
Por qué rescatamos esta conversación
En Psiconáutica nos interesan los estados modificados de consciencia en todas sus formas, y no solo los que llegan por vía química. La música en directo —el groove sostenido, la repetición, el cuerpo entrando en sincronía con un ritmo— es una de las vías más antiguas y más cotidianas para alterar la percepción del tiempo y de uno mismo. Por eso recuperamos esta entrevista de archivo con Groove 3, un trío de jazz albaceteño que, hacia 2009, publicaba su primer disco. El original apareció en una revista de cultura cannábica; aquí lo reeditamos con nuestro propio enfoque, despojado de su contexto promocional.
Quiénes eran Groove 3
Tres músicos jóvenes de Albacete —Juan Sánchez (batería y percusión), Julio Guillén (teclados) y Jorge Cubillana (guitarra)— montaron a comienzos de 2006 un proyecto de raíz ecléctica: jazz moderno con guiños al boogaloo, la bossa-nova y, sobre todo, al sonido del Hammond trío clásico de los años sesenta y setenta. A finales de ese año empezaron a tocar por la provincia. Telonearon durante seis días seguidos en el Festival Internacional de Jazz de Albacete a figuras como Chano Domínguez, Marcus Miller o Medeski, Martin & Wood. En junio de 2008 ganaron el Memorial Alberto Cano, premio que incluía la grabación de su primer disco y una gira nacional.
Ese disco, Trionometría —juego de palabras entre «trío» y «trigonometría»—, reunía once temas entre versiones actuales, composiciones propias y alguna sorpresa, con la colaboración de músicos como Vania Cuenca, Marcos Atencia, Marta Folqués o Gabriel López.
Un trío sin bajo: la mano izquierda como ancla rítmica
Lo más característico de la formación era la ausencia de bajo. No por desdén hacia el instrumento, aclaraban, sino por diseño: las funciones graves las asumía la mano izquierda del teclista, como en la tradición del órgano Hammond. «Calidez, rotundidad, dos manos independientes… y muchos kilos para subir y bajar del escenario», resumían entre risas cuando se les pedía definir ese sonido. La elección no es trivial: prescindir del bajo obliga a una escucha mutua extrema y a una pulsación constante que es, precisamente, lo que sostiene el groove.
Sobre lo aprendido de los grandes a los que telonearon, lo situaban más allá de lo estrictamente musical: «saber estar, maestría, honestidad para con el público, humildad». Y sobre cómo nació el grupo, una respuesta que define bien su carácter: «una casualidad perseguida; nos buscábamos casi sin saberlo y finalmente nos encontramos».
Versionar un clásico: «Dos Gardenias»
Entre las sorpresas del disco estaba una revisión de «Dos Gardenias», el bolero popularizado por la música latina tradicional. Contaban que barajaron temas norteamericanos de los sesenta y setenta, pero que en cuanto probaron este en el local se «enamoraron por completo» de él. Es un detalle revelador: el repertorio no se construía desde el cálculo, sino desde lo que funcionaba en el cuerpo al tocarlo.
Albacete y una escena en despertar
Preguntados por la salud musical de su ciudad, eran realistas: una ciudad pequeña, con carencia de salas adecuadas, pero participativa, donde los propios músicos podían incidir en decisiones que les afectaban. En lo tocante al jazz, percibían un «despertar» con grupos nuevos de ramas muy distintas. Su plan para 2009 era sencillo y honesto: girar el disco y «que las canciones lleguen a todos los oídos posibles». El círculo, decían, se cierra cuando el público escucha y entiende los temas.
Música y percepción: la pregunta incómoda
El cuestionario original incluía una pregunta directa sobre cannabis y música. La respuesta del grupo fue prudente y, en el fondo, más interesante de lo que aparenta: negaban una influencia directa en la composición, pero admitían «cierta relación en cuanto al efecto que pretendemos provoque en la gente». Esa frase apunta a lo que de verdad nos importa aquí: no la sustancia, sino el efecto. La música busca modificar el estado de quien la escucha —relajar, elevar, sincronizar—, y ese objetivo existe con o sin ningún consumo de por medio.
Conviene no romantizar el atajo. La idea de que una sustancia «mejora» la escucha o la creación es una creencia muy extendida y poco fiable: lo que suele cambiar es la atención y el juicio crítico, no la calidad de lo que suena. Los propios músicos lo dejaban claro al hablar de su oficio —»respiramos música 24 horas al día»— sin atribuir su sonido a nada externo. El groove, ese trance leve y compartido de una sala en directo, se sostiene en la técnica, la escucha y la repetición, no en un humo.
El lado humano: discos, manías y kebabs
La entrevista terminaba con un cuestionario rápido que vale la pena conservar por lo que tiene de retrato. Entre los discos que les marcaron citaban Are You Experienced? de Hendrix y Earth Tones de Peter Bernstein (Jorge); Kind of Blue de Miles Davis y cualquier cosa de Soulive (Julio); o Bad y Blood Sugar Sex Magik (Juan). El momento favorito del día: «cuando tenemos el instrumento en la mano». El vicio confesable, los kebabs. Las manías, domésticas y entrañables: limpiar la guitarra antes y después de tocar, el orden en general, cerrar la tapa del microondas.
Y una cita que se les quedó grabada, de Quique González: «soy músico de guardia, de la cuna a la tumba, plantado como una farola al Norte de mis dudas».
Lectura crítica
Este es un texto de archivo, una entrevista promocional reeditada, no un estudio. Las afirmaciones sobre música y percepción que aparecen aquí son reflexiones nuestras y observaciones de los propios músicos, no conclusiones científicas. Si te interesa la relación entre ritmo, sonido y estados modificados de consciencia, búscala en la literatura sobre psicología de la música y neurociencia del ritmo, y desconfía de cualquier relato que prometa que una sustancia «abre» la creatividad: la evidencia disponible es mucho más matizada. El groove de un trío sin bajo es, en sí mismo, un buen recordatorio de que la consciencia se puede mover sin necesidad de nada más que dos manos y una buena escucha.