Momias como droga: anatomía de un bulo psiconáutico

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En breve: Cada cierto tiempo reaparece en foros y redes la idea de que en el pasado se consumían momias «para colocarse». No es así. El malentendido nace de leer a la ligera un artículo de 1927 titulado «Mummy as a drug», donde drug significa medicamento, no droga. Reconstruimos la cadena de errores y proponemos una lectura crítica.

El rumor que vuelve cada pocos años

Hay bulos que tienen una vida curiosamente larga. Uno de ellos sostiene que, durante siglos, la gente consumía momias con fines psicoactivos: que un europeo del Renacimiento podía acercarse a su boticario y pedir «un poco de momia» para vivir experiencias visionarias. La afirmación circula por foros de cultura psicoactiva, se replica en webs de misterio y, de tanto repetirse, acaba adquiriendo pátina de dato histórico.

Conviene desmontarlo con calma, porque combina dos ingredientes que lo hacen pegadizo: un hecho real —las momias formaron parte del arsenal de las boticas europeas— y una conclusión falsa —que ese uso fuera recreativo o enteógeno—. La distancia entre ambas cosas es justamente lo que se pierde cuando una fuente se lee «por encima».

Lo que de verdad dice el artículo de 1927

La fuente que casi todos citan, normalmente de segunda o tercera mano, es un texto del egiptólogo Warren R. Dawson titulado «Mummy as a drug», publicado en 1927 en los Proceedings of the Royal Society of Medicine. Lejos de documentar un consumo psicoactivo, el artículo hace lo contrario: explica por qué las supuestas virtudes de las momias eran un espejismo construido sobre una confusión de palabras. La secuencia, resumida, es esta:

  • El betún como remedio. En la Antigüedad, el betún natural del Mar Muerto y de regiones como Babilonia se usaba como remedio para múltiples dolencias. Su prestigio medicinal llegó a Europa a través de griegos, romanos y culturas orientales.
  • El viaje de una palabra. El término «momia» procede del persa mumiya, que designaba originalmente la cera y, por extensión, el betún. Los árabes adoptaron la voz mummia para el betún.
  • La confusión de los cuerpos. Tras la conquista de Egipto, los árabes aplicaron también mummia a los cuerpos embalsamados, al suponer —por su aspecto negruzco y brillante— que habían sido tratados con betún. Así, la palabra pasó a nombrar tanto la sustancia como los propios cadáveres.
  • Las propiedades heredadas. Al heredar el nombre, las momias heredaron también la fama del betún: si estaban «hechas» de él, se les atribuían sus mismas virtudes.
  • El comercio. Desde el siglo XII, comerciantes de Alejandría exportaron momias molidas como una variedad más de betún. Después se difundió la idea de que el remedio solo era eficaz si procedía de un cuerpo humano, lo que disparó la demanda.
  • El mercado macabro. Cuando las autoridades egipcias prohibieron el tráfico de cadáveres, los proveedores recurrieron a otros cuerpos: enterramientos de Libia, momias guanches de Canarias y, finalmente, restos de esclavos o ajusticiados desecados. La «mummia» acabó siendo casi cualquier carne tratada.
  • La paradoja final. Los antiguos egipcios no embalsamaban con betún, sino con resinas muy distintas. De modo que las propiedades de las momias eran, en realidad, las del betún… que ni siquiera contenían.
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El propio Dawson concluye, en esencia, que esas virtudes no eran sino fruto de la credulidad acumulada durante siglos.

Un catálogo de usos médicos (y mágicos), nunca recreativos

Lo llamativo es la longevidad comercial del producto: todavía en 1908 la farmacéutica E. Merck ofrecía en su catálogo «auténtica momia egipcia» a 17 marcos el kilo «mientras durasen las existencias». Pero si se repasan los usos que se le atribuían, todos apuntan en la misma dirección: epilepsia, abscesos, fracturas, parálisis, migrañas, tos, palpitaciones, molestias estomacales, úlceras, hemorragias, problemas hepáticos, quemaduras, envenenamientos… remedios médicos, en suma. A ellos se sumaban usos mágicos —pomadas para «reconciliar» parejas y similares—, propios del pensamiento popular de la época.

En ningún punto de esta tradición aparecen propiedades psicoactivas. Y ahí está la clave del malentendido: cuando los textos en inglés hablan del uso de momias as a drug, emplean drug en su acepción de medicamento, no de droga recreativa. El inglés usa la misma palabra para ambas cosas; el español, no.

De un falso amigo a una farmacología imaginaria

El bulo se monta, por tanto, sobre un «falso amigo» lingüístico. Algún lector hispanohablante tradujo mentalmente drug como «droga», dedujo que consumir cuerpos embalsamados producía efectos psicoactivos y, a partir de ahí, otros fueron añadiendo una pseudoexplicación farmacológica: que si la DMT que el cerebro produce de forma endógena, que si el loto egipcio… Cada eslabón suena plausible por separado, pero ninguno se sostiene al revisar la fuente original.

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Es un patrón reconocible: una afirmación llamativa, una fuente prestigiosa citada sin leer, y una cadena de réplicas que sustituye la comprobación por el entusiasmo. En los propios foros donde nació el rumor, el comentario más sincero admitía no haber leído el artículo entero, «solo por encima». Esa frase resume bien el mecanismo.

Lectura crítica

Este caso es un buen recordatorio de higiene informativa para cualquiera interesado en la cultura psicoactiva:

  • Ir a la fuente primaria. Antes de dar por bueno un dato histórico, conviene leer el texto citado, no su resumen de tercera mano. Aquí, el artículo de Dawson dice justo lo contrario de lo que se le atribuye.
  • Desconfiar de los falsos amigos. Drug, intoxication, narcotic o poison no significan en los textos antiguos lo que parecen significar hoy en español. La traducción importa.
  • Distinguir uso médico de uso enteógeno. Que una sustancia figurase en una botica no implica que tuviera efectos sobre la consciencia. La historia de la farmacia está llena de remedios inertes o simplemente equivocados.
  • Sospechar de la explicación farmacológica improvisada. Apelar a la DMT endógena o a otros mecanismos para «justificar» un efecto que nunca se documentó es poner el carro antes que los bueyes.
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El interés genuino por los estados modificados de consciencia no se construye acumulando anécdotas espectaculares, sino verificándolas. Lo de las «momias psicoactivas» pertenece al mismo cajón que tantos mitos psiconáuticos: nació de una mala lectura y sobrevive porque resulta demasiado bueno para no repetirlo.

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