Bena-Riamba: los Hijos del Cáñamo del Congo del siglo XIX

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En breve: A mediados del siglo XIX, en la cuenca del Congo, varias tribus bantúes articularon una religión y un orden social pacifista en torno al consumo colectivo de cannabis. Sus seguidores se llamaron Bena-Riamba («Hijos del Cáñamo»). Llegaron a abolir la pena de muerte y el canibalismo, prohibieron las armas en sus poblados y prosperaron bajo el jefe Kalamba-Moukenge, hasta que las tensiones internas dinamitaron el experimento hacia 1876.

Una utopía construida alrededor de una planta

Pocos episodios de la historia de las drogas resultan tan llamativos como el de los Bena-Riamba. En torno a 1850, en la región de Lukubu, en lo que hoy es la República Democrática del Congo, una sustancia psicoactiva dejó de ser un hábito y pasó a convertirse en el eje de toda una cosmovisión: una religión, un código de conducta e incluso un sistema judicial. No fue un consumo discreto ni ocasional. El cannabis se fumaba en grandes pipas de hasta un metro de largo de las que sus dueños no se separaban ni en los viajes, ni en la caza, ni en la guerra.

Lo que empezó como pequeños grupos de fumadores unidos por la amistad terminó cristalizando en un culto colectivo de vocación igualitaria. Conviene tomar esta historia como lo que es —un relato reconstruido a partir de fuentes coloniales y etnográficas tardías— y no como una crónica neutral. Más abajo dedicamos un apartado a por qué hay que leerla con cautela.

Cómo llegó el cannabis a la cuenca del Congo

El origen exacto del cannabis en la región sigue siendo incierto. Fumar era una costumbre foránea, así que la planta tuvo que llegar de fuera. Existen al menos dos hipótesis clásicas. La primera atribuye la introducción a contactos con pueblos pigmeos y nómadas como los khoi-khoi. La segunda apunta a las rutas comerciales —y esclavistas— árabes que penetraban por la cuenca del Congo y el entorno del lago Victoria.

Lo más probable es que el cannabis se difundiera de forma gradual, a través del contacto entre etnias en expediciones de caza y trueque que fueron llevando las primeras semillas de una zona a otra. La planta encontró un clima propicio: muchas horas de sol y abundantes lluvias permitieron su rápida adaptación.

Kalamba-Moukenge y el nacimiento de un culto

Hacia mediados de siglo, el jefe Kalamba-Moukenge, de los balubas, buscaba consolidar su poder sobre tribus recién sometidas y resistir el avance colonial europeo. Según las fuentes etnográficas, optó por una vía poco habitual: imponer una nueva forma de pensar orientada a la armonía y la cooperación entre los pueblos dominados.

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Kalamba y su hermana, Sangula Meta, presidían ceremonias donde el cannabis —el riamba, «cáñamo»— ocupaba el centro. Varios autores sostienen que llegaron a quemar los antiguos fetiches e ídolos para sustituir la religiosidad tradicional por un único ritual basado en el consumo comunitario de la planta. Caían así los viejos dioses y oráculos, y nacían los Bena-Riamba, los «Hijos del Cáñamo».

Su ideología tenía un marcado tinte comunitario y agrario. Cuando viajaban no portaban armas, sino pipas. Una imagen recurrente en los relatos de la época es la del silencio nocturno roto por la tos espasmódica de los fumadores reunidos.

Un código moral fundado en el cannabis

El nuevo culto perseguía erradicar todo derramamiento de sangre. El cannabis se convirtió en símbolo de paz, compañerismo, protección y magia. Las consecuencias sociales fueron notables, al menos según las crónicas conservadas:

  • Se prohibió portar armas dentro de los poblados.
  • Se abandonó la costumbre de consumir la carne de los enemigos.
  • Se prohibió el vino de palma, hasta entonces la principal vía de embriaguez.
  • El saludo habitual pasó a ser «Moio», que significaba «vida» o «salud».

Las ceremonias se celebraban de noche, en una plaza central llamada riota. Los participantes —solo hombres— se reunían en círculo, desnudos y con la cabeza afeitada, y fumaban en grandes pipas. Creían que el ritual permitía al alma reencarnarse y atribuían a la planta poderes mágicos casi universales, eficaces contra todo mal.

Es importante señalar el reverso de esa supuesta utopía: el reparto del trabajo era profundamente desigual. Mientras los hombres fumaban y participaban en el culto, las mujeres cargaban con las labores del campo, el cuidado de los niños y las tareas domésticas. La «fraternidad» del riamba era, en buena medida, una fraternidad masculina.

El testimonio del explorador europeo

Buena parte de lo que sabemos procede del explorador alemán Hermann von Wissmann, que recogió la historia en su libro Mi segundo viaje por el África Ecuatorial (1891). La tribu protagonista era la de los bashilange, que llamaban riamba al cannabis. Wissmann describió cómo, en torno a 1850, unas tribus que vivían en guerra permanente empezaron a tejer relaciones, a «volverse menos bárbaras» y a formular leyes a medida que arraigaba la adoración de la planta.

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El explorador encontró extensas parcelas dedicadas al cultivo alrededor de las aldeas. Como los lugareños creían en la reencarnación, la llegada de los europeos de piel blanca se interpretó como el retorno de los muertos —su palidez se atribuía al paso por unas aguas purificadoras—. Von Wissmann fue tomado por la reencarnación de un jefe difunto, Kassongo, y le ofrecieron esposa y posesiones, quedando él mismo envuelto en la nueva creencia.

Cuando la planta dictaba sentencia

El rasgo quizá más singular del experimento bashilange fue judicial. Se abolió la pena de muerte y se sustituyó por castigos vinculados al propio cannabis. A quien se acusaba de un delito se le obligaba a fumar hasta que confesara o perdiera el conocimiento; lo mismo se aplicaba al adulterio, y la cantidad dependía del estatus del acusado dentro de la tribu.

El procedimiento no era benévolo. Una vez que el reo se desvanecía, podía ser desnudado, recibir pimienta en los ojos y ver atravesado su tabique nasal con un hilo rojo como marca de su delito. La imagen romántica del «cannabis pacificador» conviene matizarla: el sistema seguía siendo coercitivo y, a su manera, brutal.

Las grietas del modelo

La indulgencia de las nuevas leyes generó tensiones de fondo. La nobleza veía erosionarse sus privilegios: las telas de algodón, antes reservadas a la élite, dejaron de ser un signo de clase bajo las nuevas normas de hermandad. Y, sobre todo, las tribus vasallas dejaron de pagar tributos al desaparecer la jerarquía que las sometía. Sin guerra ni capacidad de coacción, los bashilange no podían imponer el cobro.

Muchos aristócratas concluyeron que habían combatido para obtener recompensas, no para convertirse en iguales de los pueblos antes sometidos. El descontento empezó a fraguar en conspiración.

El fin de los Hijos del Cáñamo

El historiador Ernest Abel situó el clímax hacia 1876, cuando estalló una gran rebelión contra el jefe. Se acusó al rey, a su hermano y a su hermana de haber matado a un hombre mediante magia —una denuncia inventada—. Para demostrar su inocencia, tuvieron que fumar riamba hasta desplomarse; ya en el suelo, fueron apuñalados por sus enemigos. Solo la intervención de otros vecinos evitó que murieran.

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El intento de magnicidio fracasó y sus líderes ni siquiera fueron castigados, pero el declive era irreversible. Las «fuerzas anticannabis» reunieron apoyos suficientes para acabar con el cultivo del riamba. La utopía se había agotado.

Aun así, no todo se desvaneció de golpe. La tribu mantuvo durante un tiempo su preferencia por la convivencia pacífica frente a la guerra, y el cannabis siguió presente en los acuerdos: durante años no hubo pacto comercial ni tratado de paz que no se sellara fumando. El experimento protohippy, como se lo ha llamado a veces, dejó huella incluso después de su caída.

Lectura crítica

Esta historia es fascinante, pero merece varias cautelas. Casi todo lo que sabemos procede de fuentes coloniales europeas y de etnografías posteriores, escritas desde una mirada externa y a menudo cargada de prejuicios sobre los pueblos africanos. Términos como «bárbaros», «salvajes» o «milagro» dicen tanto del observador como de lo observado.

Conviene desconfiar también de la lectura idealizada que circula desde los años sesenta, que convierte a los Bena-Riamba en una especie de «hippies avant la lettre». El relato real incluye trabajo femenino forzado, castigos físicos crueles y un orden social que, lejos de ser puramente armónico, dependía de la coacción. Atribuir todos estos cambios sociales únicamente a una planta es, además, una simplificación: detrás había estrategias de poder, conflictos de clase y dinámicas políticas concretas.

Por último, una nota de reducción de riesgos para el lector actual: lo que en aquel contexto era un ritual colectivo nada tiene que ver con el consumo contemporáneo. El cannabis no es inocuo —puede afectar a la memoria, la motivación, la salud respiratoria y, en personas predispuestas, precipitar trastornos psicológicos—, y su estatus legal varía enormemente según el país. Leer su historia no es lo mismo que recomendar su uso.

Fuentes citadas por el original (sin enlace): H. von Wissmann, relatos de su segundo viaje por el África Ecuatorial (1891); Ernest Abel, autor de una historia del cannabis publicada en 1980; y los estudios etnográficos de K. Zetterström sobre los Bena-Riamba, además de obras divulgativas de R. Robinson, I. Marín Gutiérrez y J. L. Martín.

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