Peyote (Lophophora williamsii): el cacto de la mescalina

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En breve: El peyote es un pequeño cacto del norte de México y el suroeste de Estados Unidos del que en 1896 se aisló la mescalina, el primer alucinógeno con rostro químico conocido. Repasamos su botánica, cómo describieron sus efectos los primeros investigadores, su largo papel medicinal y ritual, y por qué su toxicidad y su situación de planta amenazada obligan a hablar de él con cautela.

Un cacto pequeño con una historia enorme

Lophophora williamsii es un cacto diminuto, sin espinas, de cuerpo aplanado y forma redondeada, que crece a ras de suelo en los desiertos calcáreos y los valles fluviales de ambos lados del río Bravo. Su área se reparte entre el sur de Texas y buena parte del norte y centro de México —Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Zacatecas, San Luis Potosí—, casi siempre al amparo de arbustos que lo protegen del sol más duro.

La parte visible sobre la tierra, la corona o «botón», es lo que se cosecha. Crece con una lentitud extrema: en su hábitat puede tardar más de una década en madurar. Esa lentitud, unida a décadas de recolección intensiva, es hoy un problema real de conservación, no un detalle menor.

Su relevancia cultural y científica es difícil de exagerar. En 1896 el químico alemán Arthur Heffter aisló de él la mescalina, convirtiéndolo en una de las plantas psicoactivas mejor estudiadas y en la puerta de entrada de los alucinógenos a la psiquiatría y la cultura europeas de finales del XIX y principios del XX. Artistas, médicos y ocultistas se interesaron por una sustancia que, por primera vez, tenía nombre y fórmula.

Cómo describieron sus efectos los primeros estudios

En 1927 el médico francés Alexandre Rouhier tituló su libro La plante qui fait les yeux émerveillés («la planta que hace que los ojos se maravillen»). Distinguía dos fases: una primera de excitación, euforia y locuacidad, y una segunda de sedación e indolencia física, esta última «casi enteramente llena de visiones de color».

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Los relatos clásicos coinciden en lo esencial. Tras la ingestión aparecen primero las náuseas —los participantes en las ceremonias nativas las leen como «purificación»; la farmacología las llama, sin tanta poesía, malestar gastrointestinal— y solo después llega el componente visual. De ahí la frase que circula sobre el peyote: la resaca viene antes que el viaje.

El fisiólogo Walter Dixon describió en 1900 una experiencia que sigue resultando reconocible: pupilas muy dilatadas y perezosas a la luz, marcha vacilante parecida a la embriaguez, temblor al fijar la atención, sensación de hinchazón en cara y labios, distorsión del tiempo y del espacio —el suelo que parece inclinarse—, dificultad extrema para concentrarse y, sobre todo, un «caleidoscopio de colores» que con los ojos cerrados se mueve sin descanso y adopta formas geométricas y figuras cambiantes. Décadas más tarde, los autores de Plantas de los Dioses (Schultes, Hofmann y Rätsch) seguían describiendo ese mismo «juego caleidoscópico de visiones coloridas de indescriptible belleza».

Conviene leer estos testimonios como lo que son: observaciones de personas concretas, en contextos muy distintos, no un guion garantizado. La fenomenología visionaria varía enormemente de un individuo a otro y depende tanto del estado de ánimo como del entorno.

Una planta que no es para tomarse a la ligera

El peyote es intensamente amargo y contiene del orden de sesenta alcaloides, varios de ellos responsables de las náuseas y los vómitos. A nivel físico, eleva la frecuencia cardíaca y respiratoria, dilata las pupilas y puede provocar cefalea pasajera. La mescalina se concentra en hígado, páncreas y bazo, y es bastante más tóxica que otros visionarios clásicos como la LSD o la psilocibina; además, en el cacto va acompañada de otras tantas sustancias secundarias mal caracterizadas.

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En el plano psíquico, Antonio Escohotado advertía de que el «malviaje» no está descartado: las personalidades autoritarias, paranoides, marcadamente depresivas, obsesivas o muy ambivalentes tienden a asimilar peor la experiencia, y sin disposición exploratoria el resultado puede ser «trivial o inútilmente aterrador». No es una garantía de catástrofe ni de epifanía: es un recordatorio de que el contexto y la persona pesan tanto como la sustancia.

Dicho todo esto en clave de reducción de riesgos: el peyote interactúa con el sistema cardiovascular y con numerosos fármacos —muy en particular los antidepresivos del grupo IMAO y, por prudencia, los serotoninérgicos en general—; no combina bien con problemas cardíacos, psiquiátricos previos ni con otras sustancias. Esta entrada es divulgativa e histórica: no contiene pautas de dosis, preparación ni consumo, y no las contendrá.

Medicina y ritual: siete mil años de uso

Mucho antes de interesar a la química europea, el peyote ya era medicina y sacramento. La evidencia arqueológica apunta a un uso de varios milenios en el norte de México y el suroeste estadounidense. En las farmacopeas indígenas se le atribuyeron aplicaciones muy variadas: contra el dolor articular y reumático, fiebres, afecciones respiratorias, heridas y picaduras, entre muchas otras. El propio Francisco Hernández, médico de Felipe II, anotó que «proporciona alivio cuando se aplica machacado en las articulaciones doloridas».

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Algunos estudios sobre la hordenina, uno de sus alcaloides, sugirieron propiedades antisépticas que encajarían con el uso tradicional del jugo del cacto para lavar heridas; son datos antiguos y limitados, no una validación clínica moderna. El capítulo más documentado es el de la Iglesia Nativa Americana, que ha empleado el peyote en un marco ceremonial estructurado y, según diversos observadores, con resultados notables frente al alcoholismo en sus comunidades. Hoy reúne a cientos de miles de miembros de decenas de pueblos de México, Estados Unidos y Canadá, y para muchos de ellos es un sacramento protegido, no un «psicodélico» más.

Lectura crítica

Buena parte de lo que se repite sobre el peyote procede de fuentes muy desiguales: testimonios médicos de hace más de un siglo, etnografía clásica, manuales de divulgación como los de Christian Rätsch o Jonathan Ott, y autores como Escohotado, valiosos pero no neutrales. Conviene tratar las cifras de contenido de mescalina, las listas de indicaciones medicinales y los relatos de efectos como aproximaciones históricas, no como datos cerrados.

Hay además una dimensión ética ineludible. Lophophora williamsii es una especie amenazada por la sobrerrecolección y la pérdida de hábitat, ligada a tradiciones indígenas vivas. Su recolección y comercio están regulados, y en muchos países —España incluida— la mescalina es una sustancia controlada. Hablar del peyote con seriedad implica reconocer que detrás de la «planta visionaria» hay un ecosistema frágil y unas culturas que lo consideran sagrado.

(Continuará en una segunda parte dedicada a la mescalina y al contexto legal y cultural.)

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