama, alfármega, garmaza, ruda borda o armalà en catalán, entre otros. Es un arbusto de hasta un metro, de hojas muy divididas y flores blanquecinas, con un olor característico. La especie se extiende del norte de África a Asia central y se ha naturalizado incluso en el suroeste de Estados Unidos. Quien quiera conocerla sin más puede verla, por ejemplo, en el Real Jardín Botánico de Madrid.

Lectura crítica

El relato del hármel mezcla etnobotánica seria, divulgación de los años setenta y mucho mito. Autores como Jonathan Ott, Christian Rätsch o el propio Font Quer aportaron descripciones rigurosas de su química y sus usos, pero buena parte de lo que circula hoy son testimonios anecdóticos sin control. Conviene distinguir tres planos: el botánico (sólido), el farmacológico (bien establecido en cuanto al mecanismo IMAO) y el de las prácticas de consumo (donde abundan afirmaciones no verificadas y riesgos reales y poco visibilizados). Tomar el hármel como mero «potenciador barato» ignora que su atractivo y su peligro son la misma propiedad: la inhibición de la MAO.

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