Escohotado sobre drogas: uso, abuso y prohibición

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En breve: En diciembre de 2009 el filósofo Antonio Escohotado conversó largamente sobre su relación con el cannabis y otras sustancias. De aquella charla rescatamos sus ideas centrales —la frontera entre uso y abuso, el rechazo a los gurús, el mito del chivo expiatorio y su crítica al prohibicionismo— y las acompañamos de una lectura crítica desde la divulgación y la reducción de riesgos.

Quién hablaba, y por qué importa

Antonio Escohotado (Madrid, 1941–Ibiza, 2021) fue para varias generaciones de lectores en español la puerta de entrada a una mirada laica sobre las sustancias psicoactivas. Su Historia general de las drogas convirtió un asunto tratado casi siempre como problema policial o sanitario en objeto de historia cultural y filosofía. Esa popularidad tuvo un coste: lo etiquetaron como apóstol de las drogas, papel que él rechazaba sin descanso.

La conversación que sirve de base a este texto se produjo el 6 de diciembre de 2009, recogida por el ensayista J. C. Ruiz Franco, con la presencia del sociólogo Carlos Moya y de Javier Muns. No reproducimos la entrevista completa: reordenamos y comentamos sus líneas de fuerza para que el lector se quede con las ideas, no con la anécdota.

El cannabis que recordaba: memoria, no nostalgia

Escohotado situaba su primer contacto con el cannabis en el otoño de 1964. Describía un panorama escaso y de pésima calidad hasta bien entrados los setenta, con una excepción que recordaba con afecto: un hachís afgano espléndido que, según él, desapareció hacia 1975. De aquellos años databa también su afición a cultivar, mucho antes de que existieran los grow shops.

Un detalle de su discurso conviene marcarlo en rojo: afirmaba que el hachís marroquí —goma o polen— «no es THC, sino básicamente CBD», más cercano al Valium que a una experiencia psicodélica. Es una generalización discutible y propia de su época; lo retomamos en la lectura crítica.

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Uso y abuso: su aportación más sólida

Si algo reivindicaba Escohotado como propio era haber insistido en distinguir entre uso y abuso. Su tesis era sencilla y exigente a la vez: el abuso priva precisamente de aquello que se buscaba. Tras un placer que no incorpora conocimiento ni cierta elegancia —lo que él llamaba «sobria ebriedad»—, el destino, decía, solo puede ser el dolor.

De ahí su distancia con dos figuras opuestas. Por un lado, los «gurús»: le parecía «muy poco educado ir de vidente y salvador», y atribuía buena parte del fenómeno al público que busca quien le piense por él. Por otro, lo que él llamaba la mentalidad del yonqui, que identificaba con el abandono del autocontrol. También observaba un desplazamiento generacional del consumo: de la autodestructividad de los sesenta a un patrón ligado al fin de semana, igual de imprudente en las dosis pero, según él, con menos pulsión autodestructiva.

El chivo expiatorio y las «madres de toxicómanos»

Buena parte de su crítica cultural giraba en torno a un mecanismo: cuando alguien se excede y luego culpa a la droga o a la sociedad, está recurriendo —decía— al «esquema proyectivo», a la vieja institución del chivo expiatorio. Lo emparentaba con el maniqueísmo, esa reducción del mundo a dos bandos que consideraba una huella de barbarie. La tarea del pensamiento ecuánime, sostenía, es resistir esas dos muletas y aceptar que lo real es analógico y evolutivo, no dualista.

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Comercio, comunismo y la idea de libertad

En 2009 estaba volcado en Los enemigos del comercio, su historia del comunismo entendido como pulsión de seguridad frente a la incertidumbre de la libertad. Conviene leerlo como lo que es: una tesis personal, fuertemente ideológica, no un consenso historiográfico. En ese marco encajaba una de sus distinciones más citadas: el cannabis como sustancia «revolucionaria», porque abre horizontes y obliga a mirarse sin autocomplacencia, frente al alcohol y los tranquilizantes como sustancias «de conformidad».

Carlos Moya matizaba en la charla que todo depende del contexto, la persona y el momento —una observación más prudente que cualquier clasificación cerrada—. Escohotado añadía un apunte histórico curioso: hubo una época en que ser de izquierdas equivalía a ser antiprohibicionista, y atribuía a la contracultura estadounidense un papel decisivo en sacar el debate del armario.

Cultivo y prohibición: lo que decía y lo que callamos

Cultivaba desde mediados de los setenta y presumía de haber afinado el oficio con los años, incluyendo cosechas que recordaba con orgullo hacia 1990. Por coherencia editorial, no reproducimos aquí sus consejos prácticos de cultivo: este es un texto divulgativo, no una guía agronómica.

Sobre el futuro de la prohibición era ambivalente. Sostenía que la «guerra» estaba en buena medida perdida por los cruzados —que habrían logrado más usuarios y un mercado negro inmenso, justo lo contrario de su objetivo— y que quedaban sobre todo «peajes» legales, como la Ley Corcuera. Pero no descartaba un retorno represivo, alimentado por el éxito de campañas contra otras sustancias. Su conclusión, muy suya: «la libertad nunca se ha regalado».

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Lectura crítica

Varias afirmaciones de Escohotado pedían matización ya en 2009 y más todavía hoy:

El hachís marroquí «es CBD». Es una simplificación. El perfil de cannabinoides del hachís depende de la genética y del procesado, y reducir todo el hachís marroquí a CBD ignora la enorme variabilidad real. Tomarlo como dato fijo lleva a error.

El binomio «revolucionario» frente a «de conformidad». Es una metáfora cultural sugerente, no una propiedad farmacológica. Los efectos dependen de la sustancia, la persona, la dosis y el entorno —el clásico set and setting—, como apuntaba el propio Moya en la charla.

El elogio de la «sobria ebriedad» y del autocontrol. Es valioso como ética personal, pero corre el riesgo de cargar toda la responsabilidad en el individuo y de minimizar factores que sí pesan: vulnerabilidad, salud mental, contexto social y, sobre todo, la falta de información fiable que la propia prohibición fomenta.

Reducción de riesgos, en una línea. Ninguna sustancia es inocua. Donde el consumo existe, lo sensato es informarse en fuentes solventes, no mezclar, atender a la salud mental y recordar que el cannabis no está exento de riesgos, especialmente en personas jóvenes o con predisposición psiquiátrica.

Leído con esa cautela, lo más perdurable de Escohotado no son sus gustos ni sus clasificaciones, sino su empeño en sacar el debate del moralismo y devolverlo a la historia, la farmacología y la responsabilidad individual.

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