Cannabis: ¿la adicción está en la planta o en la persona?

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En breve: Partiendo de tres consumidores muy distintos, distinguimos entre usar, abusar y depender. El argumento central: una sustancia no es adictiva por sí sola; lo que convierte el consumo en un problema es la función que cumple en la vida de quien la usa. Y ahí, no en la planta, es donde conviene intervenir.

Tres personas, una misma planta

Imaginemos a tres hombres adultos. El primero, en paro, fuma entre cinco y trece porros al día. El segundo, empleado en una consultora, se permite uno o dos por la tarde-noche cuando ya ha terminado sus obligaciones. El tercero recurre al cannabis apenas cuatro veces al año, en momentos elegidos con cuidado, para abordar cierto tipo de trabajo intelectual. Los tres afirman no tener ningún problema con la sustancia. Conociéndolos de cerca, esa afirmación no se sostiene igual de bien en los tres casos.

La pregunta interesante no es cuál de ellos «consume mucho», sino otra más incómoda: ¿qué fue antes, el problema o el cannabis? Plantearlo así desplaza el foco desde la planta hacia la persona, y es precisamente ese desplazamiento el que suele evitarse en el debate público.

El truco retórico del agua

Hay una manera fácil de demostrar que cualquier cosa es «adictiva» y «peligrosa»: basta con aplicarle las reglas del prohibicionismo. Probemos con el agua. Si alguien bebe una cantidad enorme de golpe, sin que el cuerpo pueda procesarla, puede desencadenar una intoxicación hídrica grave (la potomanía describe ese consumo compulsivo). Sin embargo, a nadie se le ocurriría señalar al agua como «sustancia maligna» en la autopsia: todo el mundo aceptaría que el error estuvo en la conducta, y se buscaría la causa de esa conducta para tratarla.

Con los psicoactivos, el razonamiento se invierte. Si a alguien le ocurre algo y se descubre que había consumido una sustancia, la sustancia carga con la culpa antes incluso de tener datos concluyentes. La responsabilidad de la persona queda, por así decirlo, secuestrada por la química, y la conclusión automática es que hay que retirar de la circulación todo psicoactivo para proteger a una ciudadanía indefensa. Es un atajo que ahorra pensar.

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Usar, abusar, depender: no es lo mismo

Conviene separar tres conceptos que el lenguaje cotidiano mezcla. La Real Academia Española ayuda a ordenarlos.

Usar es servirse de algo con un fin, disfrutarlo o hacerlo por costumbre. Quien recurre al cannabis con un objetivo concreto, o por el placer puntual que le produce, encaja aquí. El matiz delicado es la costumbre: cuando el consumo se vuelve automático, es posible que se haya perdido la intención inicial. Ya no se elige; se repite.

Abusar es usar mal, en exceso o de forma indebida. Aquí aparece el núcleo del asunto: lo que hace problemática a una droga no es la droga, sino la conducta de quien la maneja. Un martillo sirve para montar un mueble o para romperle un hueso a alguien; a nadie se le ocurriría culpar al martillo. Con las sustancias, en cambio, ese desplazamiento de responsabilidad es la norma.

Depender implica algo más: la persona introduce un intermediario entre su percepción de sí misma y la realidad. Ese catalizador cumple una función —calmar, dormir, socializar, evadirse— sin la cual el consumo sería innecesario. La dependencia genera malestar cuando no puede satisfacerse, y ese malestar empuja a repetir. Si retorcemos de nuevo el argumento del agua, somos absolutamente dependientes de ella: dejen de beberla tres días y verán. La diferencia está en que de esa dependencia no extraemos un veredicto moral.

De ese juego de palabras sí sale algo aprovechable: la base de la adicción no es la sustancia, sino el individuo y el modo en que gestiona sus estados mentales. Ahí empieza cualquier análisis y cualquier cambio real.

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Volvamos a los tres casos

El primer consumidor —cinco a trece porros diarios desde hace más de una década— parece un caso claro de dependencia. Pero el cannabis no es aquí «la causa»: es el instrumento que usa para aplacar una ansiedad crónica que no sabe manejar de otro modo. Si acudiera a la consulta y saliera con una pauta crónica de ansiolíticos, habríamos cambiado de muleta sin resolver nada de fondo: la dependencia seguiría ahí, solo que recetada. El trabajo útil consiste en mirar para qué fuma y atacar esa base —entrenar habilidades sociales si el problema es relacional, reordenar el sueño si fuma para dormir— hasta que el porro se vuelva prescindible. La indefensión aprendida, no la planta, es lo que pide ayuda; si no fuera el cannabis, sería el alcohol, el juego o internet.

El segundo —uno o dos porros tras cumplir con el día— no presenta ni abuso ni dependencia en sentido estricto, pero él mismo reconoce que preferiría fumar menos y que lo hace sobre todo por costumbre y falta de alternativas de ocio. El cambio, si llega, debe elegirlo él valorando pros y contras a corto y largo plazo. La clave no es prohibirse nada, sino entender el consumo como algo que se puede elegir y modificar a voluntad: en su caso, reservar el cannabis para el fin de semana y salir de casa entre semana.

El tercero ilustra el extremo opuesto: cuatro veces al año, en contextos protegidos, con el cannabis entendido explícitamente como una herramienta para mirar ciertos temas desde otro ángulo. Llega incluso con una lista de cuestiones sobre las que quiere reflexionar. Aquí la sustancia es el martillo bien usado: un medio para un fin, no un fin en sí mismo.

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La herramienta no decide; la persona sí

Tres usos distintos de una misma planta muestran que el problema —cuando existe— no vive en la sustancia, sino en la función que cumple y en los recursos personales de quien la usa. Esto no es una apología: es lo contrario de regalar la responsabilidad a la química. Quien sospeche que su consumo ha dejado de elegirse y empieza a sostener algo que no sabe afrontar de otro modo, hará bien en buscar apoyo profesional. El objetivo no es defender ni demonizar el cannabis, sino devolver a la persona el control sobre sus propios estados.

Lectura crítica

El texto razona desde la clínica psicológica y la reducción de riesgos, no desde la farmacología cuantitativa. Conviene tenerlo presente: el cannabis sí tiene un potencial de dependencia documentado en la literatura científica, especialmente en consumo intenso, precoz o diario, y existen perfiles de vulnerabilidad (psicosis, edad temprana, salud mental previa) en los que el «depende de la persona» no debe leerse como «todo el mundo puede manejarlo». La analogía del martillo y la del agua son recursos didácticos útiles para señalar dónde está la responsabilidad, pero simplifican: una sustancia psicoactiva modula directamente el sistema nervioso de un modo que un martillo no hace. Los tres casos son ilustrativos, no una muestra representativa, y la valoración de que «no hay problema» procede del propio autor. Tómese, por tanto, como una invitación a pensar el consumo en clave de función y contexto, complementándola con información clínica contrastada antes de extraer conclusiones sobre cualquier caso concreto.

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