Peter Tosh: la guitarra como fusil contra Babylon

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En breve: Winston Hubert McIntosh, Peter Tosh (1944-1987), fue cofundador de los Wailers y una de las voces más combativas del reggae. Convirtió la legalización del cannabis y los derechos civiles en el centro de su obra. Aquí repasamos su trayectoria, su activismo y el contexto cultural que lo hizo símbolo, con una mirada crítica que separa el mito de los hechos.

Un huérfano de Trenchtown

La historia de Peter Tosh empieza como la de tantos niños jamaicanos de mediados del siglo XX: sin padres presentes. Nacido en Savanna-la-Mar el 19 de octubre de 1944, se crió a cargo de una tía hasta los quince años, cuando ella murió. A su padre, James McIntosh, lo conoció a los diez y aquel encuentro le dejó más decepción que afecto.

La orfandad le empujó a Trenchtown, un barrio de viviendas sociales de Kingston que entonces era poco más que un proyecto urbanístico inacabado. Allí encontró a quien sería su mentor con la guitarra, Joe Higgs, y allí conoció a los dos muchachos con los que fundaría una banda. Tosh era, al principio, el único que sabía tocar un instrumento.

De los Wailers al ska de Studio One

En 1962 el trío publicó «Simmer Down», un tema de ska puro que aguantó semanas en las listas jamaicanas. Poco después firmaron con el legendario sello Studio One de Coxsone Dodd, donde grabaron tres LP por los que, según la propia banda, no llegaron a cobrar. Entre 1964 y 1967 Tosh registró numerosos singles que aparecieron firmados de formas variadas —Peter McIntosh, Peter Tosh, a menudo «Peter Touch»—, con piezas que más tarde se convertirían en clásicos, como «400 Years» o «I’m the Toughest».

En esos años llega también su primer encarcelamiento por posesión de marihuana, un consumo que había adoptado tras su acercamiento al rastafarismo. La cárcel por la ganja sería una constante en su vida y un motor de su discurso posterior.

El salto internacional llegó con Island Records de Chris Blackwell a partir de 1972 y con las sesiones junto a Lee «Scratch» Perry, de las que salieron temas hoy canónicos: «Soul Rebel», «Duppy Conqueror», «Small Axe». Pero la convivencia duró poco: entre finales de 1973 y principios de 1974 los Wailers se separaron y Tosh abandonó Island para emprender su carrera en solitario.

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«Legalize It»: una bandera y sus matices

En 1976 CBS compró los derechos de su disco Legalize It y lo distribuyó en todo el mundo. La canción que daba título al álbum se convirtió en uno de los himnos antiprohibicionistas más reconocibles de la historia. En una entrevista de aquel octubre, Tosh defendía la planta como medicina, herramienta de meditación y alivio frente a las «complicaciones y depresiones de la mente», y denunciaba los años de humillación y violencia policial que había sufrido por ella.

Conviene leer aquellas declaraciones en su contexto. Tosh hablaba como activista y como creyente rastafari, no como sanitario, y atribuía a la hierba virtudes amplias y casi universales. Su denuncia de la criminalización —del castigo desproporcionado a quien consume— sigue siendo pertinente y ha sido recogida después por buena parte del debate sobre políticas de drogas. Otra cosa es tomar sus afirmaciones terapéuticas como conocimiento médico: el cannabis no es inocuo ni una panacea, y su consumo conlleva riesgos reales, especialmente en menores y en personas con vulnerabilidad psíquica. La figura de Tosh ilustra bien cómo una reivindicación política legítima puede mezclarse con un discurso idealizado sobre la sustancia.

«Igualdad y justicia»: el activista incómodo

En abril de 1978 Jamaica celebró el One Love Peace Concert, pensado para acercar a los dos grandes partidos de la isla, el People’s National Party de Michael Manley y el Jamaican Labour Party de Edward Seaga. Tosh aprovechó su actuación para soltar una soflama de casi media hora reclamando a ambos líderes la legalización de la marihuana y la igualdad de derechos entre negros y blancos, con su frase ya célebre: «¡No quiero paz, quiero igualdad y justicia!».

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El gesto no sentó bien al poder. En octubre de ese mismo año la policía lo detuvo en su estudio por posesión de ganja y, según los relatos de la época, la detención derivó en una paliza que le dejó un brazo roto y veinte puntos en la cabeza. Para Tosh, aquella violencia confirmaba lo que cantaba: el sistema —su «Babylon»— castigaba al disidente.

De los Rolling Stones a «No Nuclear War»

Aquel concierto tuvo, sin embargo, una consecuencia inesperada. Mick Jagger, entre el público de backstage, quiso que Tosh fuese el primer fichaje de su nuevo sello, Rolling Stones Records. De ahí salieron Bush Doctor (1978) y Mystic Man (1979). La relación no fue especialmente fructífera —solo un tema, precisamente el que cantaba a dúo con Jagger, entró en listas— y parte de la crítica considera esos años los más flojos de su carrera.

Después llegaron Wanted: Dread & Alive (1981) y Mama Africa (1983), con el que se desligó definitivamente del sello de los Stones. Tras tres años apartado de la escena, publicó No Nuclear War en 1987, producido por él mismo. Sería su último disco.

Kingston, 1987: un final violento

El 11 de septiembre de 1987 Peter Tosh fue tiroteado en su casa de Kingston junto a otras seis personas. Murieron casi todas. Tres asaltantes, encabezados por Dennis «Leppo» Lobban, cometieron el crimen; Lobban se entregó esa misma noche y fue condenado en uno de los juicios más breves recordados en la isla. De los otros dos atacantes se contó que acabaron acribillados en las calles de la ciudad que Tosh, con su ironía habitual, llamaba «KillSome» en lugar de Kingston.

Dejó tres hijos y dos hijas. De ellos, los varones siguieron en la música; Andrew Tosh es el más conocido.

El reggae como munición

Frente a un Bob Marley que se quedó con el nombre de «The Wailers» y orientó buena parte de su esfuerzo a las listas de ventas, Tosh eligió un camino más frontal. Fue detenido en protestas contra el apartheid y contra la carrera nuclear, y nunca abandonó la defensa de los derechos civiles. El gesto que mejor lo resume llegó en su gira de 1983: una guitarra fabricada con la forma de un fusil M-16. Decía que esa era su arma y sus canciones, su munición contra Babylon.

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Su relación con el idioma era igual de combativa. Consideraba el inglés «la lengua de los esclavistas» y lo retorcía para decir lo que pensaba: prime ministers se volvía crime ministers («ministros del crimen»), system pasaba a shitstem, managers a damagers. Era humor, sí, pero también una manera de señalar dónde estaba el poder.

Mucha gente sigue coronando a Marley como rey del reggae. Otros sostienen que no fue el mejor, sino el más conocido, y que su sombra eclipsó a artistas enormes como el propio Tosh, Dennis Brown, Tenor Saw o Alton Ellis.

Lectura crítica

Buena parte de lo que se cuenta sobre Tosh procede de su propia mitología, de la prensa musical y del relato de quienes lo rodearon, no de fuentes contrastadas. Detalles como las palizas policiales, las circunstancias exactas de su asesinato o la suerte de sus agresores conviven con versiones distintas según la fuente; conviene tomarlos como parte de una memoria popular más que como hechos cerrados. Quien quiera profundizar puede acudir a su discografía, a entrevistas de la época y al documental Stepping Razor: Red X (1992), construido en parte sobre grabaciones del propio músico.

Sobre el cannabis, la posición de este portal es la de la reducción de riesgos: la crítica a la criminalización no equivale a presentar la sustancia como inofensiva. Tosh fue un activista valiente contra un castigo desproporcionado; eso no convierte sus afirmaciones terapéuticas, hijas de su tiempo y de su fe, en evidencia científica.

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