El hachís según Escohotado: oficio, efectos y riesgos

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En breve: Antonio Escohotado dejó una de las descripciones más detalladas del hachís en español: dos tradiciones de elaboración —la oriental y la mediterránea—, su adulteración comercial, sus efectos «reflexivos» frente a la marihuana y una baja toxicidad por vía fumada. Recuperamos sus observaciones y las acompañamos de una lectura crítica actual, porque buena parte de aquel relato refleja el mercado y la ciencia de hace décadas.

De qué hablamos cuando hablamos de hachís

El hachís —«haschisch» en la grafía antigua que usaba Escohotado— no es una planta distinta, sino la resina concentrada del cannabis: las secreciones cargadas de cannabinoides que se acumulan sobre todo en las flores de la planta hembra. Esa resina, prensada y manipulada, ha viajado por el Mediterráneo y Asia durante siglos. Lo interesante de la descripción de Escohotado es que retrata el hachís menos como sustancia química que como oficio: hay buenas y malas elaboraciones, tradiciones distintas y, sobre todo, un mercado que tiende a degradar el producto.

Dos tradiciones: frotar la planta o cribar el polen

Escohotado distingue dos grandes familias de elaboración. La que él llama oriental —asociada a Nepal, el antiguo Tíbet o Afganistán— consiste, a grandes rasgos, en recoger la resina por contacto directo con la planta viva y darle forma con el calor de las manos. Desperdicia mucha materia psicoactiva, pero a cambio recoge resina casi pura: un producto aromático, suave y, según él, de una potencia difícil de igualar.

La tradición mediterránea —Marruecos, Líbano— parte de plantas ya secas y separa la resina por tamizado, dejando que el polvo atraviese cedazos cada vez más finos por su propio peso. De ahí salían las distintas categorías que cita el texto («00», «primera», «segunda», «tercera» o polen). No detallamos el procedimiento como receta: lo relevante es el principio cultural, no su reproducción.

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La degradación comercial y los adulterantes

El punto más crítico de Escohotado apunta al mercado, no a la planta. Describe cómo, para aumentar el peso y disimular la escasez de resina, el producto se cortaba con material vegetal pulverizado y se trataba con aglutinantes —goma arábiga, clara de huevo, leche condensada— que le daban color oscuro y aspecto «selecto». Un poco de buen hachís perfumaba la mezcla y un prensado hábil hacía el resto.

Aquí está el verdadero riesgo sanitario que él intuye: no se conocen bien los efectos de quemar e inhalar esos aglutinantes. Escohotado sospechaba que serían «lamentables», y esa sospecha sigue vigente. La toxicidad de un hachís adulterado no procede de los cannabinoides, sino de lo que se le ha añadido y de los productos de su combustión.

Toxicidad: el matiz que conviene no perder

Escohotado sostiene que hablar de «toxicidad del hachís» en abstracto es inútil, porque todo depende de la concentración y la pureza. Su observación central sigue siendo sólida: por vía fumada, una intoxicación grave es muy improbable, porque las vías respiratorias se saturan antes (tos, sopor) de que pueda acumularse una dosis peligrosa. Por vía oral el margen es menos previsible, sobre todo porque el efecto tarda y empuja a repetir.

Conviene leer esto con cautela contemporánea. La idea de que el hachís es «mucho más tóxico» que la marihuana por contener más THC no encaja con lo que hoy sabemos: el cannabis tiene una toxicidad aguda muy baja y no se le conocen dosis letales por sí mismo. Lo que sí está bien documentado son los riesgos reales que él no podía medir: crisis de ansiedad y cuadros de pánico (sobre todo por vía oral, por la demora del efecto), efectos sobre la memoria y la atención, vínculo con psicosis en personas vulnerables y daño respiratorio cuando se mezcla con tabaco.

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Tolerancia y efectos subjetivos

Sobre la tolerancia, Escohotado la sitúa a los tres o cuatro días de uso continuo, revertiendo con uno o dos de pausa, y subraya algo poco intuitivo: no describe un síndrome de abstinencia comparable al de los sedantes o los estimulantes, sino más bien la desaparición del efecto buscado.

En lo subjetivo, contrapone el hachís a la marihuana: lo considera más «reflexivo». Lo lúdico no desaparece, pero —dice— ocurre a un nivel menos epidérmico, y describe tres momentos que se encadenarían con un producto potente: risa y agudeza para lo cómico, modificaciones sensoriales, y una fase final de introspección. Su tesis más interesante es que el cannabis no «desinhibe» en el sentido del alcohol, sino que exacerba la personalidad de quien lo toma. De ahí su crítica a quien pretende eximente penal por actuar bajo su influjo: citando a Baudelaire, no es que la sustancia ahogue el juicio, es que «emerge el monstruo interior». También recuerda que reduce la agresividad, no la aumenta.

El aceite y el episodio de Múnich

Escohotado dedica un apartado al aceite de hachís, un concentrado mucho más potente, y sospecha que los rarísimos casos de intoxicación aguda atribuidos al cannabis tuvieron que ver con estos extractos. Lo ilustra con una anécdota personal: tras ingerir —por error de cálculo— una cantidad excesiva, él y dos amigos pasaron horas dentro de la Pinacoteca Antigua de Múnich viendo cómo los cuadros «se abrían» en paisajes vivos, incapaces de moverse, hasta que tuvieron que ser ayudados a salir. Lo cuenta como una experiencia estéticamente desbordante, pero reconoce que estuvieron «al borde de un serio envenenamiento».

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Ese matiz es, quizá, lo más honesto del texto: incluso quien defendía el derecho a usar drogas describe el episodio como un aviso, no como un modelo. La vía oral y los concentrados desplazan por completo el «techo» de seguridad que él mismo atribuía al fumar.

Lectura crítica

El texto de Escohotado es valioso como documento cultural y como testimonio de primera mano, pero conviene situarlo:

  • Es un retrato datado. Describe el mercado del hachís de finales del siglo XX. El cannabis actual, las técnicas de extracción y los concentrados han cambiado mucho.
  • Algunas afirmaciones químicas no se sostienen. La idea de que el sol «convierte el THC en CBD» es inexacta: el THC se degrada con la luz y el calor sobre todo a CBN, y el CBD no es un mero producto de aturdimiento, sino un cannabinoide con perfil propio muy estudiado hoy.
  • Su crítica al NIDA tenía parte de razón. Juzgar la marihuana fumada a partir de dosis enormes de THC oral en sujetos no preparados sesgaba los resultados. Pero eso no autoriza la conclusión opuesta: la investigación posterior sí ha identificado riesgos reales, especialmente en consumo precoz, intensivo o en personas con vulnerabilidad psiquiátrica.

Esta pieza es divulgación y memoria cultural, no una guía de uso. No incluye instrucciones de elaboración ni dosis. Si el cannabis o sus derivados forman parte de tu vida, lo más sensato es evitar la mezcla con tabaco, desconfiar de productos de origen y composición desconocidos, no conducir bajo sus efectos y tener especial cautela por vía oral y con concentrados, donde el efecto demorado favorece sobredosis subjetivas. Fuente principal del relato original: textos de Antonio Escohotado sobre el hachís.

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